31 de juliol 2024

EL GRAN DISPARATE Capítulo 1

 

 

Capítulo 1

Fernando Valverde ha pasado el mocho y termina de subir la persiana que había dejado a media altura cuando entró. De forma mecánica va bajando las sillas que la noche anterior habían quedado sobre las mesas, y coloca cada una en su sitio: cuatro en las mesas dobles y dos en las pequeñas. Al fondo del local, entre dos columnas y la pared, ha montado, con un tablero, una mesa larga con doce sillas. Hoy es sábado y vienen a almorzar los de la Peña. Aún es pronto, no pasan ni diez minutos de las ocho, pero a Fernando le gusta hacer las cosas con calma y bien, para que cuando llegue la clientela todo esté a punto.

            Por eso, ayer se quedó hasta más tarde de lo habitual, cocinando el almuerzo de esta mañana. Preparó un buen perolo de callos, les puso un punto de picante que consigue con una guindilla que le traen de Extremadura. De todas maneras, en previsión, por si alguno de los comensales no quiere o no puede comer callos, también hizo una buena tortilla de patatas con cebolla, y así todos contentos. De lo que está seguro, Fernando, es que lo que no se coman los de la Peña se lo comerán otros clientes, si no el mismo día, el lunes. Desde luego tirar, no va a tirar nada.

            Tras colocar el mobiliario de forma adecuada, Fernando sigue con su tarea, no para, cuando no es una cosa es otra…, y cuando no, la siguiente, pero siempre está haciendo algo. En lo único que se entretiene un poco es en mirar si le ha tocado la lotería. Eso lo hace en cuanto le llegan los dos periódicos a los que está suscrito.

           

            Desde que se licenció del servicio militar, de eso hace ya una eternidad, siempre se ha dedicado a la restauración. Se estrenó como camarero en un bar en Logroño, su tierra natal, pero al poco tiempo decidió venirse a Barcelona. Aquí probó fortuna en dos o tres cosas distintas, pero enseguida comprendió que lo suyo era la restauración. Empezó a trabajar en un bar y, al poco tiempo, le salió la oportunidad de cogerlo en traspaso porque el dueño se jubilaba, y así ha seguido hasta hoy. Aunque ha cambiado varias veces de local siempre ha estado entre fogones, parrillas, sartenes y detrás de un mostrador, parece que es su destino         

Fernando anda sobre los sesenta años, lleva el pelo cortado a cepillo, tiene la frente ancha y despejada, los ojos marrones poco expresivos, un poco cejijunto y la nariz ligeramente chata, orejas de soplillo y unos labios finos que esconden unos dientes irregulares. Utiliza un delantal, siempre oscuro, para preservar la vestimenta, aunque en realidad le sirve para disimular su incipiente barriga cervecera. Todo eso hace que transmita una imagen de tipo apacible que está a la vuelta de muchas cosas.

            El mundo de Fernando empieza y acaba en su bar. Tiene una hija fruto de un mal matrimonio tardío y breve. Ella es la luz de sus ojos.  Padre e hija tienen muy buena relación, pero la chica ya anda por los dieciocho años y vive con su madre en un pueblo de la Cataluña profunda, cerca de Berga y como a todos los jóvenes le gusta ir a la suya. Cuando viene a Barcelona a Fernando se le abren las carnes y si alguna vez la niña le pide algo, ella sabe que lo tiene concedido de antemano.

            Es propietario de un piso que está situado en la calle Verdi, la misma calle del bar; no hay ni cinco minutos andando, entre un sitio y otro. Pero él prefiere irse a dormir a casa de su hermana, que vive en la calle Padilla, algo lejos de dónde está el negocio. Tiene dos plazas de parquin, una de compra, junto al mercado próximo al bar y otra alquilada en el mismo edificio en el que vive su hermana. Por eso, cada día ha de coger el coche para ir y venir del trabajo. Dice que «eso le distrae y así se entretiene». El piso que tiene cerca del bar lo reserva por si algún día su hija viene y se quiere quedar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El cielo está azul y sin nubes, aunque la mañana aún está un poco fresca, se anuncia un día espléndido, con el ambiente típico del final del verano: caluroso y un poco húmedo, pero soportable.

