05 d’octubre 2016

DE MAL EN PEOR

El descalabro sufrido por los socialistas en las recientes elecciones autonómicas en Galicia y Euskadi es de difícil digestión.  De hecho, esas derrotas han abierto al PSOE en canal y han puesto de manifiesto lo que era un secreto a voces: la gran división interna que existe entre buena parte de los barones socialistas y el secretario general, Pedro Sánchez.
Ante tamaño desaguisado, unos y otros han actuado de la peor manera posible. El máximo mandatario intentando convocar primarias y un congreso a contra reloj, y los mandamases exigiendo responsabilidades a quien, ciertamente, las tiene, pero ni tantas ni de tanta magnitud como para hacerle el único responsable del desastre.
Es verdad que desde que llegó Sánchez a la dirección del PSOE, los socialistas, a excepción de las elecciones andaluzas, han ido de derrota en derrota y cada vez más abultada. No obstante, sería muy primario atribuir esa debacle continuada en el tiempo a una sola persona, ni siquiera a un equipo. En mi opinión hay que buscar los motivos de esa decadencia en otros ámbitos.
No descubro nada nuevo si digo que el PSOE se encuentra en un nuevo escenario político y social y, hasta el momento, no ha sabido adaptarse a esa nueva realidad. La consecuencia es que la nueva situación genera graves divisiones internas y ataques entre sus dirigentes, como estamos viendo estos días. Quizás el nudo gordiano de todo este guirigay tiene mucho de ambiciones personales y muy poco de proyecto político.
En etas circunstancias, conviene hacer un análisis tan desapasionado e imparcial como sea posible e intentar ver la situación con una cierta perspectiva. De todos modos, más pronto que tarde la organización deberá reflexionar sobre los problemas de fondo. Al fin y al cabo, mientras esos problemas no se resuelvan, las expectativas electorales seguirán siendo las mismas.

El origen de todo este galimatías político se ha querido centrar en el “no es no” de Sánchez a la investidura de Rajoy. Personalmente considero demasiado simple poner solamente el foco en esa cuestión. Bien es verdad que, en términos políticos, hubiera sido mucho más hábil y rentable, a medio plazo, una abstención condicionada porque, aunque en un principio hubiese levantado cierto desencanto, condicionar la investidura a determinados pactos como la derogación de la LOMCE, la derogación, al menos parcial,  la reforma laboral, la subida del salario mínimo o la creación de una comisión para abordar la necesaria reforma Constitucional u otros asuntos de suma importancia, hubiera permitido al PSOE ejercer de primer partido de la oposición, que es lo que corresponde a una formación con 85 diputados sobre 350.
Pues bien, en vez de discutir la estrategia a seguir en los órganos correspondientes de la organización (comité federal y comisión ejecutiva), unos y otros se han dedicado a cruzarse acusaciones y mandarse mensajes a través de los medios de comunicación y así no se hacen las cosas. Eso es darle tres cuartos al pregonero o como dicen los viejos del lugar “que se queme la casa, pero que no salga el humo”.  Y se ha hecho demasiado humo.
En estas circunstancias, los socialistas deberían ser conscientes de su situación. El PSOE ya no cuenta para aquellos que nacieron en democracia. Es una reliquia del pasado. “A esos les votan los padres o los abuelos”, suelen decir los jóvenes. Y los barones que estos días tanto alzan la voz, deberían no olvidar que en diversas comunidades gobiernan en minoría, abrazados a aquellos que tienen como objetivo ocupar, tan pronto como sea posible, el espacio socialista.
Por su parte el secretario general debería haber sido consciente de que no se puede dirigir una organización en contra de sus dirigentes, por mucho que haya sido designado en elecciones primarias. Los cargos orgánicos y de representación son elegidos por las federaciones, esa es la realidad.
Sea quien sea el secretario general, lo sustancial es elaborar un proyecto que, sin renegar de los logros de antaño, conecte con la nueva realidad socio-política y dé respuesta a las incertezas que hoy tiene planteadas la sociedad. Sólo así se podrá recuperar la confianza de la ciudadanía que mayoritariamente está huérfana de referentes políticos sólidos y creíbles.
Ahora, tras el bochornoso y vergonzante espectáculo del último comité federal, por respeto a los votantes y a la propia historia, es urgente y necesario que el sentido común regrese a las filas socialistas. Que pidan perdón a la ciudadanía por no haber sabido estar a la altura de las circunstancias. Que reflexionen  todos y cada uno de los dirigentes y responsables y den lo mejor de sí mismos, incluso si eso significa dejar la política, porque no sólo Pedro Sánchez es culpable y no sólo él es quien ha de dimitir. Las responsabilidades deben ser compartidas.
En esta situación el socialismo español va camino de convertirse en una fuerza política marginal y eso no le conviene ni, tan siquiera, a la derecha, aunque en estos momentos los carroñeros de la política se froten las manos.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 04/10/16

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