03 de maig 2016

CORRUPCIÓN, POLÍTICA Y CONDESCENDENCIA SOCIAL

Un día sí y otro también, los medios de comunicación nos proporcionan noticias sobre los más variados casos de corrupción, evasión de capitales y fraude fiscal. Cuando no es un dirigente político que ha escondido dinero en Suiza, es otro que lo ha hecho en Andorra o un partido que cobra mordidas por otorgar contratos y después blanquea el dinero mediante rocambolescos movimientos financieros de sus cargos públicos.  Y si no es un banquero que intenta blanquear dinero repatriando aquello que había expatriado cuando era director de un banco al que expolió.
También tenemos un expresidente de gobierno que camufló sus gastos personales mediante una empresa pantalla, un ministro que había olvidado que trabajó para una empresa con sede en un paraíso fiscal o un supuesto sindicato que iba de justiciero y en realidad se dedicaba a extorsionar al prójimo, por no mencionar a una asociación que decía defender a los consumidores, pero donde de verdad tenía el negocio era en el chantaje a las entidades financieras. Por si todo esto no fuese suficiente, existe una retahíla de empresarios, famosillos e individuos de distinto pelaje que se dedican a esconder sus ganancias en paraísos fiscales para, de ese modo, cotizar al fisco, cuando menos mejor. En definitiva, en España tenemos el dudoso honor de disponer de uno de los mejores planteles de estafadores, sinvergüenzas y desalmados del planeta Tierra.
Me ha parecido oportuno empezar este artículo señalando alguna de las corruptelas que estamos soportando como sociedad porque cuando cayó el muro de Berlín, fueron muchos los que creyeron que la mayor circulación de personas, información, ideas y dinero tendría efectos beneficiosos para todos nosotros. Sin embargo, la realidad nos ha demostrado que es mucho más prosaica y además de unos efectos positivos incuestionables, también ha llegado el movimiento “ad libitum” de especuladores, traficantes de drogas y terroristas entre otros.
Todo esto, tiene que ver -y mucho-, con los mal llamados paraísos fiscales. Refugios fiscales, me parece una expresión más adecuada.
Sea como sea, a día de hoy, existen entre 60 y 70 lugares en el mundo donde no importa quién eres ni a que te dedicas, lo único verdaderamente importante es cuánto dinero tienes en tus cuentas corrientes.
Pues bien, en esos paraísos o refugios, las grandes empresas tienen sus depósitos bancarios, mediante sociedades pantalla. La razón es simple: o no se pagan impuestos o si se pagan los porcentajes son irrisorios en comparación con los de los países desarrollados. Según los expertos en la materia un 30% de la riqueza mundial se gestiona desde esos lugares.
Como nos recuerda Intermón Oxfam, esa riqueza mundial está cada vez más concentrada. En 2010, 338 personas poseían la misma riqueza que la mitad de la población más pobre. Pero es que en 2015 esa cantidad se concentró en tan solo 62 individuos
Si eso sucede es por dos motivos. El primero es la falta de voluntad y decisión de las autoridades políticas para atajar ese tipo de delitos, y el segundo, la tolerancia social ante aquellos que mienten y ocultan para no contribuir a financiar lo público.
Según diversos estudios, casi el 26% de nuestro PIB escapa del control del fisco. Eso equivale a unos 250.000 millones de euros. No obstante, es cierto que el fraude fiscal es muy difícil de atajar. Quizás su eliminación total sea una quimera. Siempre habrá quien encuentre la manera de evadir. Sin embargo, en Europa, la media porcentual del fraude se sitúa unos 10 puntos por debajo del nuestro, o sea un 15%.
Bastaría con que en nuestro país se consiguieran unas cifras similares a las de la UE y nuestra situación mejoraría sustancialmente. Mantener el Estado del bienestar es caro y las clases medias y populares ni queremos ni podemos soportar indefinidamente este estado de cosas.
Que una parte de los recursos queden fuera del control político socava la soberanía de los Estados, si a esa situación añadimos la corrupción casi sistémica que nos sacude, llegaremos a la conclusión que la inmensa mayoría de la ciudadanía estamos viviendo por debajo de nuestras posibilidades, ya que hemos de sufragar lo que otros ocultan o roban.
Los que defraudan no sólo cometen un delito, sino que, además, privan de derechos y servicios a sus semejantes y, por tanto, sobre ellos ha de caer todo el peso de la ley y el más absoluto reproche social.
Solamente así, con el esfuerzo, la solidaridad y la colaboración de todos, lograremos una sociedad más justa y un mundo más habitable.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 03/05/16