15 de gener 2019

DESACOMPLEJADOS


Los resultados de las elecciones andaluzas, celebradas el pasado 2 de diciembre, vinieron a quebrar el ya de por sí débil statu quo político español.
Para empezar, conviene tener claro que en los malos resultados de los socialistas andaluces tienen mucho que ver con la baja participación de la ciudadanía en esos comicios. Ocasionada, muy probablemente, por el hartazgo de treinta y seis años de gobiernos del mismo color.
El batacazo sufrido por Susana Díaz y los suyos es incuestionable. No obstante, no podemos perder de vista que enmascara el no menos fracaso del PP en las urnas. Los populares, en 2015, con algo más de 1.000.000 de votos obtuvieron 33 escaños. Ahora, han sacado 26 diputados pese a perder más de 300.000 sufragios. Mientras que Vox sin llegar a los 400.000 votos, prácticamente los mismos que pierde el PP, obtiene 12 escaños.
Esta aparición de la extrema derecha ha producido un cierto estruendo tanto en los medios de comunicación como en los cenáculos políticos.
Desde luego, parece evidente que la memoria del ser humano es débil. Nos hemos olvidado ya de personajes como Blas Piñar, Ricardo Sanz de Inestrillas y toda aquella patulea. Que no obtuvieran buenos resultados en las urnas no significa que en España no existiera la externa derecha. Ellos y/o sus sucesores han seguido perseverando hasta llegar a Vox. Y si hasta ahora han sido casi invisibles en el horizonte político, en parte es obra de José María Aznar.
En efecto, si algo positivo hizo Aznar al frente del PP fue aglutinar a toda la derecha social y política que había en España, bajo un mismo paraguas, que desde la transición andaba dispersa y desmotivada. Y lo más importante: quitarles el complejo de serlo.
Desde la Transición, y con los diversos gobiernos de izquierdas, ser de derechas en nuestro país, no diré que estuviera mal visto, pero no se llevaba, sobre todo en las grandes ciudades. En el año 1996, y con la llegada del PP al gobierno las cosas empiezan a cambiar, pero la eclosión del conservadurismo se produce en el año 2000 con la mayoría absoluta de Aznar.
Ya, en 2004, con los atentados de Atocha y la llegada del PSOE, de nuevo al gobierno, a la derecha le vuelven las horas bajas y la desmoralización. Sin embargo, quién lo iba a decir, la crisis económica, ante la falta de respuestas de la izquierda, los pone de nuevo en órbita. Pero esta vez con alguien que ni es un líder ni pretende serlo, Mariano Rajoy. Es, a partir de ese momento, cuando los de derecha extrema, poco a poco, pero de forma constante, y favorecidos por los aires que viene de Europa, se hacen mayores, se emancipan y vuelan por su cuenta. Ahora, en Andalucía, han encontrado su caldo de cultivo y ahí están. Lo malo de todo esto es que han venido para quedarse.
Bien es verdad que los resultados del pasado 2-D, no tienen porqué repetirse de forma mimética ni en todas las comunidades autónomas (CCAA), ni en todos los procesos electorales. No obstante, deberemos irnos acostumbrando a su presencia y a algo mucho peor: las concesiones que les ha hecho lo que es supone que es la derecha civilizada y democrática para gobernar en una CCAA.
PP y Vox son vasos comunicantes. De hecho, personajes como el exasesor de Aznar, Rafael Bardají, hoy están en la dirección del partido de Alberto Abascal. El propio Abascal trabajó para FAES y, también, para Esperanza Aguirre. Incluso Alex Vidal-Quadras, antiguo peso pesado del PP en Cataluña está en la sala de mando de Vox.
Por eso, a los populares les ha costado muy poco asumir como propio el discurso de Vos en materias, tan fundamentales, como economía, familia, cultura y educación.
Además, a juzgar por los acontecimientos, las ideas se contagian y Ciudadanos no ha querido quedarse en tierra de nadie y se ha apuntado a la fiesta. El problema es que, si tanto han cedido unos y otros, por lograr poder y llegar a la Junta de Andalucía, ¿qué no estarán dispuestos a hacer por instalarse en La Moncloa?
Pensarlo da escalofríos.

