18 de març 2015

UN COMISARIO COMO SÍNTOMA

En este país la mayoría  de ciudadanos debemos hacer malabarismos y martingalas invertidas para llegar a fin de mes y sacar la familia adelante. Por si eso fuera poco, día sí, día también nos desayunamos con corruptelas, capitalismo de amiguetes y otras bagatelas varias. Un día es la trama Gürtel, otro los ERE de Andalucía, o los cursos de formación, el caso Palau, el caso Pujol, el caso Nos, el caso Palma Arena o las tarjetas black, y si no un apartamento de casi 300 metros cuadrados que un político compró a precio de saldo no sé dónde.  La cuestión es que la corrupción en España se ha convertido en sistémica, está en todos los ámbitos del poder  y afecta a todas las instituciones.
Además de todo eso, con la excusa de la crisis, la ciudadanía ha de soportar recortes en sanidad, educación, servicios sociales, dependencia y en todo aquello que caracteriza el Estado del bienestar. Simultáneamente, nos suben los servicios básicos como la electricidad, el agua o el gas porque, según dicen,   hay que enjugar los déficits que tienen las grandes empresas que nos proveen de esos servicios, como si los hubiéramos ocasionado nosotros con una gestión deficiente.
En este contexto, el penúltimo affaire que ha saltado a la palestra es el caso de un individuo llamado Villarejo, comisario de policía para más señas. Resulta que el personaje en cuestión compagina, con el beneplácito de sus superiores, su tarea de policía con la gestión empresarial. Es administrador único o presidente en 12 sociedades que acumulan un capital social superior a los 16 millones de euros, según consta en el registro Mercantil. Incluso llegó a tener una sociedad en un paraíso fiscal durante una docena de años.
Villarejo se autocalifica como “agente encubierto”. Según parece  es aficionado a estar en todas las salsas. Implicado en la elaboración de un informe contra el juez Baltasar Garzón. Condecorado en 2014 con la medalla al mérito policial, y, como no, relacionado con el pequeño Nicolás.
De hecho, este comisario no es más que un síntoma, pero proyecta una idea bastante ajustada del estado catatónico en el que está nuestra sociedad. En estas circunstancias,  o se le da la vuelta a la situación como a un calcetín o esto se nos va de las manos y nadie lo va a poder arreglar. Después nos lamentaremos. 

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 18/03/15