20 de novembre 2017

CARTA ABIERTA A UN INDEPE

Apreciado Fulano de tal:
Cientos de miles de personas -entre los que me incluyo-, durante más de cinco años, hemos sido asediados con falsedades, barbaridades e insensateces políticas, con total impunidad, por parte del Govern de la Generalitat y sus satélites (léase aquí partidos políticos independentistas, ANC, Omnium, medios de comunicación públicos, medios de comunicación privados subvencionados con generosidad y un largo etcétera).
Por eso comprenderás que tengo muchas cosas que decirte y te las quiero decir todas sin dejarme ni una. En consecuencia, no debería extrañarte que ésta sea la primera misiva, de una serie que te iré haciendo llegar, para ir poniendo los puntos sobre las íes, ante la gran estafa política que los tuyos y tú (ya sea por acción, ya sea por omisión) habéis llevado a cabo en este último lustro.
Dadas las circunstancias supongo que debes estar bastante atribulado con la que está cayendo. Pues bien, simplemente te diré que no desesperes, esto no ha hecho más que empezar.
Como tú no ignoras esta implosión del procés hacía tiempo que se veía venir. Todo se precipitó con la declaración unilateral de independencia (DUI) del 27 de octubre que, perdóname la frivolidad, pareció un coito interruptus. Después, la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución acabó con toda la parafernalia que tan minuciosamente y durante tanto tiempo se había preparado desde Palau.” El mundo nos mira”, decíais, ¿te acuerdas verdad? “El mundo pasa olímpicamente”, pensábamos muchos. El tiempo ha acabado dándonos la razón.
Pero volvamos al tema: a las pocas horas de la DUI, la mitad del Govern ya cesado y su expresident a la cabeza huían como una vulgar banda de forajidos a buscar la protección de la UE, asentándose en Bruselas. Desde ese momento, el goteo de renuncias y deserciones ha sido una constante, pero el mal ya está hecho. Por eso, necesitamos explicaciones. Queremos saber quien o quienes fueron los iluminados que juraban y perjuraban que tras la independencia Cataluña seguiría dentro de la UE. En ese contexto, sería deseable que se pidieran disculpas a gente tan normal como Isabel Coixet, Joan Manuel Serrat y tantos otros, que por decir algo tan sencillo como   que no estaban por el procés, se les puso a caer de un burro y se les trató de botiflers y no sé cuántas cosas más.
Ahora la práctica totalidad de líderes secesionistas han salido en tropel a decir que se equivocaron y que no había una mayoría social suficiente para tirar adelante. Pues hay que ser bastante corto intelectualmente, porque desde el 27 S del 201, se sabe que el separatismo no es mayoritario en Cataluña. Mientras, otros dirigentes como Toni Comín, hablan abiertamente de que se engañó a la ciudadanía y, aunque parezca mentira, no se les cae la cara de vergüenza, debe ser porque no tienen.
Por si todo eso fuera poco, el efecto secesión ha hecho que, hasta la presente, unas 2.500 empresas han llevado su sede social a otras comunidades autónomas y lo que es peor: casi un millar han hecho lo propio con el domicilio fiscal. La consecuencia es clara: menos ingresos para las arcas catalanas. Por no hablar del descenso del turismo o el parón en la venta de coches.
Además, durante todo el tiempo que ha durado el procés nos habéis intentado chantajear emocionalmente con la falacia del derecho a decidir, lo democrático es votar, solo los demócratas son independentistas y otras perlas por el estilo. Eso sí, sin profundizar más en el tema, para no quedaros sin argumentos.
Pues bien, déjame que te clarifique un poco la cuestión:  Seguramente se puede ser independentista y demócrata, pero también se puede ser demócrata y no independentista; como se puede ser no demócrata e independentista y, desde luego, ni independentista ni demócrata. Sin embargo, lo que no se puede ser es: independentista y de izquierdas, porque la izquierda es por definición internacionalista y solidaria y esos dos principios no los tendrán nunca ni los nacionalistas ni los independentistas.
Bueno, indepe desconocido: ni a ti ni a nadie el reprocho que sea independentista, os reprocho la mentira y la zafiedad que para vosotros se han convertido en hábitos. Espero que tarde o temprano veas la luz y comprendas que lo vuestro es un sin sentido que no lleva a ninguna parte, pero ten presente que habéis hecho mucho daño.
No quiero venganza. Exijo justicia y los que se han saltado la ley, los que creían que estaban por encima del bien y del mal que comparezcan ante los tribunales, sean juzgados y paguen por lo que han hecho.
Me parece que por hoy ya tienes bastante. En fechas próximas te contaré, según mi punto de vista, como hemos llegado hasta aquí. Es decir, que si la guerra de Sucesión (no de secesión), que si la opresión del Estado en los últimos 300 años, el España nos roba y otras mandangas más.
Tiempo habrá para todo ello.
Atentamente.