Bernardo Fernández
Publicado en e-notícies 14/01/19

GESTOS


Los líderes independentistas catalanes son prisioneros de sus propias falacias. Además, con la aparición de Vox en Andalucía le han visto las orejas al lobo.
La cuestión es la siguiente: los secesionistas llevan más de seis años con esto del Procès y el asunto no da más de sí. Hay que hacer algo para salir del fangal, pero hay miedo a decir las cosas por su nombre porque nadie quiere que le llamen traidor. Por si fuera poco, cabe la posibilidad de que la derecha pura y dura, gobierne en España en breve. Para evitar que eso suceda los indepes tienen la solución: votar sí a los presupuestos de Pedro Sánchez. Pero claro, no se pude dar la vuelta a un discurso como si fuera un calcetín de un día para otro.
Cuando tras el verano se empezó a hablar de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) y su necesaria aprobación para no convocar elecciones; los independentistas se negaron en redondo a hablar de la cuestión por “dignidad, mientras haya líderes independentistas en la cárcel”, dijo entonces Joan Tardà.
La cosa se les empezó a poner difícil cuando se conocieron algunos de los contenidos de los PGE como la subida del salario base, el aumento en becas, la subida de las pensiones conforme al IPC o la mayor aportación a las arcas de la Generalitat. Decir que no a los presupuestos con más gasto social de la historia es complicado hasta para el más radical de los radicales. Pero los secesionistas catalanes que son muy suyos seguían en sus trece.
No obstante, de forma paulatina pero constante, han ido modulando el discurso. Sí en un principio la línea roja para ERC estaba en los políticos procesados por rebelión y el derecho de autodeterminación, días atrás, Pere Aragonés, (líder de facto de los republicanos y vicepresidente del Govern) rebajaba sus expectativas y se refería “a las causas abiertas contra alcaldes, activistas y entidades que, desde el punto de vistas de derechos humanos no tienen sentido y puede haber movimientos.”  Es decir, el quid de la cuestión no eran sólo los líderes encarcelados, sino que puso sobre la mesa otros encausados y otros hechos de mucha menos gravedad. De esa forma, ponía sordina, más o menos disimulada a las exigencias de ERC y se abría la posibilidad de alguna negociación.
En estos momentos el más ofuscado parece ser el president Quim Torra. Justo quien debería tener las ideas más claras y circular con las luces largas, pero ya sabemos que la lucidez política y Torra no se llevan bien. Quizás por eso, y a falta de argumentos sólidos, el president y algún que otro dirigente o exdirigente piden al Gobierno de Sánchez gestos para dar apoyo a los presupuestos.
Se hace muy difícil entender como personas que se autocalifican de demócratas, que intentan dar lecciones de como han de hacer las cosas los demás, planteen socavar la concepción del Estado de Derecho.
¿Qué es si no pretender que un Gobierno de instrucciones a la Fiscalía? ¿En qué manual del buen demócrata han leído que desde el Ejecutivo se debe influir en las decisiones judiciales? Pues eso, es lo que proponen Torra y los suyos para dar el visto bueno a los presupuestos.
En mi opinión, sería razonable que pidieran, por ejemplo, más dinero para Cataluña o una mayor subida de las pensiones o del salario mínimo o más gasto social; sería posible o no, pero se debería negociar. Eso es política, y esos los gestos que deberían exigir.
Y puestos a hablar de gesticulación, sería deseable qué desde el Govern de la Generalitat, también se hiciera algún gesto. Sería un buen gesto que el Govern gobernará para toda la ciudadanía, que se pusiera interés y medios para mejorar la sanidad, recortar las listas de espera o dar a los niños la formación necesaria para encarar el futuro con confianza. Sería un gesto que el Parlament funcionara como debe funcionar el poder legislativo en un país normal. Y sería un gesto fantástico dotar de agua a los bomberos y que no les vuelva a ocurrir lo que ocurrió días atrás en el barrio de Sant Roc de Badalona que llegaron los bomberos y no tenían agua para apagar el incendio producido por un cortocircuito en una vivienda patera. Allí murieron tres personas y una treintena tuvieron que ser atendidas.
Desde luego hacen falta gestos, pero sobre todo hacen falta hechos. Hechos y voluntad para salir del lodazal en el que nos han metido. Y en este contexto el Govern tiene mucho que decir, mucho que hacer y muchísimo a rectificar.

