20 de febrer 2018

LA INMERSIÓN NO ES EL PROBLEMA


El catalán, al igual que otras muchas cosas, fue duramente reprimido por la dictadura franquista en sus casi cuarenta años de existencia. Además de eso, se da la circunstancia de que al ser una lengua minoritaria debe ser tratada con especial delicadeza para que no quede en algo puramente anecdótico.
Así lo entendieron las fuerzas de izquierda (PSC y PSUC) en los comienzos de nuestra democracia, de tal manera que esa inquietud quedó plasmada en la ley de normalización lingüística que se aprobó en el Paralament de Cataluña en 1983. CiU que, en principio era partidaria de una doble red escolar (educar en catalán y castellano, por separado), acabó sumándose al acuerdo, logrando de ese modo un amplio consenso sobre el particular.
Ahora, con el artículo 155 en vigor, el Gobierno que preside Mariano Rajoy quiere acabar con la inmersión lingüística en Cataluña. Craso error. De hacerlo, la máquina de fabricar independentistas se pondría de nuevo en marcha a pleno rendimiento. La aplicación de ese artículo tiene sentido si es para recomponer el autogobierno, dentro de la legalidad, y que el día a día se desarrolle sin sobresaltos ni lagunas de poder. Nada más.
En esas circunstancias, declaraciones de personajes como el presidente de Aragón, Javier Lambán, que sostiene que el español está siendo legalmente maltratado en Cataluña, son sencillamente inadmisibles. Haría bien Lambán en preocuparse de resolver los problemas de sus conciudadanos, que bastantes tienen, y dejar que sus vecinos arreglen los suyos. Los problemas de Cataluña se resuelven en Cataluña.
Otra cosa es que, en una sociedad con dos lenguas oficiales, como es la catalana, los ciudadanos que así lo decidan tengan todo el derecho a recibir, o que sus hijos reciban, la educación en una de las dos lenguas o, en su defecto, que la enseñanza en una de ellas sea reforzada para que la utilización de ambas a lo largo de la formación pueda equiparlas. Pero, para que eso sea posible, habrá que echar mano, una vez más, de la voluntad política para hacer las cosas con sentido común. Sentido que, por cierto, últimamente se echa mucho a faltar.
La inmersión no es el problema. El problema es el adoctrinamiento que se hace de forma más o menos ocasional en determinados lugares, ya sean docentes o recreativos. No hace falta ir demasiado lejos ni en el tiempo ni en el espacio para encontrar ejemplos que subrayan mis afirmaciones.
Días atrás, en un centro educativo de Vilabareix (Girona) los niños celebraban el carnaval disfrazados con pañuelos amarillos y papeletas del 1-O, mientras el discurso carnavalesco leído por un niño decía: “El Estado no sirve para presidir. Ni tampoco para investir. A la Soraya la nombran presidenta y Puigdemont no lo acepta. Rajoy convoca elecciones y García Albiol saca cuatro escaños. El independentismo gana (…) Dicen que adoctrinamos y que castellano no hablamos, pero esto no es verdad, porque aprendemos todas las lenguas". Y continuaba: "El Rey de España saluda el día de Navidad, en un discurso que siempre acaba y comienza igual…"
En algunos lugares, se explica que en 1714 hubo una guerra de secesión y no de sucesión, como realmente fue. Incluso se ha llegado a decir que la primavera versión de El Quijote fue en catalán o que Cristóbal Colón era nacido en Cataluña.
Todo esto que, de si fueran hechos esporádicos, no dejarían de ser anécdotas malas, pero anécdotas, empieza a ser terreno abonado para que la brecha que parecía superada, no sólo se haya reabierto, sino que se agrande de manera peligrosa estableciendo castas de buenos y malos catalanes.
Estamos a tiempo de evitar que todo este disparate vaya a más, pero para eso la condición sine qua non es que tengamos un gobierno que efectivo que gobierne y tome decisiones. Después, llegará el momento de los debates, de los acuerdos y de los pactos, si procede. Para solventar nuestros problemas nos bastamos y sobramos los de aquí.


Bernardo Fernández
Publicado en e-notícies 19/02/18


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