            La calle está tranquila todavía. Es sábado y la gente se lo toma con calma. Al bar de Fernando ya ha entrado algún que otro parroquiano, pero nada comparable a la marcha que hay los días de cada día. También se ha visto pasar a alguna que otra mujer, y algún hombre, camino del mercado, que está a poco más de un centenar de metros del bar. Casi todas las personas que han pasado son ya de una cierta edad. Parece que, a los más jóvenes les cuesta más levantarse y dejan lo de ir a comprar para última hora de la mañana y, a menudo, esa tarea le corresponde al hombre de la pareja, ellas se quedan en casa haciendo otras labores, porque en una casa siempre hay algo que hacer y es necesario repartir el trabajo.

            ─ ¿Qué, ya lo tienes todo preparado? Ya sabes que a esa tropa no le gusta esperar. Y después de casi tres meses de ayuno vendrán muertos de hambre ─le dice José a Fernando, uno de los miembros de la Peña y cliente habitual.

─Que exagerado eres ─contesta Fernando─, el almuerzo ya está preparado, pero no vendrán tan hambrientos como tú te crees. Los que se han ido al pueblo habrán comido bien allí, con los suyos… y los otros, bueno…, hambre no habrán pasado. Vamos, digo yo…

            ─Bah, ya veremos ─responde José risueño─. De todas maneras, hemos de aclarar lo de almuerzo porque por ahí todo el mundo dice desayuno…

            ─Pero aquí se dice almuerzo, y estamos en Cataluña.

─Eso es verdad…, y el nombre no hace la cosa ─remata José─. De momento, me voy al mercado a encargar unas cosas que me ha dicho la parienta, porque mañana vienen a comer a casa mi hijo y mi nuera con los nietos. Lo recogeré cuando acabemos de aquí, pero que me lo vayan preparando y así no tengo que hacer cola. En diez minutos vuelvo.

            José tiene setenta y muchos años, pero se mantiene bien y aunque el pelo blanco le hace un poco más mayor de lo que es, se cuida y mantiene un buen físico. Sale y enfila la calle en dirección al mercado. Cuando ha andado una cincuentena de pasos se encuentra con Víctor, un tipo seco, escuálido, mal afeitado y no mejor vestido, que sube la cuesta que hace la calle en dirección al bar.

            ─Hombre mira quien hay por aquí ─dice José.

            ─Mira quien fue a hablar. Ya he visto que has salido del bar. Seguro que has metido la nariz en la olla, si te conoceré yo a ti ─dice Víctor en broma.

            ─Sabes que soy una persona educada y respetuosa y nunca haría una cosa así ─le contesta José con aire jocoso.

            Víctor le mira y sonríe

            ─ ¡Qué grande eres!

            ─ ¡Coño! Y tan grande que soy, tengo un montón de años…, y aquí me ves que parezco un chaval… Bueno, si no entramos en detalles —responde José soltando una carcajada—.  Oye voy a hacer unos encargos a la plaza y no tardo.

            ─Vale, yo voy pasando. Nos vemos ahora ─contesta Víctor, mientras sigue en dirección al bar.

            José Vilaseca lleva un montón de años jubilado. Trabajaba en una entidad financiera, hicieron un ajuste salvaje de plantilla y le pusieron de patitas en la calle. Le quedó una buena pensión, pero es que, además, estuvo unos cuantos años practicando el pluriempleo, bueno, aquí sería mejor decir la economía sumergida. Por mediación de alguien de la familia entró en contacto con una empresa que necesitaba un contable y que hiciera gestiones en la calle, tales como, por ejemplo, ir a los bancos, visitar algún cliente, cobrar, de vez en cuando recibos y cosas por el estilo y José encajó a la perfección en esas tareas. Como también es un hombre con inquietudes culturales ese trabajo le permitía tener casi todas las tardes libres y se lo supo compaginar muy bien. El tiempo que estuvo con el pluriempleo se sacó un buen sobresueldo y pudo hacer todo lo que le apetecía. Ahora goza de una situación económica desahogada. Vive con su mujer y tiene dos hijos bien colocados que ya le han dado nietos con los que se le cae la baba.

Detrás de la barra del bar está Ángela. Ángela es una chica de veinte pocos años que estudia fisioterapia, pero como necesita dinero le echa una mano a Fernando y así cubre sus necesidades. Mientras él cocina, va y viene; ella atiende a la clientela haciendo cafés, poniendo cervezas, vinos y retirando los servicios que ha usado el personal.

La chica tiene el pelo negro y lo lleva recogido en una trenza, los ojos negros, muy negros le dan una mirada profunda, las cejas perfiladas hacia arriba, la nariz romana y los labios pintados con carmín transparente realzan su belleza meridional. Además, ella sabe que tiene unas buenas delanteras y las luce, y eso a algún parroquiano le hace babear con disimulo, soñando imposibles que, con toda probabilidad, nunca serán.

Víctor, casi no ha entrado por la puerta del establecimiento cuando subiendo un poco la voz, dice:

            ─Buenos días, ponme una “barreja”.

             Poco a poco el bar se va llenando. Al ser sábado, la gente entra con calma, pero de manera casi continua. Unos piden tan solo un café o un cortado, se lo toman y se van. En cambio, otros se apalancan en una mesa, cogen un periódico, piden un bocata, se dan el festín y se pasan allí un buen rato. Algo bien merecido.

            Nadie recuerda ya el tiempo que lleva Víctor en el paro. Junto con un socio tuvieron durante un tiempo una empresa que se dedicaba a grandes instalaciones eléctricas. Quien los conoció en aquella época dice que eran muy buenos, pero como ocurre a menudo en ese tipo de empresas, un día, sin saber por qué los dos socios se discutieron y se separaron, no demasiado bien. Para terminarlo de arreglar al poco tiempo la mujer de Víctor murió de cáncer. Desde entonces, él no ha hecho otra cosa que dar tumbos, trabajando lo justo para ir tirando y sobrevivir.

            ─Toma tu “barreja” ─dice Ángela, dejando un vaso similar al de los cortados, pero más estrecho sobre el mostrador lleno a rebosar de un líquido color miel, mitad moscatel mitad cazalla, mientras lanza una mirada con desdén a Víctor, aunque él ni se entera.  

            A la vez que esto sucede llega al bar Hipólito López. Hipólito es un hombre metido en carnes de poco más de setenta años y con cara de buena persona. Jubilado sin problemas que trabajó en cincuenta cosas diferentes,

            ─Buenos días a todos menos a uno ─dice. Y coge por el cogote a Víctor que estaba de espaldas a la puerta con el vaso de la barreja en la mano, a punto de metérsela entre pecho y espalda.

            ─Seguro que ese menos uno soy yo, ¿verdad cabrito? ─dice Víctor, mientras sonríe y se da la vuelta.

            ─Que listo que eres, ¿cómo lo has adivinado?

            Y se dan un cálido abrazo.

            ─Déjame ver que está haciendo Fernando que no me fío mucho yo de este ─exclama Hipólito, dejando ir una sonrisa, mientras se dirige a la cocina. Allí encuentra a Fernando que está preparando unos bocadillos.

            ─Hombre, el que faltaba para el duro ─dice Fernando al verle.

            ─Qué pasa rufián, ¿ya lo tienes todo apunto?

            ─ ¿Tú qué crees?

            ─No sé, no sé. Igual aún me tengo que poner yo el mandil y meterme a los fogones, si no, no almorzamos —contesta Hipólito con una sonrisa de oreja a oreja.

            Fernando se lo mira, sonríe y no dice nada. Es su manera de ser: oír, ver callar…, y en algunos casos sonreír. 

            ─Estaréis contentos los culés, ¿no? Líderes en la Liga. El otro día le metisteis cinco a los pericos, claro que con esos ya podéis, también le ganasteis al Getafe y a la Juve, pero ya vendréis, ya.

            Quien así habla es Guzmán. Un tipo fortachón y de apariencia un poco ruda que tiene un potente chorro de voz y, de esa forma, anuncia su llegada a la puerta del bar. En realidad, él no es de ningún equipo y lo único que de verdad le interesa es su trabajo y pagar cuantos menos impuestos mejor. Pero le gusta meterse con los del Barça porque dice que son unas nenazas que se pasan el día quejándose.

            Guzmán tiene una lampistería muy cerca del bar de Fernando. Es el fontanero del barrio. No hay otro en muchas calles a la redonda. No le falta el trabajo, pero no para de quejarse, «qué si paga muchos impuestos, qué si cobra muy barato, que así no vale la pena…». Lo cierto es que vino de Venezuela a principios de la década y en poco menos de diez años se ha comprado un piso y tiene un apartamento en un pueblo de costa. Su mujer está en la tienda haciendo tareas administrativas y de atención al público, tiene un operario que le ayuda porque él no llega a todo. También hay que decir, en honor a la verdad, que nunca tiene un no para un cliente.