Bernardo Fernández
Publicado en el Catalán 14/01/19

07 de gener 2019

LA HORA DE LA VERDAD


El tiempo se agota. Los independentistas catalanes no pueden seguir mareando la perdiz de forma indefinida. O votan contra las enmiendas a la totalidad del PP y Ciudadanos para que se puedan tramitar los Presupuestos Generales del Estado (PGE) o bloquean su tramitación y hay que prorrogar los que aprobó el gobierno del PP para 2018.
A las fuerzas independentistas les ha llegado la hora de la verdad. Si permiten que prosperen las enmiendas a la totalidad, la oposición habrá ganado esa batalla e intensificará sus ataques al gobierno. En esa situación, podría haber elecciones generales en marzo, aunque parece poco probable. Si, por el contrario, dejan que la tramitación siga su curso, se abren dos opciones: una que los PGE caigan en la fase final, y eso querría decir que Pedro Sánchez podría convocar elecciones, bien el super domingo de mayo, junto con municipales, autonómicas y europeas, cosa bastante bien vista dentro del partido porque así las bases estarían movilizadas, o en otoño.
La otra posibilidad sería que se aprobaran los presupuestos y, entonces, con toda seguridad, tendríamos gobierno socialista, como mínimo, hasta 2020.
En el supuesto de que en 2019 haya elecciones generales, no es descartable que, aunque gane la izquierda, la suma de las derechas dé el número de escaños suficiente para que formen gobierno. Si es así, ya nos podemos preparar. La derecha más ultramontana y casposa volverá a La Moncloa. La etapa de Aznar con mayoría absoluta (2000-2004) habrá sido cosa de niños comparado con lo que se nos vendría encima. Todos lo pasaremos mal porque nos van a llevar al pasado por el túnel del tiempo ideológico. Ahora bien, quien ya puede empezar a temblar son los secesionistas.
Para empezar, otro 155 no se lo quita nadie, pero esta vez de verdad y prolongado en el tiempo. Además, mediante la aplicación de ese artículo de la Constitución o alguna otra ley, se intervendrían, con toda seguridad, los medios públicos de comunicación (léase aquí, principalmente TV3 y Cataluña Radio), la enseñanza en catalán y el control de los Mossos d’Esquadra quedaría en manos del ministerio de Interior.
Desde luego la división en el seno del independentismo es un hecho y la fractura cada vez es más profunda. Incluso dentro de un solo partido, el PDeCAT. Hace unos días el diputado Ferran Bel se mostraba partidario a dar luz verde a la tramitación de las cuentas del Estado. Sin embargo, a Miriam Noguera, diputada y vicepresidenta del partido le faltó tiempo para desautorizar a su compañero con el aval, a través de las redes sociales del president Quim Torra y del fugitivo Carles Puigdemont.
Es verdad que entre la gente del Procés hay mucho partidario del “cuanto peor mejor”. Puigdemont y su parroquia son, quizás, los primeros partidarios de esa máxima, pero no los únicos. También hay gente sensata que entiende que es posible llegar algún acuerdo con los socialistas, mientras que con el PP y Ciudadanos es imposible. Sólo faltaban los de Vox, para ver quien la tiene más grande.
Por eso, y con este paisaje de fondo, los contactos entre gobierno, partidos políticos y agentes sociales estos días están siendo habituales. Para Javier Pacheco, secretario general de CCOO, en Cataluña, aprobar los presupuestos “es una necesidad de sentido común porque la Generalitat podría contar con más recursos.”
Por su parte Cami,l Ros secretario general de UGT, apuesta por una aprobación presupuestaria a dos bandas ( en España y Cataluña) para destensar la relación entre el Gobierno español y el catalán. Incluso Pepe Álvarez, en la actualidad secretario de UGT España, ha contactado con PDeCAT y ERC para intenta aproximar posiciones.
De igual manera se han movido Pimec y Foment del trabajo. En su opinión, la aprobación de las cuentas del Estado daría estabilidad y como dice el recién escogido presidente de la patronal catalana, Josep Lluís Sánchez Lliure, “se necesita un marco fiscal y económico competitivo cono tienen otras economías europeas.” Y eso, sin presupuestos es prácticamente imposible.
Quizás sea una incongruencia, pero la aritmética parlamentaria es la que es y los secesionistas tienen la llave de la estabilidad.  Curioso pero real.

