Cuando estas líneas salgan a la luz,
faltarán pocas horas para que el avión que ha de trasladar al Papa León XIV, de
Madrid a Barcelona, tome tierra en el aeropuerto de El Prat.
No hay duda de que la estancia del
Papa en España y, de manera especial, en nuestra ciudad será un acontecimiento
mundial. Lo será porque el eje vertebrador de todo el viaje es celebrar Misa en
la Sagrada Familia e inaugurar la torre de Jesús de la iglesia más alta del
mundo, casi 150 años después de que comenzarán las obras de construcción.
En las cuarenta y ocho horas escasas
que Robert Prevost esté en Barcelona la ciudad quedará colapsada, es decir,
calles cortadas, líneas de bus alteradas y un sinfín de contrariedades para los
sufridos ciudadanos de a pie que, con Papa o sin Papa, han de seguir con sus “insignificantes”
rutinas diarias que, por otra parte, son las que mantienen vivo el ritmo del
país.
Unos ciudadanos que ya empiezan a
estar hartos de que Barcelona se esté convirtiendo en algo muy parecido a la
pista de un circo, donde un día se celebra la cursa (carrera) de El Corte
Inglés y se blinda el centro de la ciudad, al día siguiente se bloquean las
arterias principales porque el Barça que ha ganado la Liga lo festeja con una rúa,
y cuando no se corta el tráfico porque no sé quién hace una huelga o se montan una
manifestación por no sé qué, cualquier excusa sirve para poner la ciudad patas
arriba. Y no es que la gente no tenga derecho a usar y disfrutar la ciudad,
faltaría más; pero la pregunta es: y los ciudadanos que no participamos en todo
eso ¿Cuándo y cómo podemos gozar de la metrópoli en que vivimos y pagamos
nuestros impuestos?
Que se entienda bien. No digo que la
estancia en Barcelona del pontífice no merezca algún sacrificio y/o padecer
algún inconveniente en nuestras vidas diarias, está claro que sí. Solo quiero
poner algunas dudas sobre el tapete.
Este Papa que cuando salió elegido parecía
más bien tibio y contemporizador ha demostrado tener una gallardía ética,
política y moral que ya quisieran para sí más de uno de esos líderes políticos
que chulean con los de abajo, pero doblan la rodilla e inclinan la cabeza ante los
de arriba.
Con la elección de León XIV la
Iglesia católica tomó una decisión estratégica. León XIV es el primer Papa estadounidense
y el segundo americano. Eso le permite hablar directamente, no solo a los
católicos de Estados Unidos, sino también, con mucha más autoridad, a los de
origen latinoamericano. Pero sobre todo puede hablar de tú a tú con Donald
Trump y en su mismo idioma; no es un Pontífice al que puede tratar como un
intruso o un peligroso marxista, como hacía con Francisco. Prevost puede erigir
su autoridad moral ante Trump y, además, con una actitud dialogante.
Eso es, justamente, lo que hizo León
XIV el pasado mes de abril; el Papa calificó de "inaceptable" la
amenaza lanzada por Trump de acabar con “toda una civilización” refiriéndose
a Irán y el líder estadounidense no dudó en acusar al pontífice de
"débil" y "pésimo en “política exterior”. León XIV defendió que
era su "obligación moral" oponerse a la guerra y dijo no tener miedo
del líder republicano. "Si Trump no hubiera reaccionado de forma
exagerada, pocos habrían prestado atención a una postura que, en realidad, no
tiene nada de extraordinaria. El Vaticano siempre ha defendido el derecho
internacional", dijo entonces el director del Observatorio
Geopolítico de la Religión del Instituto de Relaciones Internacionales y
Estratégicas (IRIS) François Mabille. La reacción destemplada de Trump ante
cualquier tipo de desacuerdo con sus políticas de inmigración y aventuras bélicas
era de esperar.
León XIV fue elegido Papa meses
después del regreso de Trump al Despacho Oval y ya había criticado algunas de
sus políticas. Entre otras cuestiones, Prevost manifestó su descontento con las
políticas migratorias de la Administración Trump y expresó su apoyo a la carta
enviada por Francisco a los obispos de EE. UU., en la que denunciaba las
deportaciones masivas ordenadas por Washington.
Hace ahora un par de semanas que se
hizo pública la primera encíclica, de León XIV titulada: “Magnífica Humanitas”,
en ese texto se señalan algunos temas que en estos momentos le preocupan: el
reto de la inteligencia artificial (IA) y el poder creciente de las empresas
que la dominan, en su opinión la inteligencia artificial “no es moralmente
neutra”, sino que es un arma, y señala el peligro del “paradigma
tecnocrático” que propugna una parte de Silicon Valley y algunos
ideólogos cercanos a Trump. León XIV llama a “desarmar la IA (…) sustraerla a
la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es solo militar, sino
económica y cognitiva”. “Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino
impedirle el dominio sobre lo humano. La IA es ya un ambiente en el que estamos
inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es
necesario desarmarla y hacerla acogedora”.
Sin duda, muy interesante, pero que
los árboles no nos impidan ver el bosque. Porque más allá de las buenas
palabras, todavía no ha habido ningún propósito de enmienda tangible por los abusos
cometidos en nombre de la Iglesia. En cambio, la actitud de León XIV frente a
los desmanes de Donald Trump o su posicionamiento sobre la IA, es algo que
deberían haber dicho los líderes mundiales y puede suponer un cambio de
paradigma en las relaciones entre la Iglesia y los poderes públicos.
Por todo eso, deberíamos convenir que
la estancia del Papa en Barcelona es un hecho fuera de lo común y, por
consiguiente, parece justificado qué en la ciudad, por un par de días, soportemos
unos inconvenientes excepcionales, pero que afecten el mínimo imprescindible a
la ciudadanía que, al fin y al cabo, es quien sostiene el país.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
08/06/2026

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