27 de gener 2018

ROGER TORRENT Y SUS DECISIONES

La XII legislatura del Parlament de Cataluña inició la semana pasada su andadura de una forma razonablemente aceptable. Bien es verdad que los independentistas impusieron su Mesa de la Cámara   en la que ellos tienen cuatro representantes por tres el resto de formaciones. Pero eso, está dentro de la lógica que permite la aritmética parlamentaria.
La sesión inaugural se abrió con el discurso del presidente de la Mesa de Edad, Ernest Maragall, de 75 años, diputado por ERC que, con su intervención muy alejada de la neutralidad institucional, puso de manifiesto como no se deben hacer las cosas cuando se preside, aunque sea de forma circunstancial, una institución que es de todos. Absolutamente de todos los ciudadanos, tengan el credo político que tengan.
Con sus palabras Maragall puso de manifiesto que existen políticos que viven en mundos paralelos. Según él, el Estado “solo sabe humillar y castigar” y, en su opinión, Puigdemont sigue siendo el presidente legítimo. Antes estas afirmaciones, está de más cualquier comentario sobre el que fuera el consejero de la Generalitat con más huelgas y manifestaciones en contra, de la historia reciente.
Muy distinto fue el discurso del nuevo presidente, Roger Torrent. Hombre, también, de ERC, pero que mostró otros modos y otras maneras. Torrent dijo que los diputados representan una Cataluña plural de “identidades cruzadas” y habló de “coser la sociedad catalana”. Curioso porque la fractura ha sido generada por un procés que lideraron las gentes de Esquerra y los postconvergentes con el soporte imprescindible de los antisistema de la CUP.
Más vale tarde que nunca dice el refrán popular. De todas formas, cuesta creer que un destacado independentista quiera restituir aquello que se pulverizó en los dos últimos años. Esto es, la normalidad de la vida institucional y que en el Hemiciclo del Parc de la Ciutadella se recupere el dialogo y el respeto a las minorías sin pasarles el rodillo como se ha hecho de manera reiterada en los últimos tiempos y de forma muy especial los días 6 y 7 de septiembre pasado.
Con su elección, a Roger Torrent le han situado en un cruce de caminos. Puede optar por poner fin a la excepcionalidad política que estamos viviendo en Cataluña e impulsar la vuelta a la normalidad y a la legalidad democrática. O bien, puede optar por seguir por las trochas de la vía unilateral de la anterior legislatura, bordeando los barrancos de la ilegalidad, la desobediencia y asomarse a los abismos del enfrentamiento.
Sea cual sea su planteamiento, pronto saldremos de dudas. Tras la preceptiva ronda de consultas con los diferentes grupos parlamentarios y a tenor de los resultados del 21 D, muy pronto deberá proponer la investidura de un candidato que cuente con el consenso suficiente para encabezar el Govern de la Generalitat.
Ciertamente, tarea nada fácil por el empecinamiento de JxCat de que sea Carles Puigdemont el próximo president. Dada la situación, si Roger Torrent optara por proponer al huido Puigdemont utilizando cualquier añagaza, ya sea reformado el reglamento de la Cámara o permitiera la investidura telemática, volveríamos a los días aciagos de septiembre y octubre pasados. Ni los partidos de la oposición aceptarían, ni el Gobierno central se quedaría de brazos cruzados. De inmediato sería presentado un recurso de inconstitucionalidad y el 155 se aplicaría, si cabe, con más contundencia. Con toda probabilidad se disolvería el Parlament, el nuevo ejecutivo ni se llegaría a nombrar y unas nuevas elecciones quedarían aparcadas sine die
En cualquier caso, a estas alturas, quien más, quien menos es consciente de que el procés como lo hemos padecido hasta ahora está finiquitado. Sin embargo, sería ilusorio pensar que esto se ha acabado. En absoluto. Lo más probable es que los secesionistas se retiren, de momento, a sus cuarteles de invierno, pero continuarán con una labor de zapa, con buenas formas y gestos más amables para seguir ganando adeptos y ensanchar su base social hasta estar en disposición de plantear una nueva batalla y ganarla.
Así las cosas, dependerá de la inteligencia política que tengan el Gobierno central y los partidos constitucionalistas para llevar a cabo las reformas necesarias que hagan ver al conjunto de la ciudadanía que estar juntos merece la pena. No se trata de hacer concesiones y ceder a las coacciones. Se trata de poner al día lo que con el paso del tiempo haya podido quedar obsoleto. Es una cuestión de justicia, equidad y coherencia política, no de debilidad ante los chantajes.
De todos modos, hemos de ser conscientes de que, se haga lo que se haga, siempre habrá gente dispuesta a echar el carro por el pedregal. Pero si se les quitan argumentos irán disminuyendo y cuantos menos sean mejor.

Bernardo Fernández

Publicado en e-notícies 22(01/18

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