17 de febrer 2009

IGLESIA Y PROGRESO


Todos sabemos que si hacemos que dos cables portadores de corriente se toquen se producirá un corta circuito. Algo similar sucede con La Iglesia y la mayoría de medidas que se articulan para mejorar la vida de los ciudadanos. De manera prácticamente automática se genera una reacción de rechazo en la jerarquía de la institución eclesiástica. Basta con echar un vistazo a la historia para comprobar que esta afirmación es rigurosamente cierta. Así por ejemplo, en el siglo VI San Ambrosio se oponía a los principios de la medicina por ser contrarios al poder de plegaria y la “ciencia celestial”. No fue hasta bien entrado el siglo XVI que las autoridades eclesiásticas permitieron la disección de cadáveres y los estudios anatómicos. De la misma forma, hubo que esperar a las postrimerías del siglo XVIII para que la iglesia cristiana permitiera la vacuna antivariólica, pues según la creencia de la época la viruela era un castigo divino y el hombre no debía sustraerse a estos designios. Pero no hace falta ir tan lejos, sólo hay que remontarse al siglo XIX para constatar como la autoridad eclesiástica prohibía la utilización de la anestesia en los partos. Por tanto, después de visto lo visto, no nos puede ni nos debe extrañar que a día de hoy la oposición, de los de siempre, esté orientada hacia la investigación con células madre, los matrimonios entre homosexuales, el uso del preservativo, la planificación familiar o la eutanasia. Y esto solo por poner algunos ejemplos. No hace demasiado que la iglesia condenaba la libertad de conciencia, el socialismo, el derecho de reunión y hasta los derechos humanos.
En consecuencia, no nos ha de extrañar el rechazo a la eutanasia por parte de ese poder fáctico. Forma parte de su imaginario, construido a lo largo de siglos y basado en la intromisión en aquello que por principio le debiera ser ajeno, la vida y la forma de comportarse de las personas.
De todos modos, no conviene equivocarse y debemos saber que toda esa negación sistemática del progreso responde a una teoría desarrollada a lo largo de los tiempos Según la cual la iglesia siempre ha basado una buena parte de su influencia en la sociedad en el terror a la muerte, reservándose para sí un papel fundamental en el tránsito de un estado a otro. Otorgar la capacidad de decisión al individuo siempre ha sido algo contra natura para los sesudos y poderosos hombres de la fe cristiana. La motivación es clara, el día que la humanidad tenga la oportunidad de decidir por si misma, la iglesia perderá el pretendido monopolio de la verdad, dado que según sus creencias y sobre todo sus conveniencias es algo de lo que solo ellos -los altos mandatarios eclesiásticos- disponen en exclusiva.
Ante este estado de cosas, no nos ha de sorprender el ataque brutal por parte de Berlusconi y El Vaticano a que se ha visto sometida Eulana Englaro y toda su familia, en especial su padre por pretender ejercer un derecho tan elemental, como es morir con dignidad. Cuando todo podía haberse hecho con discreción y con el más profundo respeto a la intimidad y al dolor de una familia rota por la tragedia, el gobierno italiano ha actuado con su primer ministro al frente, Silvio Berlusconi, saltándose, a la torera, no ya las decisiones de los tribunales de su país, sino, incluso, queriendo variar la legislación vigente sobre el particular, masacrando de forma inmisericorde no sólo los sentimientos de una familia, sino también los criterios de amplísimos sectores de la sociedad que han visto como se les querían imponer supuestos principios absolutamente desfasados, que a estas alturas no tienen el más mínimo soporte ético, racional o constitucional.
Pero con todo esto, que no es poco, lo más denigrante ha sido la posición del Vaticano, que en vez de intentar dar consuelo ha atizado el fuego y ha dado alas a unos descerebrados dirigentes políticos. Si así se legisla y así se ganan creyentes, conmigo que no cuenten

Bernardo Fernández
Publicado en e-noticies.com 16/02/2009

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