13 d’abril 2015

BARCELONA, CIUDAD MESTIZA

Vista desde la lejanía Barcelona puede parecer la ciudad ideal. Un clima templado de inviernos suaves y cálidos veranos, ni grande ni pequeña, una gastronomía exquisita, una gran belleza urbana y una arquitectura modernista que es admirada en todo el mundo. Estos son los atributos que, entre otros, hacen de la ciudad uno de los principales polos de atracción mundial.
A día de hoy, Barcelona es una ciudad mestiza (sólo en el distrito de Ciutat Vella  hay más 50 nacionalidades distintas), de más de 1,5 millones de habitantes que vertebra un área metropolitana de 5, en una Cataluña de 7,5 millones de almas. Ciertamente, la relación entre Barcelona y Cataluña nunca fue fácil, las desconfianzas y recelos mutuos han existido desde siempre. También justo es reconocer aquí el empeño que puso en ello Jordi Pujol en agrandar esa herida porque facilitaba sus intereses. A modo de ejemplo baste con recordar la supresión de la entonces embrionaria Área Metropolitana de Barcelona por presuponer que sería un posible contrapoder.
Para comprender Barcelona, hay que conocer algo de su historia, al menos de los últimos 100 años. La ciudad incendiaria de 1909 y los motivos que llevaron a la Semana Trágica. La Barcelona frívola y canallesca de la primera Guerra Mundial. La ciudad ácrata. Después la Barcelona famélica y una de las cunas del estraperlo de los años cuarenta. La ciudad sucia y gris del alcalde  Porcioles. Más tarde, en los años setenta, la urbe repleta de pintores, literatos y  músicos, hasta llegar a la Barcelona que en 1992 se convierte en la gran ciudad olímpica que se proyecta al mundo.
Desde entonces, la urbe ha experimentado grandes transformaciones: se abrió al mar, ha puesto en valor buena parte de sus fachadas, ha llenado las calles de turistas, de motos y después de bicicletas. Dice proteger el comercio tradicional, pero las políticas municipales no dejan de machacar al tendero de siempre. Simultáneamente,  está viviendo una gran metamorfosis, las desigualdades han crecido de forma exponencial y lo peor: no se ve que esa tendencia vaya a amainar, todo lo contrario. El alcalde de los últimos cuatro años o está desaparecido o cuando aparece  se pone al servicio de los grandes y poderosos, como es el caso de la reforma de la Diagonal o la Marina del Port Vell, y mientras, según informes del propio ayuntamiento, las desigualdades siguen creciendo en la ciudad. Así por ejemplo: las personas que viven en el distrito más rico (Sarrià-Sant Gervasi)  disponen de una renta más de tres veces superior a la que disponen los que viven en Nou Barris, el distrito más pobre. Es decir, si la base es 100, la disponibilidad en Sarrià es de 185,5, mientras que en Nou Barris la renta disponible está en el 65,24. Por su parte, las estadísticas del departamento de salud nos dicen que aquellos que viven en las zonas más pobres tienen una esperanza de vida inferior en 8-10 años a los que viven en zonas acaudaladas.
La Barcelona de éxito, de los grandes eventos como las carreras de  Fórmula uno o el congreso de telefonía móvil, coexiste con la Barcelona marginal, paupérrima y desarraigada que la oficialidad silencia.  
Ante esta situación, la pregunta es obvia: ¿qué hace el ayuntamiento de la ciudad para mitigar esta situación de desigualdad? La respuesta, lamentablemente, también lo es: nada.
Es verdad que ese estado de cosas no es una consecuencia exclusiva  de las políticas del consistorio. Ahí juegan diversos factores. Algunos de los cambios legislativos introducidos con la crisis como excusa,  han contribuido a acentuar esos desequilibrios.   La reforma laboral, sin ir más lejos, no sólo no ha reducido la dualidad del mercado laboral, sino que ha aumentado la precariedad y la temporalidad, y esa situación se ensaña de manera especial en las zonas más deprimidas.
También la oferta turística de la ciudad que, convenientemente tratada, puede resultar algo muy positivo para cualquier lugar, aquí se ha convertido en un monocultivo que ofrece ocupación temporal a sueldos bajos y lo peor: es una burbuja que en cualquier momento puede estallar, como sucedió con otras de infausto recuerdo.
Por otra parte, se han dejado de visualizar los potentísimos lazos que ligaban a la ciudad con la cultura en castellano, la cultura española y la latinoamericana en general. La Barcelona institucional se empeña en ocultar una realidad que nos debería enorgullecer y  se debería potenciar, pero, a día de hoy, todo lo que no sea de la “ceba” parece que no existe.
Con este panorama de fondo, dentro de pocas semanas seremos llamados a las urnas, entonces podremos decidir quién va regir el  futuro de la ciudad en los próximos cuatro años.  Tendremos, básicamente, tres opciones: votar a aquellos que están llevando el carro por el pedregal. Arriesgarnos a aventuras con gente que quizás tenga buenas intenciones, pero que carecen de las mínimas credenciales y experiencia exigibles para gestionar algo tan complejo como el Ayuntamiento de Barcelona. O, por el contrario,  apostar por aquellos que desde la socialdemocracia, y pensando en una ciudad inclusiva, han hecho, de la justicia social, la igualdad de oportunidades y el Estado del bienestar, el eje vertebrador de sus políticas. No hay mucho más donde escoger.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 12/04/15