Bernardo Fernández
Publicado en e-notícies 20/11/17




13 de novembre 2017

EL CATALÁN ERRANTE

Cuenta la leyenda, conocida en todo el mundo, que “el holandés errante” es un barco que no pudo volver a puerto, condenado a vagar para siempre por los océanos del mundo. El velero es siempre oteado en la distancia, a veces resplandeciendo con una luz fantasmal. Si otro barco lo saluda, su tripulación tratará de hacer llegar sus mensajes a tierra, a personas muertas siglos atrás.
Me ha parecido oportuno traer a colación esta fábula porque el papel que intenta jugar el cesado, como presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont tiene ciertas similitudes con la narración holandesa.
El expresident de la Generalitat inició su hégira particular, tras la puesta en marcha, por parte del Gobierno central, del artículo 155 de la Constitución.
Primero colgó una foto en las redes sociales, insinuando que estaba en el Palau de la Generalitat, cuando en realidad, acompañado de una parte de los exconsejeros viajaba en coche hasta Marsella, para desde allí coger un avión a Bruselas. Todo de lo más normal.
Una vez allí, se ha dedicado a montar su estrategia de defensa, y lo ha hecho en dos frentes: el jurídico y el político.
Para calentar el ambiente, no ha dudado en mentir descaradamente y faltar el respeto al conjunto de la ciudadanía española, con afirmaciones tales como que en España la democracia es de baja calidad, que vivimos en un Estado autoritario, que lo hecho en Cataluña por el Gobierno central ha sido un golpe de estado y otras bagatelas por el estilo.
En el terreno jurídico, desde el primer día de su llegada a Bruselas empezó a maniobrar para postergar cuanto sea posible ser entregado a las autoridades españolas, aprovechando las especificidades legales belgas.
Después, cuando el regreso sea inevitable, con toda seguridad planteará un recurso ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
Todo ello, con dos objetivos perfectamente definidos: Extender la idea de que en España se vulneran los derechos humanos, por una parte y, por otra, estar fuera del alcance de la justicia española, tanto tiempo como sea posible.
En el ámbito político, Puigdemont necesita, como los campos el agua de mayo, qué en las elecciones del 21 D, que serán unos comicios con una fortísima carga emocional, unos muy buenos resultados para lograr que Europa observe a Cataluña de otra manera y poder relanzar, así, el proyecto independentista, con el objetivo de que el Gobierno central, hinque la rodilla en el suelo y acepte un referéndum de secesión.
Hasta el momento, el apoyo a España por parte de todos los miembros de la UE, sin excepciones, ha sido monolítico. Ahora bien, no conviene descuidarse, no vaya a ser que surja algún iluminado que oiga cantos de sirena y los confunda con música celestial.
Estos días el expresident anda empeñado en elaborar una lista electoral de “país”, a partir de una plataforma de electores o algún invento similar. Sin embargo, tanto ERC como la CUP ya le han dado calabazas. Los primeros presienten que ganaran las próximas elecciones autonómicas, al menos así lo indican los sondeos hechos hasta el momento. Por su parte, los antisistema tendrían muy difícil dar una explicación coherente a compartir cartel con los adalides de los recortes y sus sucesores por más “indepes” que digan ser.
La verdad es que a la gente del PDCAT (Convergencia 2.0) les han empezado a temblar las piernas al ver el sesgo de todas las encuestas que se van publicando. De ahí, que busquen, aunque sea un clavo ardiendo, donde agarrarse para no caer por el precipicio político y quedar reducidos a la marginalidad.
Ante estas nefastas perspectivas, esperemos que a Carles Puigdemont no le suceda como al barco de la leyenda a la que me he referido al inicio de este escrito. Por más necedades que haya cometido nadie se merece estar vagando eternamente en la inmensidad del espacio. Debe ser muy aburrido. Además, seguro que hace mucho frío por ahí fuera, sin el calor de los suyos. Por eso, hemos de esperar que vuelva, aunque sea en Navidad. Ahora bien, que pase primero por la Audiencia o el Tribunal Supremo que le explicarán de que va la Constitución, el Estatuto, el Estado de derecho y otros detalles que parece desconocer.

Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies 13/11/17

06 de novembre 2017

ASÍ NO

Desde hace cinco años, en Cataluña estamos viviendo un auténtico despropósito político. De hecho, todo comenzó en 2012, cuando Artur Mas, ante la negativa de Mariano Rajoy de conceder a Cataluña un sistema de financiación equiparable al Concierto económico que disfrutan Euskadi o Navarra, decidió echarse en brazos del independentismo. En mi opinión, más por despecho que por convicción.
Sea como sea, el caso es que aquello que empezó como una pataleta de niño mal criado, ha acabado por convertirse en un serio problema de Estado que, además, está afectando el sistema neurológico de la UE.
Y eso es así porque tanto el Gobierno de la Generalitat, como el Ejecutivo central han renunciado a la política para buscar soluciones al problema, y mientras unos lo han fiado todo a la épica, los otros lo han dejado todo en manos de los tribunales de justicia. Eso ha hecho que se ponga de manifiesto la impericia del Govern y la cerrazón del Gobierno central para manejar un tema de esta envergadura.
Así las cosas, que el artículo 155 de la Constitución era necesario aplicarlo tras la declaración unilateral de independencia, sólo pueden negarlo los muy radicales.
En estas circunstancias, hay que admitir, que el Gobierno central actuó de manera adecuada convocando elecciones autonómicas con toda la celeridad que la legislación se lo permitía, desmontando, de ese modo, buena parte del argumento victimista de los secesionistas.
Con este panorama de fondo, era incuestionable que la justicia debía actuar y ha actuado como un poder independiente en un Estado de derecho. Y eso, debería estar fuera de toda duda para que aquellos que se autocalifican demócratas.
Pues bien, después de estos argumentos y otros muchos que no menciono para no hacer este artículo interminable, queda claro que el secesionismo está perdiendo relato y épica. Sin embargo, la decisión de la juez Carmen Lamela de enviar a prisión a una parte de los miembros del ejecutivo catalán cesado, ha servido para reavivar un independentismo que estaba viviendo sus peores momentos desde hace muchos años.
Dicen que las decisiones judiciales se acatan y no se cuestionan. No seré yo quien contradiga ese principio. No obstante, como ciudadano de un Estado de derecho y social no me voy a privar de aprovechar esta magnífica ventana que es e-notícies y dar mi parecer sobre la iniciativa de la juez Lamela antes mencionada.
Como todos sabemos, la juez ha enviado a prisión sin fianza a una buena parte de los exconsejeros del gobierno cesado. Según el auto los motivos fundamentales son: la posibilidad de eliminar pruebas y el riesgo de fuga.
Vamos a ver: estos personajes pueden ser muchas cosas, pero ineptos y tontos, seguro que no. En el supuesto de que, en algún momento, tuvieran en su poder alguna prueba inculpatoria, ¿alguien cree que no la hubieron destruido ya? Y si por alguna extraña razón aún obrara en su poder, ¿acaso no tiene familia y/o colaboradores cercanos para deshacerse de semejante material?
Por lo que respecta al supuesto de fuga: si alguna de ellos cometiera la insensatez de abandonar el país sin la correspondiente autorización judicial, ¿a quien iba a perjudicar? ¿Se teme que desde otro país puedan organizar algún tipo de movimiento que pudiera afectar la integridad de España?
¿No hubiera sido preferible dictar medidas cautelares como, por ejemplo, una elevada fianza, una retirada del pasaporte y/o medidas de control policial? De haber procedido de esa forma, no se hubiera alimentado el victimismo independentista y estarían perfectamente controlados.
En cualquier caso, a lo hecho pecho. La Audiencia Nacional y el Tribunal Supremo deben hacer su trabajo, seguir con los procedimientos iniciados y abrir otros si se considera que ha lugar a ello. Y deben hacerlo sin interferencias de ningún tipo, pero también teniendo en cuenta que vivimos en un mundo interconectado y que la justicia no puede ser ajena ni puede dar la espalda a la sociedad a la que pertenece y en la que actúa.
Señora Carmen Lamela, con todo el respeto: Así no.

Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies 06/11/17

30 d’octubre 2017

REPETIR LA HISTORIA

A juzgar por los acontecimientos, en Cataluña tenemos una cierta tendencia a llevar a cabo grandes epopeyas en el mes de octubre que, acertadas o no, quedan en la historia de nuestro país.
Así, por ejemplo, en estos días se han cumplido cuarenta años del regreso del President Josep Tarradellas (fue el 23 de octubre de 1979). Con ese retorno, se hizo posible la recuperación de la Institución más emblemática: la Generalitat de Catalunya y del autogobierno.
La llegada de Tarradellas a la plaza de Sant Jaume fue una de las efemérides más celebradas de la Transición. En su salida al balcón de la Generalitat, acompañado de los líderes políticos del momento, el President pronunció una breve alocución iniciada con el famoso: “¡Ciutadans de Catalunya ja sóc aquí!”. Se cerraban así 38 años de exilio y empezaba la etapa más fructífera y plena de autogobierno de Cataluña de toda la historia.
También en este mes de octubre se han cumplido 83 años de “els fets d’octubre”. Como todo ustedes saben, a las ocho y diez minutos de la tarde del 6 de octubre de 1934, el President Lluís Companys apareció en el balcón de la Generalitat de Cataluña, acompañado por todo su gobierno, y proclamó el Estat Català dentro de la República Federal Española.
Tras una noche de forcejeos, escaramuzas, barricadas y disparos, que tuvieron como consecuencia 80 muertos, sobre las siete de la mañana del 7 de octubre las tropas leales al Gobierno central, mandadas por el general Batet entraron en el Palacio de la Generalidad y detuvieron, entre otros, a Companys y a su gobierno. Acto seguido, detuvieron también en el Ayuntamiento al alcalde Carles Pi i Sunyer y a los concejales de ERC que le seguían. Los apresados fueron trasladados al buque Uruguay, anclado en el puerto de Barcelona, reconvertido en prisión.
Las consecuencias del quebranto del orden establecido fueron nefastas. El gobierno de Lerroux desató una dura oleada represiva con la clausura de centros políticos y sindicales, la supresión de periódicos, la destitución de ayuntamientos y miles de detenidos, sin que se pudiera demostrar que hubieran tenido una actuación directa en los hechos, lo que evidenció una voluntad punitiva y arbitraria, con claros componentes de venganza. ​
La autonomía fue suspendida indefinidamente por una ley aprobada el 14 de diciembre a propuesta del Gobierno (la CEDA exigía la derogación del Estatuto) y la Generalidad de Cataluña fue sustituida por un Consejo de la Generalidad designado por el Gobierno. Meses después algunas de las competencias de la Generalidad le fueron devueltas, pero no las de Orden Público. ​
De no haber sido por la victoria del Frente Popular en febrero del 36 y el consiguiente cambio de gobierno, con toda probabilidad Companys y sus acólitos hubieran pasado muchos años entre rejas y las competencias de la Generalitat hubieran continuado bajo mínimos. Pero eso son, tan solo hipótesis. El hecho cierto es que, después, en julio del mismo año se produjo el alzamiento militar contra la legalidad Republicana que acabó desembocando en la Guerra Civil, pero esa es otra historia.
Dicen que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Pues bien, Carles Puigdemont o desconoce la historia de Cataluña (cosa que no creo) o ha querido repetirla (lo que es una irresponsabilidad supina), a sabiendas de que su entelequia es irrealizable. Después de tener a todo el mundo en vilo, mientras deshojaba la margarita para ver si convocaba elecciones o proclamaba la independencia, optó por la peor solución posible: proclamar la independencia (DUI). Cosa que hizo el 27 de octubre de 2017.
Como no podía ser de otro modo, el Gobierno central no tardó en poner marcha el artículo 155 de la Constitución y como consecuencia, cesó al Govern en pleno, disolvió el Parlament y convocó elecciones autonómicas para el 21 de diciembre, además de otras medidas complementarias.
Así pues, nos hemos quedado con una independencia virtual, porque quien tiene el poder es quien controla el flujo del dinero público, quien manda en los cuerpos de seguridad y aquellos que controlan puertos y aeropuertos, entre otros asuntos de no menos relevancia como pueden ser tener la firma en el DOG. Lo otro son bagatelas y coros de grillos cantando a la luna. Estos muchachos querían tener un Estado y nos han dejado (aunque sea temporalmente) sin autonomía.
La situación política, en Cataluña, es caótica, la fractura social evidente y la economía anda hecha unos zorros. Por si alguien alberga aún alguna duda, las cuatro asociaciones de jueces existentes en España han puesto de manifiesto que la única legalidad es la que emana de la Constitución
Con este panorama de fondo, lo que suceda en los próximos días será decisivo y hemos de esperar que ningún descerebrado de uno u otro bando cometa alguna barbaridad que tengamos que lamentar.
En estas circunstancias, es normal que los posicionamientos estén muy enconados. Esperemos que, poco a poco y de aquí al 21 D, la cosas se normalicen tanto como sea posible. Eso sería lo mejor para celebrar unas elecciones que nos traigan una nueva manera de hacer política. De no ser así, corremos el riesgo de volver a las andadas; aunque, ciertamente, siempre se pueden hacer las cosas mal, es bien cierto que, peor que ahora, parece imposible.
En cualquier caso, y a juzgar por los acontecimientos, resulta obvio que octubre es un mes propicio para las grandes gestas de los catalanes. Esperemos que diciembre sea un mes adecuado para recuperar el seny y, mediante las urnas, los ciudadanos de Cataluña pongamos a cada político en el lugar que le corresponde. Sería la mejor manera de poner nuestro grano de arena para tener, si no un feliz año, si al menos un tranquilo 2018. Nos lo merecemos.

Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies 30/10/17

23 d’octubre 2017

Balance provisional de una insensatez política

Lo que una gran mayoría de ciudadanos no queríamos que ocurriera, va a suceder.
En efecto, el pasado sábado, el Consejo de Ministros, reunido en sesión extraordinaria y presidido por Mariano Rajoy, decidió poner en marcha el artículo 155 de la Constitución para que el Govern de la Generalitat cumpla con sus obligaciones constitucionales y cese en aquellas actividades que según el Ejecutivo central dañan gravemente el interés general. En consecuencia, propone al Senado la aprobación de una serie de medidas, que entiende necesarias, necesarias para garantizar el cumplimiento de las obligaciones constitucionales y la protección del mencionado interés general.
Dicho en román paladino: se cesará al President de la Generalitat y a todo el Consell Executiu, se hará lo mismo con los cargos de confianza que se considere oportuno. En definitiva, todo el aparato gubernamental y legislativo será controlado y dirigido desde los ministerios en Madrid. Asimismo, el Ejecutivo central confía que en un plazo no superior a seis meses se restablezca la normalidad en Cataluña y se puedan celebrar elecciones al Parlament.
Sin duda alguna es pronto para sacar conclusiones, pero esto es algo nunca debería haber llegado a suceder. El 21 de octubre de 2017, será recordado como una de las fechas más tristes de nuestra reciente historia democrática.  Eso, será algo que siempre deberemos agradecer a nuestros gobernantes. Los de aquí y los de allí.
Estoy convencido que éramos muchos los ciudadanos que aún conservábamos una brizna de esperanza y pensábamos que unos recuperarían el seny, los otros el sentido común y les daría por sentarse en torno a una mesa, exponer ideas, debatir sus puntos de vista y -puestos a elucubrar- llegarían a algún tipo de acuerdo. Hubiera sido magnífico. Sin embargo, no. Me gustaría equivocarme, pero, no. Ni se ha producido ni se va a producir acuerdo alguno. Cada cual va a seguir atrincherado en su universo diminuto y egocéntrico, esperando la rendición incondicional del otro. y a ver quien la tiene más larga.
En estas circunstancias, pese a vivir momentos muy difíciles, no está de más hacer un primer balance, aunque por fuerza ha de ser provisional, del coste-beneficio que nos supone hasta el momento el proceso de ruptura con el resto de España y como puede evolucionar la situación de ahora en adelante.
En el terreno político, la UE, lo hubiera podido decir más alto, pero no más claro: “Apoyamos al Gobierno español”, manifestó la canciller Merkel tras la reunión de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada recientemente en Bruselas. Asimismo, el vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, habló de: “populismos nacionalistas. Más claro, agua.
Por lo que respecta al ámbito relacional, la fractura social entre familias, entre amigos o en las comunidades de vecinos, es un hecho. Para evitarlo, o se prohíbe directamente hablar del tema o si se habla, la conversación suele acabar en bronca. El tema, obviamente, es el proceso secesionista y todo lo que conlleva.