Bernardo Fernández
Publicado en e-notícies 07/01/19

26 de desembre 2018

DIALOGAR NUNCA ES HUMILLANTE


Nunca los problemas complejos han tenido soluciones fáciles. Por eso, pensar que la cuestión catalana, probablemente el tema más delicado que hemos tenido es nuestro país desde la Transición hasta hoy, se arregla con la aplicación del artículo 155 de la Constitución es, como mínimo, una ingenuidad, por no escribir algo más grueso
De ahí que el empeño puesto por el Gobierno central y el de la Generalitat para que los presidentes de uno y toro ejecutivo tuvieran un encuentro, más allá de algún intento de pequeña jugarreta, es digno de aplauso.
Es `posible que ambos mandatarios hayan hecho de la necesidad virtud y se han visto forzados a verse con el otro, impulsados por las circunstancias y lo delicado de sus respectivas situaciones. Es igual. La verdad es que se encontraron, hablaron y fruto de ese encuentro se hizo pública una declaración que puede sentar las bases para una nueva relación entre Cataluña y el resto de España.
Como ha escrito algún articulista ilustrado en el mencionado texto se utiliza el término “seguridad jurídica” como eufemismo para expresar la exigencia de respeto a la ley sin hacer referencia explícita a la Constitución que el soberanismo rechaza.  También se apuesta por un diálogo efectivo que vehicule una propuesta que cuente con un amplio apoyo de la sociedad catalana. Todo muy ambiguo, poco concreto y bastante difuso. Cierto, pero de alguna manera había que empezar.
Por eso, las declaraciones de Pablo Casado y Albert Rivera, en nombre del PP y Ciudadanos, respectivamente, cuando dicen que la reunión entre Pedro Sánchez y Quim Torra es una traición a España, el uno y que ese diálogo es una humillación el otro, son de una mezquindad impropia de alguien que aspira a ser presidente de un gobierno. Así no se llega ni a presidente de comunidad de vecinos. Además, muestra la política de vuelo gallináceo que practican y su escasa capacidad intelectual porque son de los que creen que los problemas difíciles se resuelven con soluciones simples. O peor aún, son carroñeros de la política que piensan que con este tipo de declaraciones ganarán uno cuantos votos más.
Por suerte el independentismo más sensato -que haberlo hay lo- ha empezado a entender que no es lo mismo un Gobierno de Pedro Sánchez que uno de Mariano Rajoy. Con el primero se puede dialogar, después llegarán acuerdos o no. Con el segundo es la política del palo y tente tieso. Con los socialistas la cuestión catalana se ha empezado a encauzar en la senda de la política. Con el PP gobernando ya se sabía que todo acabaría en los tribunales.
En este contexto, fue muy ilustrativo el operativo conjunto de los diferentes cuerpos y fuerzas de seguridad para garantizar la realización del consejo de ministros. ¿Alguien se imagina algo similar con el PP en la Moncloa?
También hay que hacer una valoración muy positiva de la actitud de los Mossos ante los radicales independentistas. Eso, supone un punto de inflexión respecto a otras actuaciones recientes de la policía autonómica que están en la mente de todos.
Es verdad que el calendario que se avecina será diabólico y no ayudará, pero con eso habrá que lidiar. De forma casi simultánea entrarán los presupuestos en el Congreso y empezará la vista oral del Procés. A las pocas semanas comenzarán las campañas electorales de municipales, europeas y en algunas comunidades de autonómicas. Después elecciones y sentencias. En esas circunstancias, es muy probables que las conversaciones sobre Cataluña se vean afectadas por la inmediatez del día a día y embarranquen.
Es pronto para hacer evaluaciones, pero es muy posible que ese encuentro entre los presidentes marque un antes y un después entre el Gobierno central y el de la Generalitat. Ahora bien, que nadie piense que a desde este momento todo va a ser de color de rosa. En absoluto. Vendrán días difíciles. Tendremos sobresaltos. Situaciones en las que parecerá que no se avanza, que todo es inútil y que no hay solución. Será entonces cuando los políticos deberán comportarse como estadistas y pensar, por el bien del país, más en la próxima generación y no tanto en ganar las próximas elecciones.
Esperemos que cuando eso ocurra estén a la altura.

