18 de març 2016

PRESUPUESTOS

El Gobierno de la Generalitat de Cataluña tiene previsto entrar al Parlament los presupuestos para 2016  el próximo mes de mayo. Eso está bien. Así podremos saber si el republicano Oriol Junqueras, desde el Departamento de la Vicepresidencia, Economía y Hacienda que dirige, quiere poner tierra de por medio a las políticas austericidas de Artur Mas o solamente asistimos a un lamentable punto y seguido.
Es verdad que para algunos políticos entre la crisis económica que nos sacude y las relaciones, cada vez más deterioradas,  con el gobierno central hacer presupuestos es una cuestión meramente técnica. Para ellos las posibilidades de establecer prioridades en función de ideologías es prácticamente nula. Sinceramente considero que es un error. Winston Churchill solía decir: “dime que presupuestos apruebas y te diré que políticas practicas”, Tenía razón el mandatario británico. Los republicanos tienen ahora una ocasión de oro, con una nueva coalición, un nuevo presidente y un nuevo ejecutivo para poner sobre la mesa su sensibilidad por las cuestiones sociales, casi inédita hasta la fecha.
Es el momento de marcar las diferencias con el neoliberal Mas-Colell  e incluir en las cuentas para este año, partidas con sensibilidad social y criterios  de redistribución de la riqueza. Y deben hacerlo, primero, para que la CUP apoye ese presupuesto y la legislatura pueda seguir adelante y, después, porque quizá nunca vuelvan a tener una oportunidad como ésta para marcar perfil social.
Claro que Junqueras puede tomar la decisión de seguir la estela presupuestaria de Artur Mas y hacer como hizo él: buscar las facilidades que en su día le dio el PP para aprobar sucesivamente dos presupuestos que sirvieron para desballestar el Estado de bienestar que tanto había costado construir. De ser así, seguro que alguna fuerza política encontrarían, que les diera soporte en ese viaje. Y ha de quedar claro que la decisión que tomen los republicanos, tanto una como otra, será legítima: sí; pero con toda seguridad ésta última sería su suicidio político. No sé si en directo o en diferido (es decir, cuando se celebren las próximas elecciones) pero suicidio, sin duda.
En cualquier caso, la piedra de toque vendrá dada por el pacto firmado con la CUP para que estos facilitaran la investidura y por la resoluciones aprobadas en el plena monográfico sobre la pobreza celebrado días atrás en el Parlament. Ahí el Govern Puigdemont deberá pasar la prueba del algodón en sensibilidad social.
En ese pleno se aprobaron 40 medidas, de ellas 13 por unanimidad, para luchar contra la emergencia social. Ahora bien, sólo tres resoluciones tienen, a día de hoy, el dinero comprometido para llevarlas a cabo, unos 30 millones de euros. Otras de las resoluciones aprobadas ya estaban en el plan de choque firmado entre Junts pel SÍ y la CUP y ascienden a 270 millones de euros. No obstante, todo queda condicionado a que se aprueben los presupuestos y se tenga la suficiente liquidez.
A priori parece mucho dinero para unas finanzas tan asfixiadas como las de la Generalitat de Cataluña. Ahora podremos comprobar la destreza de Oriol Junqueras y su capacidad de maniobra. Veremos si se pone del lado de los inmovilistas que afirman que la situación financiera actual junto con los gastos fijos no admite ningún tipo de variación o, por el contrario, el vicepresidente republicano opta por unos presupuestos con una fuerte carga social.
En mayo saldremos de dudas.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 17/03/16

