27 d’abril 2014

RECUPERACIÓN Y PRECARIEDAD LABORAL

Parece que esto va en serio. De forma tímida y muy poco a poco, estamos saliendo de la crisis. Los indicadores macroeconómicos –esos que son como un dios infalible para políticos y economistas- nos dicen que la economía española empezará a reducir paulatinamente el desempleo en 2014. Al menos, los datos de paro registrados en las últimas semanas así lo indican, como, también, lo indican las afiliaciones a la Seguridad Social. Todo a punta a que la recesión más larga sufrida después de la Segunda Guerra Mundial está llegando a su fin.


De todos modos, no hay que esperar milagros y para que la tasa de paro baje sustancialmente del 26%, deberían ocurrir más de uno. Asimismo, tampoco la calidad del empleo creado nos permite albergar muchas esperanzas respecto al aumento de la confianza de las familias, ni hace esperar una pronta recuperación del consumo, ni una reducción razonable del endeudamiento familiar. Hemos de tener claro que la recuperación deparará más empleo si, pero más precario y más trabajadores autónomos.

Antes de la reforma laboral la excesiva temporalidad ponía de manifiesto la volatilidad de nuestro mercado de trabajo. Ahora, con la reforma del Gobierno de Mariano Rajoy, la precariedad se está convirtiendo en norma. Además está permitiendo que las empresas flexibilicen aún más sus plantillas. De forma simultánea, las rentas salariales también han sufrido recortes en un contexto de permanente cautela, en el que las empresas renuncian a ampliar su capacidad, lo cual lleva implícito la renuncia a contratar mano de obra.

En estas circunstancias, cabría pensar que la contrapartida de la precarización del empleo podría ser un aumento de su ritmo de creación. Nada más lejos de la realidad, para que esto suceda el empresariado ha de percibir señales claras de recuperación de la demanda y que el crédito fluya. Y eso, hoy brilla por su ausencia. Que nadie se llame a engaño, sin generación de más ingresos por ventas y sin crédito para inversión, el empleo destruido a lo largo de la crisis se irá recuperando con suma lentitud. Para que se produzca un cambio de tendencia real y se empiecen a generar puestos de trabajo, es necesario un cambio significativo de las políticas económicas adoptadas en la eurozona y, por supuesto, también en España. Es una evidencia poco cuestionable la nula rentabilidad social de las políticas de austeridad puestas en práctica hasta la fecha. En cambio, merecen que, cuando menos, prestemos especial atención a los resultados más favorables que están logrando en EE UU o Reino Unido, con iniciativas económicas notoriamente distintas.

En nuestro país, la creación de empleo no sólo es lenta, es que, además, la mayoría de los puestos de trabajo creados son en precario. Y eso afecta de modo muy directo a los jóvenes, a la vez que erosiona el crecimiento potencial de la economía. Esos jóvenes que curiosamente son la generación mejor preparada de nuestra historia, son, también, de las generaciones más castigadas como mano de obra. O sea, un capital humano sin utilizar, con frecuencia decepcionado ante el futuro que les espera y candidatos voluntarios o forzados a la emigración. Todo eso, sin tener en cuenta lo que nos supone como país: invertir para que la gente se forme y después o queden arrinconados o tengan que marchar para poner en práctica sus conocimientos.

No obstante, no se pueden negar las evidencias y es cierto que la reforma y el abaratamiento del trabajo pueden facilitar la creación de empleo. Ahora bien, mientras el consumo interno no se recupere no se podrá hablar de auténtica recuperación. La creación de empleo la siguen originando las empresas medianas y pequeñas (pymes y micros) cuyo mercado es el nacional. Y ahí la situación financiera está al borde del colapso. Si no se marcan pautas claras para que crédito fluya de forma razonable y el empresariado puede acceder a la financiación para reflotar empresas la recuperación no se producirá, y entonces estaremos perdidos.

Ciertamente, parece que las cosas se van moviendo, aunque, eso sí, de forma lenta y a costa de un destrozo social brutal y quizá irreversible. La brecha entre pobres y ricos cada vez es mayor y no parece que hayamos aprendido nada de la crisis. Seguimos repitiendo los mismos errores y la recuperación está cogida con alfileres. Pero, sea como fuere, nos merecemos cierto regocijo. Necesitamos esperanzas y algunas alegrías, aunque sean modestas, y es justo un suspiro de alivio.

De todos modos, este tibio avance está llegando cuando miles de ciudadanos andan ya con el agua al cuello. Cuando han perdido sus casas hipotecadas, se han comido todos sus ahorros, después, los ahorros de sus progenitores, y ahora están a punto de ser desalojados de sus pisos alquilados.

En consecuencia, es una irresponsabilidad pensar que todo está hecho viendo la tenue evolución que experimenta el mercado de trabajo. Ahora bien, teniendo en cuenta los durísimos tiempos de los que venimos, necesitamos ser razonablemente optimistas. A pesar de todo, hay margen para la esperanza.



Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 01/04/14