11 de juliol 2007

MORIR EN YEMEN


Eran gentes diversas de orígenes distintos, unos venían de Euskadi, otros vivían en Cataluña, pero tenían un denominador común, su pasión por saber y conocer. Por eso decidieron realizar unas vacaciones diferentes, lejos de las rutas convencionales, nada que ver con las propuestas estándar del sector. Sabían que corrían riegos, pero es que, al fin y al cabo, quien no arriesga no vive.

Miquel Essery era el guía y un poco el coordinador, socio fundador de la agencia organizadora del viaje y con un montón de años a sus espaldas viajando por esos mundos de Dios. Los que le conocían dicen que era un tipo afable y dicharachero, viajero empedernido que siempre que podía huía de los clichés turísticos de cartón piedra, para recalar en la realidad de los nativos y tomar un té, o lo que fuera, con las gentes del lugar.

También se nos ha quedado allí, para siempre; aunque hayan repatriado su cadáver Marta Borrel. Marta era una gerundense de 54 años que llevaba mucho tiempo soñado con ese viaje y pensaba que, por edad, el tiempo, para hacer realidad su sueño, se estaba acabando. Tuvo que hacer casi encaje de bolillos porque la designaron para ser miembro de un tribunal de oposiciones de enseñantes y las pruebas tienen lugar estos días. Su compañero sentimental, que aunque era de aficiones turísticas más clásicas, decidió dejar de lado sus inclinaciones y regalar a su pareja lo que sabía que era “el viaje de su vida” –nadie podía pensar que en realidad sería el de su muerte- ¡Qué sarcasmo!

Allí estaba también Begoña, una bilbaína que se ganaba la vida entre fogones y se paga sus viajes con el sueldo que se saca de hacer potajes y revueltos, que salió de estampida por una ventanilla del coche en que viajaba. Y estaba Julia Vilaró que pensó que le había explotado la cámara de fotos en las manos. Inocente. Y estaba… ¿qué más da? Ciudadanos anónimos que viajaron a Yemen porque querían conocer El reino de Saba o, quizás, una naturaleza diferente, con montañas escarpadas donde la gente se ha construido sus casas de adobe, o quien sabe si lo que querían era soñar con las impresionantes costas de Indico o el Mar Rojo.

A estas alturas, un grupo de especialistas en antiterrorismo de nuestra policía está colaborando con la policía yemení para encontrar a los culpables; de hecho, parece que ya se ha encontrado a uno que ha sido abatido cuando intentaba escapar. Eso está bien, que se investigue, se encuentre a los responsables y se haga justicia. Pero que nadie se confunda, el problema es mucho más de fondo, las raíces son muy profundas y, o bien se aborda la cuestión en toda su magnitud, o en occidente vamos a estar estigmatizados por mucho tiempo con la lacra del terror, que además es indiscriminado.

En cualquier caso, ellos no sabían de tácticas ni de estrategias y con toda seguridad no eran expertos en conflictos raciales ni étnicos y/o religiosos. Pero seguro que cada uno tenía un sueño, que a cada uno le movía una ilusión, lo que no sabían es que, desde que decidieron hacer ese viaje, tenían un denominador común: morir en Yemen.