LA ALCALDESA Y LA MILICIA

Desde hace bastantes años el Ejercito, igual que otras instituciones, acostumbra a montar un estand del recinto ferial del Saló d’Ensenyament que cada año se celebra en Barcelona. Como no podía ser de otra manera, la alcaldesa de la ciudad, Ada Colau hizo una visita al certamen. Hasta aquí todo normal. El esperpento ocurrió cuando la edil se dirigió a dos militares allí presentes y les dijo: “preferiría que ustedes no estuvieran aquí”. Éstos, con sumo respeto y educación contestaron: “muy bien, hasta otra”.
Considero que la conversación fue del todo surrealista y merece alguna consideración. Veamos.
Afortunadamente, vivimos en un Estado democrático y de Derecho, y el Ejército, guste o no, es una institución que forma parte de ese Estado y es, por consiguiente, una parte consustancial de la sociedad. Por otra parte, conviene no olvidar que, a día de hoy, el Ejército, en nuestro país, es profesional y no obligatorio como antaño
Además, el estand que las fuerzas armadas montaron en el mencionado salón tenía por finalidad mostrar a los jóvenes una posible salida profesional incorporándose a sus filas. Asunto, en los tiempos que corren, nada desdeñable. Y como institución que es, ciertamente, el Ejército tiene obligaciones, sin duda, pero también derechos; en consecuencia, explicarse y acercarse a la ciudadanía se enmarca dentro de esos derechos.
La señora Colau  argumentó luego, ante los medios, para justificar su actitud que “en un pleno municipal se había votado pedir a las fuerza armadas que marcharan de Barcelona”.  Pues bien, tengo serias dudas de que en el pleno de un consistorio sean pertinentes votaciones de ese tipo. Hasta donde yo sé, la defensa no es asunto de los ayuntamientos. Cada cosa en su lugar. Pero aunque así fuere, hay canales más adecuados para hacer saber una opinión   que en una visita protocolaria.
Por si todo eso fuera poco, la alcaldesa olvida con demasiada frecuencia que los es de todos los barceloneses, la hayan votado o no. No sólo de aquellos que tienen un gusto, una fobia concreta o un color político determinado. Otra cosa es que Ada Colau haya decidido tener a su “gente” contenta y a los demás que les parta un rayo. Nuestra primera regidora debería tener en cuenta que en política, con frecuencia, tan importante como el fondo, son las formas; y eso, lamentablemente, algunos lo han olvidado.

