29 de maig 2018

POLÍTICA CON MAYÚSCULAS


En el Partido Popular no ganan para sustos. Aún no habían acabado de encajar la patada en salva sea la parte que les supuso el caso Cristina Cifuentes, con su no máster y sus cremas, y saltaba la noticia que el, en tiempos pasados, todopoderoso Eduardo Zaplana había sido detenido por la Guardia Civil por blanqueo de capitales y delito fiscal. La justicia llevaba tiempo investigando al que fuera ministro con José María Aznar, por repatriar más de 10 millones de euros que supuestamente cobró mediante sobornos en su etapa de presidente de la Generalitat valenciana (1995-2002), y que había ocultado en Panamá.
Los dirigentes del partido no tardaron en salir diciendo que Zaplana hacía años que no tenía responsabilidades en el partido y que las supuestas irregularidades eran lejanas en el tiempo. A las pocas horas, los populares sacaban pecho porque con la inestimable ayuda del PNV, además de Ciudadanos y los dos partidos canarios, se aprobaban los presupuestos generales para 2018 y eso les daba un balón de oxígeno que, en circunstancias normales, les debería servir para agotar la legislatura.
Sin embargo, en una sociedad como la nuestra los acontecimientos se suceden a velocidad de vértigo y la política no es una excepción. Al día siguiente de aprobarse las cuestas del Estado y cuando algunos aún lo estaban celebrando, saltó la noticia: La Audiencia Nacional hizo pública la sentencia del juicio central del caso Gürtel. En la misma, se condena a Francisco Correa a 51 años de cárcel como cabecilla de la trama y al extesorero del PP, Luís Bárcenas, a 33 años de prisión y a pagar una multa de más de 44 millones de euros. También a Rosalía Iglesias, mujer de Bárcenas, le han caído 15 años de cárcel y pagar 5,6 millones de euros. En resumen, de los 37 encausados, 29 han sido condenados.
Además, la exministra Ana Mato debe pagar una multa de más de 27.000 euros y al Partido Popular se le considera beneficiario de la trama y se le condena a pagar casi 300.000 euros.
Sin duda, una sentencia dura. Pero como dijo el exjuez Baltasar Garzón, los españoles podemos sentirnos orgullosos de nuestra justicia.
De todos modos, en la vertiente política que, evidentemente tiene el caso, lo que merece especial atención es que el tribunal considera que se creó una estructura financiera y contable paralela a la oficial al menos desde 1989.
Asimismo, los magistrados de la Sala de lo Penal afirman que comparten la visión de la Fiscalía, que cuestiona la veracidad de las declaraciones de Mariano Rajoy, Álvarez Cascos, Javier Arenas y Pío García Escudero. En lenguaje de la calle diríamos que esos señores mintieron como bellacos en sus declaraciones.
Así las cosas, el PSOE registró, el pasado viernes, una moción de censura de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy. Según el líder de los socialistas es una respuesta serena, firme, de Estado y constitucional para recuperar la dignidad.
Para que la iniciativa prospere son necesarios 176 votos, mayoría absoluta en el Congreso. Desde luego, esa moción de censura es oportuna y necesaria. No obstante, Pedro Sánchez, el candidato (no importa que no sea diputado, no lo exige la Constitución) lo tiene complicado. Si bien, sobre el papel existen dos opciones.
La primera, y a mi entender, la más razonable sería la suma del PSOE, Podemos y Ciudadanos, que supondrían 183 diputados. De hecho, esa fórmula ya se intentó en 2016, sin éxito, por el veto de Podemos al partido naranja.
Ahora, Ciudadanos ya ha anunciado que no dará soporte a la iniciativa de Sánchez porque la consideran “irresponsable” y proponen impulsar una conjunta con el único objetivo de convocar elecciones de forma inmediata. Se ve que las encuestas les son favorables. Además, puestos a dar lecciones a diestro y siniestro, el portavoz de Ciudadanos quiere sacar a Rajoy de su “inmovilismo” y a Sánchez de la “irresponsabilidad”. Sin comentarios.
La otra opción que permite la aritmética parlamentaria es la suma de los socialistas con Podemos y los nacionalistas. Ahora bien, si ya es muy difícil aglutinar las diversas sensibilidades e intereses de esos grupos, cohesionar esa sopa de letras en torno a un proyecto común, aunque sea por un tiempo determinado, se em antoja misión casi imposible.
Ahora es el momento de hacer política. Política con mayúsculas. No es admisible que un partido que está carcomido por la corrupción nos gobierne. Es necesario dialogar, negociar y pactar para echarlos ya. Así las cosas, veremos quien está a la altura de las circunstancias y a quien lo único que le importa es su chiringuito o el campanario de su pueblo que, para el caso, viene a ser lo mismo.

Bernardo Fernández
Publicado en e.notícies 28/05/18



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