22 de març 2006

Las alfombras de la memoria


El pasado mes de febrero el Congreso de los Diputados aprobó, con todos los votos a favor a excepción de los del PP, solicitar al Gobierno que presente una ley para la recuperación de la memoria histórica y resarcir así a las víctimas del franquismo. Como no podía ser de otra manera, el Gobierno recogió el guante y asumió el compromiso de presentar un proyecto de ley sobre el particular en este periodo de sesiones, es decir, antes del mes de julio.

Se trata, entre otras acciones, de llevar a cabo un reconocimiento moral de los represaliados por el franquismo y hacer que se explique en las escuelas la verdadera historia de la República y la del franquismo. Eso si, habrá que hacerlo con exquisito respeto hacia todas las sensibilidades. No hay porqué reabrir heridas ya cerradas. No se trata ni de revisar la transición ni de rescribir la historia. La cuestión es otra. Por una parte está la Guerra Civil y todo lo que ese acontecimiento supuso. Y por otra, tenemos los 40 años de dictadura con la represión que en ellos se ejerció. Todos sabemos que en ese tiempo Franco ya compensó a los suyos. Por eso, nos corresponde ahora sacar a la luz lo que sucedió para hacer un acto de pura justicia.

Es cierto que este país un día decidió hacer el tránsito de la dictadura a la democracia sin levantar las alfombras de la memoria. Tal vez ésta fue una de las decisiones más inteligentes de todas las posibles. Ahora bien, han transcurrido ya casi 30 años y empieza a ser la hora de poner las cosas en su sitio sin ningún afán de venganza, pero si con un inequívoco anhelo de equidad y de reparación moral.

En Alemania tuvieron que transcurrir más de 25 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial para poder hacer la revisión del nazismo. Un tiempo similar esperaron los franceses pera revisar las colaboraciones de muchos ciudadanos con los nazis. Es ahora cuando nuestra sociedad puede empezar a mirar sin miedo, pero con respeto, atrás para revisar nuestro pasado reciente.

No olvidemos que la memoria colectiva no es algo fortuito o casual. Más bien es la consecuencia de una labor trabajada, muchas veces en silencio en el imaginario popular, que tiene que ver con la moral y la ética. Por eso, de un tiempo hacia aquí en nuestro país se levantan voces que quieren saber que les sucedió, y como, a los que perdieron la guerra civil española y a los represaliados por el franquismo.

Son muchas las personas que mantienen vivo el recuerdo de aquellos amigos, de aquellos familiares que sufrieron represión con el régimen anterior. Pero si este sentimiento no va acompañado de una visión de conjunto y un reconocimiento más amplio se puede transformar en un recuerdo doloso sin ningún atenuante en el tiempo.

Primero fue por imperativo legal, después por pragmatismo político, pero la verdad es que a lo largo de más de 60 años se han estado escondiendo los sentimientos de algunos para favorecer una determinada convivencia.

El régimen franquista fue maestro en el desarrollo de una política concreta para favorecer una memoria, a la vez que se marginaba y demonizaba otra. Esto hizo que de forma lenta pero sistemática se fuera consolidando otra memoria distinta de la oficial que quedó fuera de los circuitos de la historia explicada. Ésta fue una de las razones por las que, con el retorno de la democracia, todo aquello que tenía que ver con la Guerra Civil se excluyera de forma tácita para otro momento, no en el cajón del olvido pero sí en el de los recuerdos.

Pero con el tiempo todo cambia. Hoy la sociedad es ya lo suficiente madura para aceptar sin traumas una revisión del pasado y, de este modo, colocar a cada uno en su lugar. A estas alturas todo el mundo tiene claro que no hace falta ni borrar nada ni despreciar a nadie para honrar a todos aquellos que han estado silenciados en los últimos 65 años. Dicho de otro modo, de la misma manera que en un tiempo han sido honrados “los caidos por Dios y por España” pueden y deben ser rehabilitados primero, y recordados después, los luchadores por las libertades y la democracia.

En diversos puntos de España hay diversas iniciativas en marcha para recuperar la memoria histórica. Eso está bien, pero hay que hacer más. Hay que detectar y abrir fosas que se hicieron en las cunetas de las carreteras o junto a las tapias de los cementerios. Hay que identificar los cadáveres que se encuentren con pruebas de ADN, si es necesario. Y todo esto, sin perder de vista los deportados en campos de extermino nazis.

En la medida en que la situación se vaya normalizando las familias ganarán en tranquilidad. La recuperación de la memoria histórica no puede ser un instrumento de odio, todo lo contrario. Es el reconocimiento de unos hechos. En el momento que las cosas se admitan tal y como sucedieron, de este modo nos podremos mirar los unos a los otros sin miedos y sin rencores.

Ha llegado el momento de hacer limpieza. Se hace necesario abrir puertas y ventanas para que entre el aire y la luz. Hay que levantar las alfombras para sacudir el polvo del olvido y limpiar las telas de araña del miedo que durante tanto tiempo se han almacenado en las conciencias. Ha llegado el momento de hacer a los muertos un lugar en la memoria de los vivos para que todos los que no están ahora sí, de verdad, descansen en paz.

Publicado en EL SIGLO