13 de gener 2026

VOLVER A LOS ORÍGENES


 El 2 de mayo de 1879, un grupo de unas 25 personas de orígenes muy diversos se reunió en el bar restaurante Casa Labra de Madrid para fundar el Partido Socialista Obrero Español.

Son pues, casi 150 años de existencia y, como es fácil suponer, en ese tiempo, en el PSOE las han visto de todos los colores. No obstante, ha existido un hilo conductor que, a mi modo de ver, con todas las luces y sombras que se quiera, ha permitido que la organización llegue hasta nuestros días en plenas facultades y es que cómo se dice en el documento fundacional: “el partido es una  organización política de la clase trabajadora y de los hombres y mujeres que luchan contra todo tipo de explotación, aspirando a transformar la sociedad para convertirla en una sociedad libre, igualitaria, solidaria y en paz que lucha por el progreso de los pueblos”.

Con el paso de los años, el partido se fue consolidando y tanto en la Segunda República como durante la Guerra Civil, aunque con fuertes turbulencias internas, desarrolló un rol fundamental, pero al llegar la dictadura fue brutalmente reprimido. Sin embargo, al recuperarse la democracia en nuestro país, y desde la Transición, ha estado siempre en el núcleo duro de todas las transformaciones que han convertido a España en una de las democracias liberales más avanzadas del mundo y con un Estado del bienestar de los más desarrollados.

En 2018, el secretario general, Pedro Sánchez, presentó y ganó una moción de censura que permitió a los socialistas volver al Gobierno de España. Desde entonces, con diversas variantes, el PSOE es el socio mayoritario y eje vertebrador de los sucesivos gobiernos que se han conformado en los últimos 7 años con otros partidos de izquierdas.

En ese tiempo, se han puesto en marcha más medidas de ayuda y desarrollo social que nunca antes había llevado a cabo ningún otro ejecutivo. Además de tener que afrontar más situaciones anómalas que cualquier otra Administración; basta con recordar, a modo de ejemplo, la pandemia de la Covid 19, el volcán de la Palma, la invasión de Ucrania o el genocidio de Gaza. Algunos de estos factores dispararon la inflación de forma alarmante por lo que el Gobierno tuvo que actuar de forma quirúrgica para evitar males mayores. Quién no recuerda la excepcionalidad ibérica en materia energética, los 20 céntimos de ayuda por litro de combustible durante nueve meses, o la subvención al transporte público que aún está en vigor, entre otras iniciativas.

Por otra parte, el paro ha sido siempre el talón de Aquiles de todos los gobiernos y, sin embargo, ahora, rozamos los 22 millones de afiliados a la Seguridad Social. Además ha disminuido de forma drástica la precariedad en el empleo, desde que se aprobó la reforma del mercado laboral.

El país, en términos macroeconómicos, va como un tiro y llevamos tiempo siendo la economía que más crece de la zona euro. El Financial Times dedicó semanas atrás un elogioso editorial a nuestra economía calificándola como la “más destacada” de Europa. Pero es que en septiembre, las grandes agencias de calificación de riesgos, como S&P, Fitch y Moody’s, que ponen nota a los países en función de su capacidad para pagar su deuda, elevaron la calificación a la letra A, zona noble en la que no estábamos desde la debacle inmobiliaria. Aunque es justo reconocer que esa bonanza no acaba de trasladarse a la vida cotidiana de los ciudadanos.

España es respetada y escuchada en Europa y en los foros internacionales en los que participa, mientras que el Gobierno de Pedro Sánchez es uno de los últimos bastiones de la socialdemocracia que se mantienen en pie.

En este contexto, ante la incapacidad manifiesta de la oposición para tejer una alternativa sólida y creíble, la derecha, los posfranquistas y una parte de la alta judicatura han optado por oponerse a este Gobierno por tierra, mar y aire hasta derribarlo con todos los medios que tienen a su alcance que no son pocos. En opinión de esos descerebrados, el fin justifica los medios. Por consiguiente, tanto les da que sus armas sean legítimas o no, la cuestión es poner fin a esta etapa de desarrollo y progreso social que estamos viviendo desde que tenemos un Ejecutivo de coalición y progresista.

Esa obsesión, casi enfermiza, por derribar a un gobierno por el mero hecho de ser de izquierdas, es muy probable que hubiera embarrancado de no ser porque en el PSOE han aflorado unos casos de presunta corrupción y acoso sexual protagonizados por unos individuos muy preminentes dentro de la organización que, no solo han defraudado la confianza que en ellos se depositó, también han hecho dejación de sus responsabilidades y, lo que es peor: unos han metido la mano en la caja de los dineros públicos, mientras que otros, abusando de sus cargos, han querido obtener favores sexuales de sus subordinadas; y, claro está, con esas actitudes han hecho jaque a la continuidad del proyecto.

Ante esta grave situación, se impone hacer un réset y volver a los orígenes recuperando el espíritu de aquellos hombres que se reunieron en Casa Labra.

Cada organización es muy libre de imponer a sus afiliados aquellas normas de conducta que considere oportunas y militar en un partido político es un acto totalmente libre y, en consecuencia, se debe ser consciente y saber a lo que uno se compromete. Por consiguiente, no estaría de más que el partido socialista exigiera a sus militantes, en especial a aquellos que tienen responsabilidades orgánicas y/o públicas que, además de hacer suyos los postulados de Pablo Iglesias y sus compañeros de viaje ideológico que vivan con honestidad, que intervengan rectamente en la vida política y que no busquen el beneficio propio a costa del perjuicio ajeno.

Ser socio de una entidad, pongamos por caso, deportiva, es algo totalmente respetable (faltaría más), pero no es lo mismo que militar en el partido socialista que debería entenderse como una filosofía de vida y eso implica aceptar unas fórmulas de proceder determinadas. Por lo tanto, no es de recibo que se defiendan unos principios, pero llegado el caso se practique justo lo contrario. Decididamente, no.

 

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en Catalunya Press 12/01/2026

 

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