Bernardo Fernández
Publicado en e notícies 24/12/18

17 de desembre 2018

LA PRUEBA DEL ALGODÓN


Cuando meses atrás el gobierno de Pedro Sánchez anunció que realizaría un Consejo de Ministros en Barcelona, nadie -más allá de los anti todo- hizo ninguna objeción. Al contrario, el govern de la Generalitat propuso que el gobierno Central y el de Cataluña, aprovechando la estancia del primero en nuestra ciudad, tuvieran un encuentro al más alto nivel.
Después los acontecimientos, en forma de manifestaciones, algaradas, cortes de carreteras, declaraciones y contra declaraciones, han acabado dinamitando los todavía frágiles puentes de diálogo que el Gobierno Sánchez había empezado a construir.
En esa situación, primero la portavoz del govern, Elsa Artadi, y otros miembros del ejecutivo catalán, más tarde, han calificado el encuentro como una provocación.
Desde luego, cada cual es muy libre de utilizar el lenguaje como más le plazca. Ahora bien, en mi opinión, provocación es hacer escrache a un político cuando va a un acto de precampaña electoral o le revientan otro en un teatro como, por ejemplo, el Liceo. Provocación fue lo que nos hicieron a un montón de gente, un grupo de niñatos de esos que van pidiendo libertad por las esquinas, cuando salíamos de una conferencia sobre los cuarenta años de la Constitución en el Colegio de Abogados de Barcelona y nos dijeron, entre otros muchos improperios “fascistas fuera de Cataluña.”
Ante el cónclave del próximo día 21 en la Llotja de mar las organizaciones independentistas, o sea, CDR, Omnium la ANC y un largo etcétera han hecho público un conjunto de acciones y movilizaciones con las que pretenden parar Cataluña para protestar por la celebración del evento.
En estas circunstancias, he de decir que me he esforzado mucho en leer y escuchar las argumentaciones de los convocantes. Pues bien, no he conseguido visualizar ni un solo motivo razonable que recomiende llevar a cabo esas manifestaciones.
Quede claro que no estoy cuestionando el derecho de la ciudadanía a manifestarse. Faltaría más. Todo lo contrario, es un derecho recogido en la Constitución. Por cierto, en esa Constitución que los independentistas desprecian.
Quizás es que añoran los tiempos en que gobernaba Mariano Rajoy. Aquello era una máquina de fabricar secesionistas Ahora con los socialistas en el gobierno Central que ofrecen diálogo, que buscan soluciones, que han recuperado la seguridad social universal, que hacen unos presupuestos donde se suben las pensiones, el salario mínimo y se recupera el nivel de becas de antes de la crisis; a los del cuanto peor mejor la cosa se les ha puesto cruda y eso de hacer república sin más, ya no más de sí.
En política, como en cualquier otro ámbito, todo el mundo es muy libre de utilizar las estrategias que crea más convenientes. No obstante, todo tiene sus límites. Como ha dicho el ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, “lo que ocurra el 21 de diciembre puede ser la prueba del algodón para el ejecutivo de Quim Torra porque la obligación de la Generalitat es mantener el orden público en Cataluña. De no ser así, el presidente Sánchez podría tomar medidas, aunque no es necesario aplicar el artículo 155. Se pueden movilizar fuerzas estatales para suplir la incapacidad o falta de voluntad”.
Más claro agua y al buen entendedor con pocas palabras basta.