            ─Venga nena, ponme algo para ir entrando en calor ─dice Guzmán mientras se sienta en un taburete y se acoda en la barra─. Leche, mirad quien llega: la reina madre culé.

Y con el brazo extendido señala a la puerta por donde entra Enric Soteras, un barcelonista de pro.

            ─Anda, calla. Calla, que eres un “bocas” ─le contesta el recién llegado Enric. Un mecánico que ya los tiene hechos y su pasión es el fútbol, y su sueño que Cataluña sea independiente. Mientras cruza el umbral, se va para Guzmán y le da un abrazo. Los dos hombres se achuchan por un instante.

─Ahora hacía tiempo que no nos veíamos, ¿eh?

─Sí, desde antes del verano ─contesta Enrique.

─ ¿Tanto?

─Sí, tanto.

─Joder, cómo pasa el tiempo.

─Claro ─tercia Hipólito en la conversación con una suave sonrisa en los labios─, para vosotros el tiempo vuela porque sois unos empresarios con un montón de obligaciones que atender y mil cosas que hacer…, en cambio, yo que soy un pobre jubilado…

─Venga, déjate de mandangas y ven aquí con nosotros a tomarte algo para ir entrando en calor ─le responde Guzmán.

El trasiego de gente poco a poco va en aumento en la calle. Ya se ve a los más madrugadores que vuelven a casa después de hacer la compra. Algunos empujando un carrito, otros con bolsas, el denominador común, siempre es el mismo: recargar provisiones para el fin de semana y estar abastecidos para la semana siguiente, al menos de lo más gordo: frutas, verduras y las cosas de limpieza, que si el jabón para la ropa, que si el papel higiénico, que si rollos de papel de cocina… «Eso de hacer la compra, además de ser un coñazo, es el cuento de nunca acabar» piensa José mientras va camino del bar después de haber hecho los encargos que le ha dicho su mujer.   

29 de juliol 2024

NUEVA ETAPA

 

Hola a tdo@s, en 2004 cree este blog. Hace pues veinte años. Desde entonces colgó en esta ventana los artículos que me han ido publicando, tanto en la prensa como en los medios digitales. Han sido alrededor de unos 800. Todos de claro contenido político y/o social.

El pasado mes de junio, por razones que no vienen al caso puse punto final, espero que solo temporalmente, a esa faceta de gacetillero y, desde entonces no he subido nada a este espacio.

Sin embargo, ante la petición de algunos amigos a que subiera aquí algunos de mis escritos, aunque no hubieran sido publicados y mis ganas de no cerrar este espacio, él reconsideró mi decisión inicial y decidió dar un giro a este lugar, porque son muchos. años y me sabe mal que se pierde en el olvido.

Así pues, lo que haré será darle un nuevo enfoque conceptual y voy a ir subiendo cosas de literatura, es decir, algún fragmento de alguna novela, alguna narración de las que están en mi próximo libro que, muy probablemente, se titulará “Relatos dispersos”. “…, bueno, no sé. La cuestión es mantener una cierta actividad en el blog, al menos como hasta ahora. Espero que poco a poco se vaya definiendo el nuevo perfil y con la evolución de los acontecimientos y el paso del tiempo veremos cómo se desarrolla.

Os invitamos a que no dejéis de visitarlo y, por favor, si os parece oportuno me hagáis llegar vuestras consideraciones. Como no puede ser de otra forma os estaré muy agradecido.

Gracias por leerme.

 

Bernardo

 

15 de juny 2024

RESISTENCIAS AL CAMBIO

Los resultados de las elecciones al Parlamento europeo, del pasado 9-J, han hecho evidente lo que ya hace tiempo que se daba por hecho en la calle: un cambio de ciclo en la política catalana. Las cinco victorias consecutivas del PSC, cada vez más contundentes, junto al descenso sostenido del independentismo, han puesto de manifiesto ese cambio.

Sin embargo, las resistencias al cambio suelen ser habituales y, a menudo, una misma situación se ve desde ópticas diferentes y eso hace retrasar las transformaciones. De forma especial, cuando en esos cambios va incluido el modus vivendi de la mayoría de los afectados.