Pero si en algún ámbito el descalabro resulta evidente, es, sin duda, en el mundo económico. A día de hoy, las empresas que han trasladado su sede social fuera de Cataluña, por la incertidumbre política y jurídica que genera el independentismo, han superado, de largo, el millar. En contrapartida, tan sólo 49 han sentado sus reales en tierras catalanas. La venta de coches ha caído más de un 15%, en las últimas dos semanas. Desde el gremio de hostelería cifran en un 20% la cancelación de reservas hoteleras y la previsión es que este año se facturen unos 1.200 millones de euros menos que el anterior.
Pero es que, además, la elevada deuda externa y la calificación de bono basura que nos otorgan las agencias de calificación, hacen que, ante un más que hipotética independencia, Cataluña no pudiera acudir a los mercados internacionales en busca de financiación. En consecuencia, declarar la independencia, hacerla efectiva y declarar suspensión de pagos, vendrían a ser un tres en uno.
De todos modos, los auténticos perjudicados de todo este sin sentido no van a ser ni las grandes empresas ni la burguesía. Estos especímenes saben nadar y guardar la ropa. Además, tienen las espaldas cubiertas. Aquí los damnificados, como siempre, va a ser la clase trabajadora, que, traducido al terreno social, es lo mismo que decir las clases medias y populares.
Con toda probabilidad, quienes primero van a notar la desaceleración económica serán los empleos relacionados con el turismo. Después, las lamentaciones y el crujir de dientes vendrán con las deslocalizaciones. El prestigio y la reputación ganados con gran esfuerzo y trabajo a lo largo de mucho tiempo se irán por el sumidero gracias a la insensatez política de unos gobernantes descerebrados.
Un ejemplo elocuente de todo este mal sueño lo tenemos en Quebec, donde tanto les gusta mirarse a los secesionistas. Allí, las empresas se fueron cuando empezó la mandanga independentista y luego ya no volvieron. Los trabajadores de multinacionales o cualificados marcharon o se pudieron recolocar. Sin embargo, los poco cualificados, las pequeñas empresas y los trabajos con poco valor añadido fueron los más afectados.
Ahora, hay que ver que reacciones se producen y como se encaja el golpe. De todos modos, el daño infringido, en los diferentes ámbitos, es grande. No obstante, aún se puede rectificar si hay voluntad para ello. Ciertamente, quedarán heridas, pero con buena voluntad y algo de tiempo se podrían restañar.
El problema es que tengo serias dudas de que haya voluntad de rectificar y en estas circunstancias, me temo que esto va a ir a peor. Mucho peor. Al tiempo

Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies 23/10/17

13 d’octubre 2017

El blog de Bernardo Fernández: HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD

El blog de Bernardo Fernández: HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD: Vivimos tiempos difíciles para el socialismo europeo. Los gobiernos de izquierdas, a pesar de no ser los causantes de la crisis, son los qu...

