10 de gener 2026

ESPAÑA VA BIEN PERO CON MATICES

Corría 1997 cuando José María Aznar hizo suya la frase “España va bien”, para proclamar que el país había entrado en una senda de crecimiento imparable.

Una de las palancas —como se dice ahora— para lograr aquella supuesta eclosión fue privatizar las empresas más importantes del país, entre ellas Tabacalera, Endesa o Repsol que fueron a parar, mayoritariamente, a manos de algunos amigos del presidente del Gobierno de entonces. Esa iniciativa supuso unos fuertes ingresos para las arcas públicas, pero también una considerable descapitalización del Patrimonio común de todos los ciudadanos.

Con el tiempo, hemos aprendido de las duras lecciones del pasado y mientras abrazábamos las reformas, descubríamos nuevos motores de progreso. Así por ejemplo, nuestro tejido productivo, que está más fuerte que nunca, va acompañado por la innovación bancaria, la batalla por las energías renovables, la transformación digital y un espíritu emprendedor revitalizado. Todo eso ha hecho que hayamos dejado de ser los pasajeros del vagón de cola de la economía europea.

Para que una economía funcione tiene que existir un sistema financiero sólido que la respalde y, en nuestro país, los bancos han pasado de ser meros prestamistas a convertirse en impulsores de la innovación y la digitalización. O dicho de otro modo: son la columna vertebral que sostiene la inversión en tecnología, las infraestructuras y el talento.

Así pues, los profesionales financieros se sitúan en el centro de gravedad de la trayectoria del crecimiento de España. Sus decisiones financian industrias y generan oportunidades. Para tener éxito, necesitan algo más que balances: requieren datos fiables y tecnología capaz de anticipar los retos del futuro.

Nuestra historia es una historia de resiliencia y de reinvención. Hace poco más de una década los titulares estaban dominados por la crisis y el pesimismo. En cambio hoy, en los medios se habla de crecimiento económico, mientras que las mejoras de la calificación crediticia por parte de las tres principales agencias han devuelto la credibilidad y la confianza, a la vez que han colocado de nuevo a España en el punto de mira de los grandes inversores internacionales.

Que la actividad económica en nuestro país va como un tiro es algo poco cuestionable. Crecemos, no solo con el mayor dinamismo de Europa, sino, también, con más empuje y vigor que el resto de las economías desarrolladas; los motivos hay que buscarlos en la disponibilidad de mano de obra, la buena marcha del turismo y un precio de energía razonablemente barato debido a la apuesta por las renovables. El gasto público y las exportaciones han tirado de la recuperación inmediatamente posterior a la pandemia de la Covid 19, pero ahora es el gasto interno y la inversión empresarial movilizan al país. El producto interior bruto (PIB) creció un 3,5% en 2024 y un 3,1% interanual en el tercer trimestre de 2025, según la última revisión estadística, hay más de 22 millones de personas ocupadas, cifra récord jamás alcanzada hasta ahora.

El tirón de nuestra economía en términos macroeconómicos sorprende a los demás países y a organismos internacionales, hasta el punto de que el Banco Central Europeo atribuye a la fortaleza de España el que la zona euro con Alemania y Francia debilitadas, haya podido resistir el vendaval de las guerras arancelarias, la crisis de precios y los problemas de suministros que han afectado al continente desde el final de la pandemia.

Con todo, los árboles no nos deberían impedir ver el bosque. Más allá del triunfalismo de los indicadores macroeconómicos, el hecho cierto es que muchos ciudadanos no perciben esas mejoras en su día a día. La anterior etapa de bonanza económica acabó en nuestro país de forma abrupta con el pinchazo de la burbuja inmobiliaria que desencadenó la Gran Recesión. Por eso, ahora, existen motivos para la desconfianza.  Porque las mejoras no llegan a los bolsillos de las clases medias y populares; también tiene mucho que ver, en el estado de ánimo general, la crispación política y una reacción de prevención natural tras unos años vertiginosos, de grandes shocks globales, como la pandemia, la espiral de precios o la guerra en Ucrania.

Una mezcla de escepticismo e incredulidad invade la calle, las redes sociales y asoma en las encuestas cuando se habla de la buena marcha de la economía. El PIB per cápita sigue muy por debajo de la media europea. En una encuesta de Funcas —el centro de análisis de la Confederación de Cajas de Ahorros— del pasado junio, realizada entre 1.200 adultos, el 55% respondió que la situación económica general era peor que antes de la pandemia y el 90% consideraba que los salarios estaban perdiendo poder adquisitivo. Según el Termómetro ED que elabora 40DB para el diario económico Cinco Días a partir de 6.000 entrevistados, revelaba en julio unas expectativas estables, más cercanas al pesimismo moderado que al optimismo, un resultado muy similar al del trimestre anterior, pese a lo positivo del ciclo y del empleo.

Por todo ello, podemos decir que España va bien pero con matices. Se hace necesaria una gestión progresista de la bonanza macroeconómica para que esa prosperidad se distribuya de manera equitativa entre todos los sectores sociales y no que las ganancias queden en unas pocas manos. Es decir, se trata de transferir renta de las clases de mayor nivel económico a las menos favorecidas a través de instrumentos fiscales y otras medidas de carácter público, como pueden ser, una mayor progresividad en el impuesto sobre la renta (IRPF), subsidios, pensiones, prestaciones por desempleo y servicios públicos universales.

O dicho de otro modo: poner en práctica políticas económicas, verdaderamente, socialdemócratas.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en CÒRTUM 08/01/2026

 

ESPAÑA VA BIEN PERO CON MATICES

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