Bernardo Fernández
Publicado en e notícies 17/12/18

12 de desembre 2018

EL MUNDO AL REVÉS


Me perdonarán por el exabrupto, pero esto del Procés y los procesistas es para mear y no echar gota que diría un castizo de aquellos que bailaban el chotis en una baldosa.
Lo que mandan los cánones de cualquier equipo directivo, sea del ámbito que sea, ante cualquier episodio de posibles actuaciones dudosas de sus subordinados es, en primer lugar, analizar lo que ha sucedido y respetar la presunción de inocencia de aquellos que pudieran estar involucrados en los hechos a investigar. Después, y una vez llevadas a cabo, cuantas acciones de control, informativas y de análisis se precisen para esclarecer la verdad de lo sucedido se obrará en consecuencia.
Algo de eso vimos tras la actuación de la Policía Nacional el 1 de octubre DE 2017 en Cataluña. El entonces ministro del interior, Juan Ignacio Zoido, defendió a capa y espada la actuación de los cuerpos de seguridad del Estado. Es lo que se esperaba de él, es lo que tenía que hacer y es, justo, lo que hizo.
Sin embargo, en Cataluña las cosas son distintas. A veces da la sensación qué aquí el mundo sea al revés. Ya sucedió en el Parc de la Ciutadella el pasado mes de octubre cuando unos energúmenos quisieron entrar por la fuerza en el Parlament y los Mossos d’Esquadra ni recibieron los refuerzos necesarios ni las ordenes pertinentes para actuar en función de lo que estaba ocurriendo. Pero la cosa no se acabó ahí, al contrario. Con su, “apretad, amigos apretad” de Quim Torra a los radicales del Procés, hemos visto como en los últimos meses las escaramuzas en las calles por parte de los auto denominados CDR, grupos antifascistas o similares se han ido sucediendo con alarmante frecuencia. Ante esta situación, resulta preocupante que, hasta el momento, no se ha escuchado ni una sola palabra de apoyo y/o ánimo de aquellos que además de darles ordenes deben velar por su respeto profesional y estado anímico.
El penúltimo episodio de este desafortunado culebrón sucedió el pasado día de la Constitución, por la mañana en Girona y por la tarde en Terrassa. Algunos partidos constitucionalistas se quisieron manifestar en esa fecha. Sin embargo, a esos chicos indepes no les pareció bien y montaron la tangana que todos hemos podido ver en los medios de comunicación y, por lo tanto, no me extenderé narrando los hechos. Si quiero incidir, no obstante, en la actitud de hooligan del president Torra que en vez de dar cobertura y soporte a la policía autonómica exigió, de buenas a primeras, depurar responsabilidades.
Quizás por eso, y para tranquilizar a los CDR y compañía, el pasado fin de semana se permitió que, esa muchachada inocente, aunque un poco alocada que actúa con la cara tapada, cortara la autopista AP-7 durante 15 horas y después, el domingo, en plena operación retorno levantaran las barreras de los peajes, en diferentes lugares, mientras las Mossos tenían órdenes de hacerse los despistados.
Para rematar la faena secesionista nada mejor que un desplante del maestro Torra. Éste de visita en Eslovenia dijo que Cataluña debería seguir la vía eslovena. Desconozco si el president sabe que en Eslovenia tras diez días de enfrentamientos armados hubo una setentena de muertos y más de 150 heridos. Y aquí, a mí me surge una duda: o este hombre es un ignorante y no sabe de que habla o, bien, es un irresponsable que no piensa lo que dice.
Sea como sea, en ninguno de los dos casos, nos merecemos tener un president (que ha de ser de todos los catalanes), de esa catadura política y ese nivel intelectual.
Hay cosas que no se pueden dejar pasar y en Cataluña se están traspasando demasiadas líneas rojas. Es necesario poner freno a la sinrazón y hay que hacerlo ya. Mientras más se tarde más traumática será la solución.

