02 de març 2016

EL CATALANISMO POLÍTICO A EXAMEN

Los orígenes del catalanismo político se remontan a la primera mitad del siglo XIX e incluso antes. No obstante, es con el crecimiento de la oposición al modelo centralista del Estado liberal y con el desarrollo del movimiento conocido como la  Renaixença que el catalanismo empieza a tener carta de naturaleza.
Su afirmación como opción política adquiere impulso en el contexto del «desastre del 98».  Aquellas circunstancias fueron terreno abonado para el nacionalismo conservador representado por la Lliga Regionalista. Su irrupción en la escena política española se produce en 1907 con motivo del resonante triunfo electoral de las candidaturas de Solidaridad Catalana, El primer fruto de la presión de los catalanistas  sobre el gobierno central fue la creación en 1914 de la Mancomunidad de Cataluña, presidida por Enric Prat de la Riba..
Según el catedrático de derecho constitucional, ex senador y ex presidente del PSC, Isidre Molas, “durante más de un siglo el catalanismo político ha sido en España un factor capital de renovación, modernización, iniciativa y de libertad”.
Ciertamente, el catalanismo, entre otras cosas, siempre ha pretendido la regeneración democrática de España. A veces, incluso de manera sui generis. Así por ejemplo, tanto en abril de 1931, como en octubre de 1934, aprovechando el desconcierto reinante en el conjunto del Estado, se declara, en la primera ocasión, la República Catalana y, en la segunda, el Estado  Catalán dentro de la República Federal Española.
Sería inútil negar que dentro del catalanismo han existido siempre radicales e independentistas. No obstante, hasta hace bien poco habían sido sectores minoritarios. Es a partir de 2010 y como consecuencia de la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre l’Estatut que el secesionismo empieza a despegar de forma nítida. Para muchos, que tenían su soberanismo agazapado en espera de tiempos más propicios, esa sentencia fue la señal de que el Estado de las autonomías se había agotado y había llegado el momento de poner rumbo a Ítaca y crear un Estado propio. Si hiciéramos un listado de los personajes públicos que abrazaron esa idea, la misma resultaría interminable.
La situación política que se genera en Cataluña a partir de esa sentencia del TC  desentierra los peores fantasmas del pasado, y es caldo de cultivo para un estado de malestar generalizado, propicio para enconar, aún más, una situación política ya compleja de por sí. En ese contexto, los profetas del desastre aprovechan para crear un tótum revolútum donde se confunde catalanismo con nacionalismo y donde se quiere transitar del autogobierno a la soberanía plena sin el más mínimo respeto por las reglas establecidas.
Marina Subirats, socióloga y ex regidora del Ayuntamiento de Barcelona, opina que “se ha tensado mucho la cuerda en un sentido y eso ha provocado la reacción de los contrarios”.  No le falta razón a la ex edil; ahora bien, los del otro lado tampoco han sido un ejemplo de flexibilidad y voluntad de acuerdo. Para el ex diputado socialista y profesor de derecho constitucional Joan Marcet, el catalanismo “continua siendo transversal, porque todavía caben derecha e izquierda. Pero se ha dislocado. Los dos partidos de la izquierda tradicional han perdido peso significativamente”.
Es verdad que la cuestión independentista ha polarizado la atención política de la sociedad catalana. Sin embargo, persiste el paradigma catalanista básico, según el cual una mayoría sustancial considera que el actual conflicto con el resto de España, acabará con un pacto, mediante el cual se dotará a Cataluña de más autogobierno.
Los números son elocuentes: en el periodo que va de 1980 a 2015 el catalanismo ha perdido casi 10 puntos porcentuales. En las primeras elecciones al Parlament celebradas en 1980, los partidos autodenominados catalanistas recibieron el 78% de los votos, mientras que los no catalanistas se quedaban en un raquítico 15,6%. En las elecciones del pasado 27 de septiembre, los partidos catalanistas, independentistas incluidos, recibían el 69,3% de los votos y los abiertamente no catalanistas llegaban al 26,5%. Estos datos deberían hacer reflexionar a los líderes de los partidos y a los voceros que pretenden orientar la opinión pública.
Es una obviedad que el planteamiento plebiscitario de las últimas elecciones al Parlament redujo mucho las opciones y los matices quedaron para mejor ocasión. En cualquier caso, se ha puesto de manifiesto que aquel eslogan que hizo fortuna en los ochenta: “Cataluña un solo pueblo”, no es del todo cierto. Al menos, no lo es en el ámbito electoral. En ese espacio hay una división clara que en los últimos comicios favoreció netamente a Ciudadanos. En este contexto aquella aseveración de José María Aznar cuando dijo que “antes se romperá Cataluña que España”, adquiere ahora toda su dimensión.
Hace ya más de nueve años que el ex presidente a la Generalitat, José Momtila, advertía de la “desafección, la sensación de abandono y maltrato inversor sufrido por Cataluña.”  Aquellos polvos trajeron estos lodos y es evidente que esta situación ha generado una “tensión social latente” como apunta el politólogo Ucelay-Da.
De todos modos, en muchas ocasiones resulta difícil establecer la línea diferenciadora entre nacionalismo catalán y catalanismo, No obstante,  cuando hablamos de catalanismo y nacionalismo, deberíamos hacerlo  desde planteamientos políticos claros; hay que diferenciar entre los que quieren el máximo desarrollo competencial y de autogobierno de Cataluña dentro de una España diversa y plural, de aquellos que lo que pretenden es una Cataluña fuera de España. Ese planteamiento es legítimo, ciertamente, pero los que lo propugnan escamotean la verdad. A día de hoy, nadie ha puesto sobre la mesa la verdad de los números, ni han hablado con rigor de las consecuencias de una hipotética separación. Y es que el nacionalismo, guste o no, es excluyente sectario e  insolidario.  En consecuencia, muy alejado del catalanismo.
Sea como sea, siempre he entendido el catalanismo político cómo un elemento regenerador e integrador, de ahí que me considere razonablemente catalanista. Por eso ahora, cuando surgen voceros secesionistas que apuntan sin rubor que la razón de ser  del catalanismo es la independencia, digo: por favor, paren el tren que yo me quedo aquí.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 29/02/16

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