Entre los últimos años del siglo XX y
los que llevamos del XXI el aumento de la esperanza de vida, en los piases
desarrollados, ha sido exponencial.
El porcentaje de los ciudadanos que
pasan de los sesenta años es cada vez más elevado. En principio, eso debería
ser una muy buena noticia, puesto que debe entenderse como una mejora para la
condición humana, un avance que nos aleja de la más drástica de nuestras
limitaciones: la muerte.
Sin embargo, no siempre es así, esa
posibilidad a veces nos abruma —o lo parece— porque vemos a los mayores más
como un estorbo y un gasto añadido que como algo a potenciar. Y eso es
lamentable porque, entre otras cosas, también nosotros seremos mayores, si no
es que lo somos ya, y si no llegamos… malo.
Es evidente que la idea de vivir más es
algo deseable para la inmensa mayoría de los mortales. Ahora bien, ¿equivale
siempre a gozar de una buena calidad de vida? Pensemos que tener personas
mayores entre nosotros significa poseer un formidable tesoro de experiencias y
sabiduría. Pero, ¿son compatibles los valores de la tercera edad con los que
genera nuestra sociedad, propios del universo consumista en el que estamos
inmersos? ¿Resultará plausible que en una misma estructura familiar deban
convivir hasta cinco generaciones, porque ahora la convivencia entre tres es ya
bastante complicada? ¿Podrá ser sostenible una sociedad en la que la pirámide
de población esté totalmente invertida?
Japón es una sociedad envejecida y
cerrada que prefiere invertir en tecnología antes que abrir las puertas a la
inmigración, nos puede servir como referencia. Allí, los que están en edad laboral empiezan a
ser minoría frente a la población inactiva, y, por lo tanto, el sistema
económico acabará resintiéndose Según diversos estudios, en 2050 la población
mayor de sesenta años representará, casi el 38% del total de los ciudadanos del
país del sol naciente.
Ante semejante situación, parece lógico
pensar que la edad de jubilación deba retrasarse, y más si tenemos en cuenta el
excelente estado de salud de muchas de las personas que llegan a los sesenta y
cinco años. Por consiguiente, deberíamos ir asumiendo que más pronto que tarde
la jubilación a los setenta años será algo habitual en un futuro no muy lejano.
En este contexto, no estaría de más
que nos preguntásemos: ¿cuál será nuestro estado físico y psíquico después de
una veintena de años de preparación y estudio más cincuenta o sesenta de
trabajo? ¿Evolucionará la ciencia de tal manera que podremos llagar a disfrutar
de una buena salud durante veinte o treinta años más después de jubilarnos a los
setenta? Y si esto es así, ¿no puede ocurrir que, cuanto más tiempo
permanezcamos sanos, más tiempo deberemos trabajar? Y si no, ¿de qué nos sirve
vivir más años sin que, paralelamente, se nos pueda garantizar una buena
calidad de vida?
Desde luego, la reflexión es
sumamente compleja y no veo argumentos para predecir jubilaciones doradas. Es
cierto, no obstante, que algunos investigadores sostienen que el desarrollo de determinadas
técnicas científicas serán claves en el alargamiento futuro de la esperanza de
vida. Otros, en cambio, apuestan por nuevos fármacos, terapias génicas y
trasplantes de órganos sin posibilidad de rechazo, gracias a la clonación. Esa
evolución de la ciencia nos podría acercar a los ciento treinta años. Sin
embargo, no deberíamos perder de vista que el ser humano es un ente natural y,
por tanto, complejo, muy complejo. Y nada nos garantiza que si mejoramos una
parte de nuestra complejidad, no dañemos otra.
Eso no significa que, si existe
alguna posibilidad de retardar y/o evitar la muerte, sea, de todo punto,
necesaria ponerla en práctica y que todo el mundo pueda acceder en igualdad de
condiciones a esa conquista social.
Seguro que a nadie se le escapan las hipotéticas
posibilidades de negocio que subyacen tras estas reflexiones, pero eso no
significa que, como sociedad, dejemos de apostar para que se haga todo cuanto sea
posible para vivir más. Aunque hemos de
ser conscientes de que todo esto puede acabar en una tragedia y, en
consecuencia, necesitamos que los investigadores no pierdan nunca el principio de
precaución ante cualquier riesgo, por remoto que sea y anteponer siempre la
cordura y la prudencia. O sea, que la búsqueda del bien no genere males peores
que los que se quieren evitar. Todos hemos conocido a personas mayores con
ganas de morir, porque aunque están vivos, están privados de movilidad, de
sentidos e incluso de recuerdos, es decir de una mínima calidad de vida. Imaginémonos, pues, como podría ser llegar a
los 130 años en determinadas condiciones.
No hay duda que el envejecimiento
plantea muchas dudas y pocas certezas; pero, en mi opinión, el hecho
fundamental es gestionar correctamente las infinitas posibilidades que tiene ciencia
para caminar en la dirección correcta. Y para lograrlo, es preciso que la
sociedad adquiera la madurez necesaria que permita asumir plenamente sus
potencialidades. De no ser así, se pueden cometer auténticas barbaridades.
Bernardo Fernández
Publicado en la web de Còrtum
23/04/2026
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada