26 d’abril 2026

ALGUNAS PREGUNTAS SOBRE EL ENVEJECIMIENTO

 

Entre los últimos años del siglo XX y los que llevamos del XXI el aumento de la esperanza de vida, en los piases desarrollados, ha sido exponencial.

El porcentaje de los ciudadanos que pasan de los sesenta años es cada vez más elevado. En principio, eso debería ser una muy buena noticia, puesto que debe entenderse como una mejora para la condición humana, un avance que nos aleja de la más drástica de nuestras limitaciones: la muerte.

Sin embargo, no siempre es así, esa posibilidad a veces nos abruma —o lo parece— porque vemos a los mayores más como un estorbo y un gasto añadido que como algo a potenciar. Y eso es lamentable porque, entre otras cosas, también nosotros seremos mayores, si no es que lo somos ya, y si no llegamos… malo.

Es evidente que la idea de vivir más es algo deseable para la inmensa mayoría de los mortales. Ahora bien, ¿equivale siempre a gozar de una buena calidad de vida? Pensemos que tener personas mayores entre nosotros significa poseer un formidable tesoro de experiencias y sabiduría. Pero, ¿son compatibles los valores de la tercera edad con los que genera nuestra sociedad, propios del universo consumista en el que estamos inmersos? ¿Resultará plausible que en una misma estructura familiar deban convivir hasta cinco generaciones, porque ahora la convivencia entre tres es ya bastante complicada? ¿Podrá ser sostenible una sociedad en la que la pirámide de población esté totalmente invertida?

Japón es una sociedad envejecida y cerrada que prefiere invertir en tecnología antes que abrir las puertas a la inmigración, nos puede servir como referencia.  Allí, los que están en edad laboral empiezan a ser minoría frente a la población inactiva, y, por lo tanto, el sistema económico acabará resintiéndose Según diversos estudios, en 2050 la población mayor de sesenta años representará, casi el 38% del total de los ciudadanos del país del sol naciente.

Ante semejante situación, parece lógico pensar que la edad de jubilación deba retrasarse, y más si tenemos en cuenta el excelente estado de salud de muchas de las personas que llegan a los sesenta y cinco años. Por consiguiente, deberíamos ir asumiendo que más pronto que tarde la jubilación a los setenta años será algo habitual en un futuro no muy lejano.

En este contexto, no estaría de más que nos preguntásemos: ¿cuál será nuestro estado físico y psíquico después de una veintena de años de preparación y estudio más cincuenta o sesenta de trabajo? ¿Evolucionará la ciencia de tal manera que podremos llagar a disfrutar de una buena salud durante veinte o treinta años más después de jubilarnos a los setenta? Y si esto es así, ¿no puede ocurrir que, cuanto más tiempo permanezcamos sanos, más tiempo deberemos trabajar? Y si no, ¿de qué nos sirve vivir más años sin que, paralelamente, se nos pueda garantizar una buena calidad de vida?

Desde luego, la reflexión es sumamente compleja y no veo argumentos para predecir jubilaciones doradas. Es cierto, no obstante, que algunos investigadores sostienen que el desarrollo de determinadas técnicas científicas serán claves en el alargamiento futuro de la esperanza de vida. Otros, en cambio, apuestan por nuevos fármacos, terapias génicas y trasplantes de órganos sin posibilidad de rechazo, gracias a la clonación. Esa evolución de la ciencia nos podría acercar a los ciento treinta años. Sin embargo, no deberíamos perder de vista que el ser humano es un ente natural y, por tanto, complejo, muy complejo. Y nada nos garantiza que si mejoramos una parte de nuestra complejidad, no dañemos otra.

Eso no significa que, si existe alguna posibilidad de retardar y/o evitar la muerte, sea, de todo punto, necesaria ponerla en práctica y que todo el mundo pueda acceder en igualdad de condiciones a esa conquista social.

Seguro que a nadie se le escapan las hipotéticas posibilidades de negocio que subyacen tras estas reflexiones, pero eso no significa que, como sociedad, dejemos de apostar para que se haga todo cuanto sea posible para vivir más.  Aunque hemos de ser conscientes de que todo esto puede acabar en una tragedia y, en consecuencia, necesitamos que los investigadores no pierdan nunca el principio de precaución ante cualquier riesgo, por remoto que sea y anteponer siempre la cordura y la prudencia. O sea, que la búsqueda del bien no genere males peores que los que se quieren evitar. Todos hemos conocido a personas mayores con ganas de morir, porque aunque están vivos, están privados de movilidad, de sentidos e incluso de recuerdos, es decir de una mínima calidad de vida.  Imaginémonos, pues, como podría ser llegar a los 130 años en determinadas condiciones.

No hay duda que el envejecimiento plantea muchas dudas y pocas certezas; pero, en mi opinión, el hecho fundamental es gestionar correctamente las infinitas posibilidades que tiene ciencia para caminar en la dirección correcta. Y para lograrlo, es preciso que la sociedad adquiera la madurez necesaria que permita asumir plenamente sus potencialidades. De no ser así, se pueden cometer auténticas barbaridades.

 

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en la web de Còrtum 23/04/2026

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