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 16/03/16

02 de març 2016

EL CATALANISMO POLÍTICO A EXAMEN

Los orígenes del catalanismo político se remontan a la primera mitad del siglo XIX e incluso antes. No obstante, es con el crecimiento de la oposición al modelo centralista del Estado liberal y con el desarrollo del movimiento conocido como la  Renaixença que el catalanismo empieza a tener carta de naturaleza.
Su afirmación como opción política adquiere impulso en el contexto del «desastre del 98».  Aquellas circunstancias fueron terreno abonado para el nacionalismo conservador representado por la Lliga Regionalista. Su irrupción en la escena política española se produce en 1907 con motivo del resonante triunfo electoral de las candidaturas de Solidaridad Catalana, El primer fruto de la presión de los catalanistas  sobre el gobierno central fue la creación en 1914 de la Mancomunidad de Cataluña, presidida por Enric Prat de la Riba..
Según el catedrático de derecho constitucional, ex senador y ex presidente del PSC, Isidre Molas, “durante más de un siglo el catalanismo político ha sido en España un factor capital de renovación, modernización, iniciativa y de libertad”.
Ciertamente, el catalanismo, entre otras cosas, siempre ha pretendido la regeneración democrática de España. A veces, incluso de manera sui generis. Así por ejemplo, tanto en abril de 1931, como en octubre de 1934, aprovechando el desconcierto reinante en el conjunto del Estado, se declara, en la primera ocasión, la República Catalana y, en la segunda, el Estado  Catalán dentro de la República Federal Española.
Sería inútil negar que dentro del catalanismo han existido siempre radicales e independentistas. No obstante, hasta hace bien poco habían sido sectores minoritarios. Es a partir de 2010 y como consecuencia de la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre l’Estatut que el secesionismo empieza a despegar de forma nítida. Para muchos, que tenían su soberanismo agazapado en espera de tiempos más propicios, esa sentencia fue la señal de que el Estado de las autonomías se había agotado y había llegado el momento de poner rumbo a Ítaca y crear un Estado propio. Si hiciéramos un listado de los personajes públicos que abrazaron esa idea, la misma resultaría interminable.
La situación política que se genera en Cataluña a partir de esa sentencia del TC  desentierra los peores fantasmas del pasado, y es caldo de cultivo para un estado de malestar generalizado, propicio para enconar, aún más, una situación política ya compleja de por sí. En ese contexto, los profetas del desastre aprovechan para crear un tótum revolútum donde se confunde catalanismo con nacionalismo y donde se quiere transitar del autogobierno a la soberanía plena sin el más mínimo respeto por las reglas establecidas.
Marina Subirats, socióloga y ex regidora del Ayuntamiento de Barcelona, opina que “se ha tensado mucho la cuerda en un sentido y eso ha provocado la reacción de los contrarios”.  No le falta razón a la ex edil; ahora bien, los del otro lado tampoco han sido un ejemplo de flexibilidad y voluntad de acuerdo. Para el ex diputado socialista y profesor de derecho constitucional Joan Marcet, el catalanismo “continua siendo transversal, porque todavía caben derecha e izquierda. Pero se ha dislocado. Los dos partidos de la izquierda tradicional han perdido peso significativamente”.
Es verdad que la cuestión independentista ha polarizado la atención política de la sociedad catalana. Sin embargo, persiste el paradigma catalanista básico, según el cual una mayoría sustancial considera que el actual conflicto con el resto de España, acabará con un pacto, mediante el cual se dotará a Cataluña de más autogobierno.
Los números son elocuentes: en el periodo que va de 1980 a 2015 el catalanismo ha perdido casi 10 puntos porcentuales. En las primeras elecciones al Parlament celebradas en 1980, los partidos autodenominados catalanistas recibieron el 78% de los votos, mientras que los no catalanistas se quedaban en un raquítico 15,6%. En las elecciones del pasado 27 de septiembre, los partidos catalanistas, independentistas incluidos, recibían el 69,3% de los votos y los abiertamente no catalanistas llegaban al 26,5%. Estos datos deberían hacer reflexionar a los líderes de los partidos y a los voceros que pretenden orientar la opinión pública.
Es una obviedad que el planteamiento plebiscitario de las últimas elecciones al Parlament redujo mucho las opciones y los matices quedaron para mejor ocasión. En cualquier caso, se ha puesto de manifiesto que aquel eslogan que hizo fortuna en los ochenta: “Cataluña un solo pueblo”, no es del todo cierto. Al menos, no lo es en el ámbito electoral. En ese espacio hay una división clara que en los últimos comicios favoreció netamente a Ciudadanos. En este contexto aquella aseveración de José María Aznar cuando dijo que “antes se romperá Cataluña que España”, adquiere ahora toda su dimensión.
Hace ya más de nueve años que el ex presidente a la Generalitat, José Momtila, advertía de la “desafección, la sensación de abandono y maltrato inversor sufrido por Cataluña.”  Aquellos polvos trajeron estos lodos y es evidente que esta situación ha generado una “tensión social latente” como apunta el politólogo Ucelay-Da.
De todos modos, en muchas ocasiones resulta difícil establecer la línea diferenciadora entre nacionalismo catalán y catalanismo, No obstante,  cuando hablamos de catalanismo y nacionalismo, deberíamos hacerlo  desde planteamientos políticos claros; hay que diferenciar entre los que quieren el máximo desarrollo competencial y de autogobierno de Cataluña dentro de una España diversa y plural, de aquellos que lo que pretenden es una Cataluña fuera de España. Ese planteamiento es legítimo, ciertamente, pero los que lo propugnan escamotean la verdad. A día de hoy, nadie ha puesto sobre la mesa la verdad de los números, ni han hablado con rigor de las consecuencias de una hipotética separación. Y es que el nacionalismo, guste o no, es excluyente sectario e  insolidario.  En consecuencia, muy alejado del catalanismo.
Sea como sea, siempre he entendido el catalanismo político cómo un elemento regenerador e integrador, de ahí que me considere razonablemente catalanista. Por eso ahora, cuando surgen voceros secesionistas que apuntan sin rubor que la razón de ser  del catalanismo es la independencia, digo: por favor, paren el tren que yo me quedo aquí.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 29/02/16

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