17 de gener 2013

LA IDENTIDAD PERDIDA (I)

Introducción


La seria derrota encajada por los socialistas catalanes en las elecciones al parlamento de Cataluña del pasado 25-N, ha sido, hasta el momento, el último varapalo que ha sufrido el socialismo en España. De hecho, esta derrota se inscribe en una larga serie de reveses que se iniciaron en las autonómicas de 2010 y prosiguieron en las municipales y legislativas de 2011.

En poco más de dos años el PSC ha dejado de formar parte del Gobierno de España, presidir el de la Generalitat de Cataluña, la Diputación de Barcelona y ha perdido, entre otras, las alcaldías de Girona y Barcelona. Por si eso fuera poco, ha pasado a ser la tercera fuerza en el parlamento catalán y la cuarta en la ciudad de Barcelona, a menos de dos mil votos de la quinta.

Con este panorama de fondo, no es de extrañar que los socialistas catalanes estén despistados y deprimidos. De todos modos, conviene clarificar que la caída del PSC ha llegado bastante más tarde que la del PSOE en otros territorios de España. Así por ejemplo, los socialistas perdieron las legislativas en Madrid en 1986 y allí no se ha vuelto a ganar. Se perdió la alcaldía de la capital del reino en 1989 y no ha vuelto a haber alcalde socialista en Madrid, ni presidente de izquierdas en esa comunidad desde 1991. Un análisis similar se podría hacer de la situación de los socialistas en la Comunidad Valenciana, por no hablar de los resultados obtenidos con Alfredo Pérez Rubalcaba al frente del partido en las elecciones generales de 2011, que han sido los peores desde la Transición.

Por tanto, si queremos hacer un análisis medianamente riguroso de la debacle del socialismo, no lo podemos hacer tan solo desde el punto de vista catalán, sino que hemos de tener muy en cuenta la situación de los herederos de Pablo Iglesias en el conjunto de España y, también, de los momentos que está viviendo la socialdemocracia en el conjunto de Europa. Y todo ello, sin detraer ni un ápice de las posibles responsabilidades que puedan corresponder a los dirigentes del PSC, pero a cada cual lo suyo.


Hegemonía de las derechas.

La crisis económica ha ido de perlas a las derechas para perder la timidez, descararse y hacer ideología reorientando a la sociedad con criterios nítidamente conservadores. En estos momentos de extremada escasez presupuestaria, es relativamente fácil redirigir las políticas, arguyendo la falta de medios, para privatizar derechos tan inherentes al Estado del bienestar como la sanidad, la educación o los servicios sociales.

También los derechos civiles que tienen que ver con la igualdad de género están en retroceso, como lo están los de las mujeres a decidir libremente sobre su embarazo. De esta reorientación no se salva el matrimonio homosexual, ni los derechos de los inmigrantes, ni de los trabajadores e, incluso, se intenta cuestionar la capacidad de los sindicatos para negociar. Por si todo esto fuera poco, en breve se presentará una reforma del Código Penal que, sin duda, será autoritaria y represiva y que, a buen seguro, pondrá en tela de juicio algunos derechos fundamentales, como ya se ha hecho con las nuevas tasas judiciales.

Por otra parte, los nacionalistas catalanes (tan derechas como los otros. al menos en materia económica) han visto en la crisis la ocasión para poner en marcha un proceso de secesión que no ha de aportar ningún beneficio a la inmensa mayoría de los ciudadanos. Y para rematar la faena, desde el Gobierno central se está llevando a cabo una campaña re centralizadora de las competencias autonómicas sin el más mínimo espíritu de dialogo y, desde luego, sin interés por el consenso, olvidando, una vez más, que las comunidades autónomas son Estado.


La sociedad actual

Hace ya tiempo, tal vez demasiado, que una parte de las clases medias ha dejado de considerar útil a la clase política. Razones no faltan: una política fiscal que hace recaer la carga sobre la renta del trabajo, de forma especialmente dura sobre los empelados públicos y los asalariados cualificados por cuenta ajena, sin que éstos tengan la percepción de ser los beneficiarios de las políticas sociales. Pero, a la vez, se detecta que las grandes empresas y las grandes fortunas disponen de diversas fórmulas para “burlar de forma legal” la presión impositiva.

En el ámbito de las clases más populares los motivos para el desafecto también son múltiples. El acceso al trabajo o a los servicios públicos se entiende, muchas veces, como una usurpación de derechos por parte de los ciudadanos llegados de otras latitudes, y si la convivencia en esos espacios sociales nunca es fácil, cuando la crisis golpea como sucede ahora, la situación puede convertirse en dramática. En esas circunstancias que el populismo y la xenofobia arraiguen es cuestión de tiempo. Pues bien, ante la situación descrita, la socialdemocracia está muda y, por el contrario, a la derecha le cuesta muy poco articular un discurso demagógico y simplista.

Con este panorama de fondo, no nos debe extrañar que la gente, incluso muchos de los que han votado siempre, pierda de forma progresiva la confianza en los partidos y sus dirigentes. De ahí que los grandes partidos, tanto socialdemócratas como conservadores, pierdan sucesivamente peso específico. No obstante, quien se lleva la palma en este descalabro, sin ninguna duda, es la izquierda. Valga como ejemplo el caso del PSC que ya lleva diversos procesos electorales perdiendo soportes de forma continua.

Es en ese contexto como hemos de entender la eclosión de organizaciones anti sistema, como por ejemplo la CUP. Además, la dispersión de voto, con respecto a épocas pasadas, es un hecho, más allá de quien gobierne en cada momento. Todo esto significa que evolucionamos hacia escenarios políticos cada vez más fragmentados y esa fragmentación corre a cargo, básicamente, de la izquierda. Y todo esto, sin dejar de tener en cuenta otros factores como pueden ser liderazgos poco carismáticos o el propio desgaste que produce gobernar, más, si es, como en los últimos tiempos, es épocas difíciles.

En este contexto, el socialismo en general y el catalán en particular ha ido perdiendo gran parte del soporte popular que le había convertido en fuerza política hegemónica. Y de seguir así, los socialistas corren el riesgo de convertirse en una fuerza sin relevancia. Pero eso, con el permiso de los amables lectores, lo analizaremos en próximas entregas.



Bernardo Fernández

Publicado en La Voz de Barcelona 14/01/13