ILUSIÓN, JÚBILO Y DECEPCIÓN

El presidente de la Generalitat de Cataluña, Carles Puigdemont, compareció, a petición propia, en el Parlament el pasado 10 de octubre. En la petición formal se decía que era para informar a la cámara del resultado del no referéndum del día uno.
Ciertamente, la convocatoria suscitó muchas expectativas entre los secesionistas y curiosidad en nuestro entorno sociopolítico. Prueba de ello, es que se colocaron pantallas gigantes en diversos lugares del país para que la ciudadanía pudiera seguir la intervención del máximo mandatario y las posteriores réplicas de los líderes de los grupos parlamentarios, y en el Parlament se acreditaron un millar largo de periodistas, dispuestos a narrar la evolución de los acontecimientos a sus respectivas parroquias.
Todo transcurría según el guion previsto, sin embargo, cuando llegó la hora de la verdad (en esta ocasión las seis de la tarde) desde presidencia pidieron aplazar el inicio del pleno. Algo no funcionaba. Ver la cara de los diputados independentistas era un poema. Ver la cara de sorpresa de los diputados no independentistas de la oposición, una novela de intriga. Los primeros nubarrones, amenazando tormenta, aparecían en el cielo, hasta entonces, impoluto del secesionismo catalán.
Según parece Puigdemont había pactado un texto para su intervención, con los antisistema de la CUP, pero a pocos minutos de su comparecencia, les pedía cambiar los términos y dejar en suspenso la independencia. El motivo: las fuertes presiones a las que se estaba viendo sometido el presidente para que no llevara a cabo una declaración unilateral de independencia (DUI).
Uno de los lugares emblemáticos de esta efeméride fue el Paseo de Lluís Companys, en Barcelona, que da acceso al parque de la Ciutadella, donde se encuentra la cámara catalana. Allí, unas 30.000 personas esperaban la DUI. El presidente empezó su discurso y la ilusión se masticaba en el ambiente, mediante un hábil y calculado juego de palabras, Carles Puigdemont declaró un estado catalán independiente en forma de república. Aquí muchos creyeron tocar el cielo con las manos, llegó el éxtasis y el júbilo era palpable. Sin embargo, dura poco la alegría en casa del pobre, y de manera inmediata el presidente pidió al Parlament que suspendiera la declaración de independencia para dialogar en las próximas semanas. En definitiva, la teórica independencia duró unos quince segundos. Lo que hasta entonces había sido ilusión y jubilo se convirtió en fracaso, frustración y decepción.
Con este panorama de fondo, considero que Mariano Rajoy, por una vez, y sin que sirva de precedente, ha actuado de modo correcto con el requerimiento para que Puigdemont aclare la situación y advierta con la posibilidad de utilizar el artículo 155 de la Constitución. No obstante, en mi opinión, hubiera sido un gran acierto poner, de manera simultánea, sobre la mesa un guion para el diálogo si el presidente de la Generalitat se avenía a olvidar sus aventuras independentistas y reingresar en el camino de la constitucionalidad.
En cualquier caso, ocurra lo que ocurra en las próximas semanas, ni pude ni debe haber mediación alguna. Mucho menos de la UE o actores extranjeros. Ni estamos ante un conflicto internacional ni aquí estamos en una guerra tribal. Esto es un asunto interno y en España hay un Estado de derecho. Lo que está en juego es la paz social y las libertades, que es lo mismo que decir que nos jugamos nuestro sistema democrático que se basa en la solidaridad y el respeto entre los ciudadanos. Por eso, hemos de rechazar de plano cualquier usurpación que quieran hacer de aquello que es común y de manera especial el grito de los antisistema cuando dicen que las calles serán siempre nuestras; es decir de ellos. Los que ya tenemos una edad aún recordamos espeluznados el grito de aquel redomado franquista que decía la calle es mía.
En estas circunstancias, la negociación es más necesaria que nunca, pero también más difícil. Me cuesta creer que, unos políticos que más pronto o más tarde, por pura justicia, han de ser inhabilitados y otro que no tiene ni visión de futuro ni cuajo para afrontar unas reformas imprescindibles para la viabilidad de España, sean los interlocutores adecuados para sacarnos del embollo en que unos y otros nos han metido.
Para evitar más decepciones se necesita savia nueva: gente preparada, dispuesta y con ganas. ¿Alguien sabe dónde están?


Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies. com 13/10/17

02 d’octubre 2017

EL FRACASO DE LA POLÍTICA

Estoy convencido de que este mes de septiembre pasará a la historia como una de las épocas más negras de nuestra democracia. En mi opinión, la gravedad de los hechos ocurridos estos días atrás en Cataluña, es equiparable a los atentados de Atocha o al 23-F, porque en todos esos sucesos se ha puesto en riesgo nuestro sistema de convivencia.
Todo empezó a precipitarse con el golpe de mano que se llevó a cabo en el Parlament de Cataluña, los días 6 y 7 de septiembre, con la aprobación de la ley del referéndum y la de la transitoriedad jurídica, en contra del criterio de los letrados de la cámara y contraviniendo la opinión del Consell de Garantías Estatutarias. Ese día quedó derogado de facto el Estatuto, y la Constitución, en palabras del President, Carles Puigdemont, dejaba de regir en Cataluña.
En estas circunstancias, el Gobierno central, fiscales y jueces no podían hacer otra cosa que salvaguardar la legalidad. De ahí, la entrada en diversas consejerías -especialmente mediática fue la irrupción de la guardia civil en las dependencias de economía y la posterior detención de significados miembros del soto Govern.- Después vino el rosario de registros, incautación de sobres, papeletas, etcétera, por un lado, y por el otro, ocupación de espacios públicos, manifestaciones, acampadas frente al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) y toda una demostración de músculo y desprecio manifiesto a la legalidad vigente.
Con este paisaje de fondo, ni unos ni otros fueron capaces de poner un poco de seny, echar el freno de mano y decir: “dialoguemos”. Todo lo contrario, mientras el ambiente se iba caldeando, unos y otros (el gobierno de aquí y el gobierno de allí), iban echando más leña al fuego. Y así llegamos al 1 de octubre. Punto culminante de todo un proceso de despropósitos y sin razón.
En ese aciago domingo hemos revivido situaciones que ya teníamos archivadas y que muchos pensábamos que nunca se repetirían. Así, por ejemplo, hemos visto cargas policiales, vecinos levantando barricadas, policías requisando urnas, guardias civiles recibidos, o despedidos, a pedradas, heridos por la actuación desproporcionada de las fuerzas de seguridad y todo un cúmulo de acciones desmedidas que jamás hubieran debido ocurrir en un país desarrollado en pleno siglo XXI.
La obcecación de unos y el inmovilismo de otros han sido el caldo de cultivo que ha hecho posible que llegásemos hasta aquí. Recomponer puentes en esto momentos se me antoja imposible. Tanto mariano Rajoy como Carles Puigdemont han demostrado que son incapaces de dialogar. Por consiguiente, lo lógico sería que Rajoy convocara elecciones y dimitiera y que Puigdemont dimitiera, pero antes, también, convocara elecciones. Aunque, bien es verdad, que la lógica y la política, con demasiada frecuencia acostumbran a ser incompatibles.
A poca sensatez que se tenga, los secesionistas saben que lo del 1-O, ha sido cualquier cosa menos un referéndum, pero eso sí, ha sido algo importante. La ciudadanía se ha movilizado, mucha gente ha salido a la calle, mucha gente ha querido votar, y ante eso, el ejecutivo central no puede seguir haciendo oídos sordos.
Como dice un viejo amigo: “fuera de la ley, no. Sólo con la ley tampoco”. En esta ocasión el fracaso de la política es manifiesto. Así las cosas, demos tiempo al tiempo, que nadie tome decisiones de las que después se tenga que arrepentir y por las que tengamos que apechugar todos con las consecuencias.
En estas circunstancias, lo más razonable sería echar un poco de agua al vino y dejar que el ambiente se calme. Entre todos hemos de reconducir esta situación, pero quien más puede hacerlo es quien más responsabilidad ostenta. Y si los que hay no se sienten capaces que dejen paso a otros que puedan salvarnos del naufragio seguro a que nos están conduciendo los incompetentes que nos gobiernan. Aquí y allí.

Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies.com 02/10/17

CARTA ABIERTA A UN INDEPE

Apreciado Fulano de tal: Cientos de miles de personas -entre los que me incluyo-, durante más de cinco años, hemos sido asediados con f...