12 de febrer 2015

AIRES DE CAMBIO

Durante más de 35 años el mapa político español ha sido monolítico e inamovible Sin embargo, de un tiempo para acá dos cuestiones han sacudido unos cimientos que parecían inalterables. Por un lado, la corrupción institucionalizada. Por otro, las políticas austericidas,  basadas en los intereses económicos alemanes y de otros países afines,  auspiciadas por Bruselas y seguidas a pies juntillas por los gobiernos de turno y que nos han hecho cada día un poco más pobres. 
Fue en la segunda legislatura de Rodríguez Zapatero, como presidente del gobierno, cuando empezó a percibirse un creciente descrédito de las instituciones. Si bien es verdad que, aquella  insatisfacción creciente, a muchos nos pareció que tenía su razón de ser en la crisis económica que estábamos padeciendo.
Con la victoria del PP en diciembre de 2011 y sus acciones posteriores, a la crisis económica se sumó la falta de confianza y credibilidad hacia las instituciones y, sobre todo, hacia  sus representantes. La ciudadanía constató muy pronto que el gobierno de Rajoy no solo era incapaz de  plantear políticas alternativas y aceptaba sin pestañear lo que le ordenaban desde fuera, sino que incumplía descaradamente aquello por lo que se les había votado.
Dijeron que no subirían los impuestos y les faltó tiempo para hacerlo poco después de ganar las elecciones.  En contra de lo que habían dicho cuando eran oposición y en campaña electoral, recortaron en sanidad, educación y servicios sociales. Recortaron los derechos laborales, haciendo una reforma laboral a la medida de la patronal. Prometieron no recortar las pensiones y, sin embargo, hicieron una reforma del sistema sin consultar con nadie y diseñada por las grandes corporaciones que tienen intereses en el sector privado de las pensiones y los planes de jubilación.
Con este panorama de fondo, ha bastado un año escaso, para que Podemos, el partido que lidera Pablo Iglesias, haya capitalizado el enfado y la indignación de cientos de miles de ciudadanos. Estos reniegan del PP y del PSOE y no encuentran ni en Izquierda Unida ni UPyD el bálsamo para su malestar, a pesar de que éstos han hecho lo indecible para convertirse en punto de atracción electoral.
La formación que lidera Pablo Iglesias ha renunciado a presentarse a las elecciones municipales del próximo mes de mayo con su enseña, aunque si lo harán coaligados a otras organizaciones. En cambio, sí parece que quieran optar a la presidencia  en alguna comunidad autónoma, como por ejemplo Andalucía que celebrará sus elecciones en marzo, aunque saben de las dificultades que eso conlleva. De todos modos, la hora de la verdad les llegará con las elecciones generales del próximo invierno. Entonces sabremos a ciencia cierta la magnitud del tsunami que significa Podemos.
Según el informe del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) realizado en la primera quincena del mes de enero, Podemos rebasaría por primera vez al PSOE. El PP conservaría la primera posición, aunque con un margen muy estrecho y con 17 puntos menos que en las elecciones de 2011. En efecto, todo indica que el bipartidismo existente en España, con la democracia recuperada, pasará, en breve, a ser un tripartidismo, formado por PP, PSOE y Podemos, más una pléyade de partidos comparsa.   
Sin embargo, otras encuestas como la de Metrocospia publicada por EL PAÏS el pasado domingo, 8 de febrero, dan como ganador en voto estimado a Podemos, seguido del PP, y el PSOE en tercer lugar, a cierta distancia. Según parece el pinchazo de los socialistas se debe a las disputas internas. De todos modos la lucha hasta las elecciones generales será encarnizada.
En este contexto, todo dependerá, en gran medida, de si el PP logra tapar su mala gestión y sus falsedades y hace propia la incipiente y débil mejora de la macroeconomía.
Por su parte, si el PSOE quiere tener opciones reales a la alternancia deberá orillar sus diferencias internas, dar imagen de unidad  y hacer llegar a la sociedad un relato que le otorgue credibilidad, genere confianza y vuelva a ilusionar a la ciudadanía. El primer asalto de este combate, se dará en las autonómicas y municipales de mayo. Si los socialistas salen airosos de ese envite Pedro Sánchez podrá optar a ser el candidato a la presidencia del gobierno con relativa tranquilidad. Si por el contrario el varapalo electoral en los comicios de primavera es serio, el hoy primer secretario de Ferraz, puede tener los días contados y la trifulca interna estará servida.  
Y ¿Podemos? ¡Ah! Podemos. Esa es la pregunta del millón. La pregunta que todo el mundo se hace en los mentideros políticos, pero para la que nadie tiene respuesta. En mi opinión, si son capaces de canalizar, lo que dicen las encuestas, y la fuerza que demuestran en la calle (recordemos la manifestación de 31 de enero en Madrid), hacia las urnas, el vuelco llegará.
No obstante, hay unas cuestiones previas que no se deben obviar. Para empezar, deberían moldear su discurso y suavizar la radicalidad de muchos de sus mensajes, presentar un proyecto creíble y válido para la sociedad, democratizar y dar transparencia a la gestión interna y clarificar de inmediato las sospechas que han suscitado las cuentas pendientes con el fisco de alguno de sus líderes. Cada día que pase sin aclarar la situación, la sombra será más grande.
Además de todos estos asuntos domésticos, en el electorado potencial de Podemos influirá mucho la evolución de la situación griega. Influirán, también, los acuerdos o desacuerdos del nuevo gobierno griego, la troika y los acreedores internacionales. Y todo eso, guste o no, ha de influir en la trayectoria a corto y medio plazo de Podemos, y es que la interdependencia es un hecho.  
Para algunos, el tiempo que falta para que se celebren elecciones generales va a ser un auténtico calvario, pero en cualquier caso, es evidente que soplan aires de cambio, y el próximo invierno, cualquier cosa puede ocurrir.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 12/02/15

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