08 d’abril 2015

PENSIONES, VIENTOS Y TEMPESTADES

Admito que, como futuro pensionista, estoy seriamente preocupado por lo que pueda suceder el día que me corresponda cobrar la pensión de jubilación por la que he cotizado durante toda mi vida laboral.
Cuando el gobierno Zapatero hizo su reforma del sistema público de             pensiones, fruncí el ceño, aquella reforma iba en contra de mis intereses, pero entendí que, como un mal menor, era necesaria para garantizar la sostenibilidad del sistema.
Después, cuando Mariano Rajoy dijo hasta la saciedad que lo último que tocaría serían las pensiones, respiré tranquilo, al fin hay un político que se preocupa de la gente, pensé. ¡Santa inocencia! A Rajoy le faltó tiempo para incumplir su promesa -también ésta, como muchas otras-,  y meter la tijera en el ya castigado sistema público de pensiones.
El sentido común dice que las reformas, para ser legítimas, han de estar basadas en la justicia. En el caso de las pensiones lo lógico sería repartir las cargas de forma equitativa entre jóvenes y mayores. Sin embargo, la reforma llevada a cabo por el gobierno de Rajoy no tuvo en cuenta ni éste ni otros principios y, en cambio, si tuvo un eje vertebrador claro: debilitar el carácter público del sistema y reducir la cuantía de las pensiones contributivas para favorecer el campo de acción de los fondos privados de pensiones.
A finales de 2011 el fondo de reserva de la Seguridad Social estaba por encima de los 66.000 mil millones de euros. Ahora, según el  informe anual que entregó, en el mes de marzo, al Congreso la ministra de Empleo Fátima Báñez,  ese fondo no llega a los  42.000 millones. O sea que en tres años se ha volatilizado el 37 %. Si bien es cierto que ese fondo se creó para utilizarlo cuando hubiera déficit estructural, también es verdad que se marcó un tope de 3.000 millones al año como máximo que el ejecutivo ha incumplido sistemáticamente.
Con este panorama, es evidente que, si esto no cambia pronto, vamos a ser muchos los que no nos podamos jubilar y deberemos seguir en el tajo mientras el cuerpo aguante.
Por tanto, con situaciones como la descrita no son de extrañar varapalos como el de Andalucía y otros que están por llegar. Todos recordamos aquel adagio que dice: quien siembra vientos recoge tempestades. Luego que no se extrañen.

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 08/04/15