Bernardo Fernández
Publicado en el Catalán 11/12/18

06 de desembre 2018

BAÑO DE REALIDAD


Desde hace años en Cataluña se ha ido cociendo, a fuego lento, un malestar social y profesional creciente. La crisis económica, por un lado, y el proceso secesionista, por otro, han generado el caldo de cultivo idóneo para que la indignación y la desafección a la cosa pública arraiguen entre la ciudadanía. En esas circunstancias, que la contención se quebrara era, tan solo, una cuestión de tiempo.
Las raíces de lo que estamos viviendo estos días, hay que buscarlas en el mandato, de Artur Mas “Manostijeras”, como president de la Generalitat.
En efecto, Mas y su gobierno fue el ejecutivo de toda la UE que más recortes llevó a cabo en menos tiempo. También con él empezó esta sin razón que llamamos procés, cuando se echó en manos de las entidades soberanistas al rechazar Mariano Rajoy sus aspiraciones de que Cataluña tuviera un sistema de financiación similar al de Euskadi o Navarra.
Aquellos polvos trajeron estos lodos. Todo lo que se ha ido incubando a lo largo del tiempo ha explotado esta semana. La semana más negra de Quim Torra, al menos por ahora. La sanidad pública y la concertada han dicho basta. Dos tercios de la asistencia primaria han ido a la huelga.  Tras unos días muy duros la sanidad pública ha visto reconocidas, parte de sus demandas por parte del ICS, y han depuesto su actitud. Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con la concertada que de momento siguen de huelga y en pie de guerra.
Algo similar ocurre en el sector de la educación donde el profesorado exige que se aumente la inversión y se vuelva a los horarios lectivos de antes de la crisis y a las ratios por aula. Por su parte, los estudiantes universitarios piden que se les bajen sus tarifas un 30% para igualarlas con otras comunidades autónomas.
También los bomberos se sumaron a las protestas y tuvieron duros enfrentamientos con los Mossos d’Esquadra.
Por su parte, la policía autonómica ya se manifestó hace un par de semanas para recuperar lo perdido con los recortes. Y el grueso del funcionariado tiene previsto salir a la calle en los próximos días para reclamar sus pagas extras de 2013 y 2014. Ellos son los únicos del Estado que aún no han cobrado esas remuneraciones.
Estos días la ciudadanía ha salido a la calle, pero no por la independencia, ni por la libertad de los presos. Lo ha hecho para reclamar sus derechos, protestar por lo que no le gusta y no le parece ni justo ni lógico. Y eso ha sorprendido a los gurús del independentismo porque esa variante no la tenían en el guion. Ha sido un baño de realidad, para los que contemplan la situación desde atalayas privilegiadas, incluido el Govern.
Quizás por eso Eduard Pujol, el siniestro portavoz parlamentario de JxCat en un nuevo exceso verbal ha dicho que: “los debates sobre políticas sociales despistan de lo importante”. Y el presidente Torra, en vez de rectificarle y/o afearle su actitud ha remachado el clavo al volver al mantra del falso déficit fiscal y decir que: “la República servirá con eficiencia y calidad a los ciudadanos”. O sea, lo fía todo al modelo de Estado no a si los gobernantes actúan de manera adecuada o no. Como si en el mundo no hubiera, también, repúblicas ineficaces y corruptas. ¿Habrá oído hablar de Venezuela o Nicaragua? Sólo por poner algún ejemplo
Con este panorama de fondo Quim Torra debería reaccionar. Aparcar su faceta de activista y dejar paso a su cargo institucional, que permanece casi inédito. Ahora, tiene la oportunidad de redimirse. No es necesario que renuncie a nada. Puede seguir idolatrando al fugado a Waterloo, y seguir yendo a LLedoners a hacer consultas o a bailar zumba, que haga lo que le dé la gana. Pero que se vuelva razonablemente pragmático y entienda, entre otras cosas, que votar los presupuestos del Estado es una gran oportunidad para rebajar tensión, pero sobre todo para mejorar la vida de los ciudadanos, también la de los catalanes
Que la pensiones suban con el IPC no es pacata minuta o que el salario mínimo se sitúe en 900 euros deberían ser cuestiones, entre otras, a tener muy en cuenta por un gobernante autonómico. Y que la Generalitat reciba unos 2.500 millones más de euros no es para despreciarlo.
Estoy convencido que para comprender todo eso no hace falta ninguna capacitación especial. Lo que sí es muy necesario en política es el seny y la inteligencia política y, mucho me temo, que esos dos factores en el Govern de Cataluña son un bien escaso, casi inexistentes.


Bernardo Fernández
Publicado en e-notícies 03/12/18

27 de novembre 2018

CUARENTA AÑOS DE CONSTITUCIÓN


Parece que fue ayer, pero se van a cumplir 40 años desde que aprobamos la Constitución. En mi opinión es un buen momento para hacer un balance, aunque sea limitado, de lo que ha sido nuestra historia reciente e intentar predecir lo que puede ser nuestro futuro más o menos inmediato.
Para empezar, no podemos olvidar que hace 40 años veníamos de una negra dictadura, que el dictador murió en la cama y, por lo tanto, sus acólitos conservaban todos los resortes del poder. Además, no eran pocos los que tenían la voluntad de perpetuar a Franco y perpetuarse.
Pues bien, con aquellos mimbres se hicieron estos cestos. Esa Carta Magna, como toda obra humana, tiene luces y sombras y sin duda es perfectible. Esa Constitución ha sido el instrumento que nos ha permitido pasar de la dictadura a la democracia y, después, ha sido el eje vertebrador que ha hecho posible la etapa más prolongada de paz y progreso en nuestro país.
No obstante, de un tiempo para acá, se ha puesto de moda en algunos círculos de opinión criticar y minusvalorar tanto esa Ley de Leyes como las consecuencias que se han derivado de su vigencia.  Por eso, cuando leo u oigo ciertos comentarios denostando nuestra norma máxima de convivencia, me pregunto dónde andarían esos agoreros aquella noche gélida de enero cuando asesinaron a los abogados laboralistas de Atocha o qué hicieron la noche de los transistores (noche del 23 al 24 de febrero de 1981, cuando se produjo el fallido intento de golpe de Estado). Ahora es fácil criticar, pero la realidad de entonces no era nada halagüeña.
Es verdad que la España de 1978 poco o nada tiene que ver con la de 2018. Ciertamente, eso no es atribuible a la Constitución, pero es innegable que esa transformación se ha producido dentro del marco constitucional.
De hecho, nuestra Constitución, en buena medida, es la consecuencia de un pacto entre diferentes. Un acuerdo al que llegaron los representantes de la entonces vieja política: los franquistas, y los representantes de la nueva: los demócratas.
Para analizar con justicia lo sucedido en aquella época debemos conocer el contexto en el que los actores de entonces debían desenvolverse. Es verdad que había entusiasmo por consolidar las libertades, pero también había miedo porque se pudieran reproducir enfrentamientos civiles como sucedió en le pasado. El terrorismo mataba un día tras otro. Las condiciones económicas y sociales no daban pie a la esperanza: una inflación del 19,8%, aunque con algo menos de paro que ahora, pero, también, con menos coberturas y prestaciones y una renta per cápita anual que no llegaba ni a una cuarta parte de la actual.     
Tengo la convicción de que la mayoría de los que participaron en el debate para redactar una Constitución, tenían más en la cabeza la construcción de un Estado que la construcción de una nación. Estado democrático y valores correspondientes: libertad, democracia, garantía de derechos y justicia. Esos fueron los objetivos que hubieran podido, perfectamente, figurar en el frontispicio de los numerosos espacios que acogieron debates sobre el particular.
En aquel entonces, lo nacional no tenía demasiado predicamento, solía asociarse al Movimiento; quizás a excepción de algún círculo nacionalista en Euskadi o Cataluña, la identidad nacional era algo no marginal, pero sí secundario. Por eso, los términos identidad nacional y autonomía no supusieron ningún obstáculo insalvable ni en la ponencia ni en la comisión constitucional. Más bien los recelos llegaron desde fuera, pero no pasaron a mayores y se pudieron mantener los objetivos.
Es verdad que en estos 40 años de vigencia de nuestra Carta Magna han sucedido muchas cosas, la sociedad ha evolucionado y se precisan cambios. Pero hemos de ser conscientes de que España tiene un ADN dramático y transcendental. Por eso, los cambios que en otros lugares se ven como naturales y normales, aquí no lo son.
La crisis económica, la corrupción y el inmovilismo han resultado letales para el interés general.  Estamos viviendo una etapa en la que los ciudadanos han perdido buena parte de la confianza que habían depositado en la política y las instituciones. Y eso sucede porque en conjunto no se ha administrado de la mejor forma posible el legado de los constituyentes.
De todos modos, el problema más grave que tenemos hoy en día es el territorial. Un asunto que se arrastra desde hace 150 años. Y en los 6 últimos años ese problema se ha reproducido de forma sustancial en Cataluña.
En consecuencia, la reforma de la Constitución no puede esperar mucho más. Preciamos una reforma integradora, que no un proceso constituyente, como proponen algunos con pasmosa ligereza, a la vez que descalifican lo que ellos llaman el “régimen del 78”.
Lo más razonable sería explorar una reforma federal, el refuerzo de la protección de los derechos sociales, una reforma del proceso electoral y hacer del Senado una auténtica Cámara territorial, suprimiendo de ese modo, su innecesario cometido de Cámara de segunda lectura.
Si de verdad se quiere dar una solución duradera al problema territorial, hay que buscar un cauce para los ciudadanos de Cataluña que rechazan la ruptura que proponen los independentistas, pero tampoco están de acuerdo con el statu quo.
En este contexto, sería muy positivo el reconocimiento de la singularidad nacional catalana, sin que ello signifique privilegio alguno. Así como claridad y simplificación competencial, capacidad normativa fiscal y respeto al principio de ordinalidad, son algunas de las cuestiones que de manera inexcusable debería recoger esa reforma constitucional.
De todos modos, hemos de saber que reformar la Constitución no es la panacea para todos los males. Ahora bien, es la mejor manera de desmontar los argumentos de aquellos que pretenden desmantelarlo todo. Además, es, la mejor forma de regenerar la democracia. Desde luego, no es poco, pero vale la pena intentarlo.
Bernardo Fernández
Publicado en El catalán 26/11/18

DESACOMPLEJADOS

Los resultados de las elecciones andaluzas, celebradas el pasado 2 de diciembre, vinieron a quebrar el ya de por sí débil statu quo polí...