Eso es lo que está sucediendo en Cataluña. La realidad es la que es, pero los independentistas se obstinan en ignorarla. Lo pudimos comprobar, días atrás, en la constitución de la XV Legislatura del Parlament y la consiguiente elección de la Mesa de la Cámara catalana. La sesión no comenzó bien. El presidente de la Mesa de Edad, Agustí Colominas, ideólogo de cabecera de Carles Puigdemont, lejos de hacer una intervención protocolaria e institucional, como correspondía, se despachó con un discurso repulsivo, reivindicando la autodeterminación, el 1-O y con reproches a la judicatura

Luego, los partidos que habían sido gobierno, tanto en solitario como en coalición, en los últimos catorce años, con la colaboración de la CUP, hicieron oídos sordos a la anulación del voto telemático de Carles Puigdemont y Lluís Puig del Tribunal Constitucional (TC) y permitieron contabilizar, como válidos, los votos de esos dos personajes, para constituir una Mesa “antirrepresiva” (?).  Así lograron la mayoría y le otorgaron la presidencia del Parlament a Josep Rull, un talibán supremacista de formas refinadas y puño de hierro que tuvo una participación activa en la organización del 1 O.

Con esa forma de proceder, una vez más, se puso de manifiesto la falta de respeto a las normas de la democracia de los soberanistas catalanes que manipulan las instituciones a su antojo, se pasan la legalidad por el arco del triunfo y no dudan en utilizar cualquier argucia para lograr sus objetivos.

La cuestión no es baladí porque la Mesa marca los tiempos y decide de que se habla en el Parlament y, en esta ocasión, lo más importante: quién se presenta en primera instancia a la investidura, y ese es quid de la cuestión.

No obstante, no está claro que la Ley de Amnistía sea de aplicación inmediata. De momento, el Tribunal Supremo no ha levantado la orden de búsqueda y captura que pesa sobre Carles Puigdemont, Lluís Puig y Toni Comín.   Por consiguiente, podría suceder que el próximo 25 de junio, fecha fijada para la investidura, cualquiera de ellos podría ser detenido si cruza la frontera.  Pero si, aun así, el expresident decide regresar para presentarse a la mencionada investidura, sabe que no lo va a conseguir porque los socialistas ya han dicho por activa y por pasiva que no lo van a facilitar y sin los de Illa los números no dan . Ante esa dura realidad, parece que desde Junts quieren forzar la situación (léase aquí coaccionar a ERC) para que no dé apoyo a Salvador Illa y se tengan que repetir las elecciones.

Si es así, craso error, porque el altísimo abstencionismo en las elecciones europeas debería ser un serio aviso para aquellos que tengan tentaciones de ir de nuevo a las urnas. Si los líderes independentistas fueron avispados sabrían leer los resultados de las últimas contiendas electorales y entenderían que es hora de modificar planteamientos, cambiar estrategias y renovar liderazgos. Cataluña ha hablado muy claro, ahora hay que ver si los receptores de los mensajes los han comprendido y actúan en consecuencia.

Por otra parte, los acólitos de Puigdemont han lanzado amenazas más o menos veladas diciendo que si el PSC no facilita la investidura de su líder, ellos podrían hacer caer al Gobierno de coalición y progreso. Veamos. Si en Junts analizan la situación con la cabeza y no con las vísceras, muy pronto llegarán a la conclusión de que no les conviene poner la zancadilla a Pedro Sánchez para que se despeñe el Gobierno central. Todo hace pensar que el camino de la Ley de Amnistía en los tribunales ni va ser fácil ni rápido. Además, pronto se tendrán que negociar importantes iniciativas legislativas y ahí pueden tener tardes de gloria, y para el independentismo siempre será más rentable negociar con gente de izquierdas que con retrógrados políticos como Feijóo o Abascal.

No obstante, los que tienen la llave de la gobernabilidad son la gente de ERC ya ellos les toca decidir, ahora, entre su alma independentista o la izquierdasa que, curiosamente, suele desaparecer en los momentos más trascendentales.

Imaginemos, por un instante, la situación de ERC si se repiten elecciones: todavía estarán asimilando el varapalo del 12 M, sin dirección porque Oriol Junqueras ha dimitido, Marta Rovira ya ha dicho que no se volverá a presentar y Pere Aragonès que, una vez apeado de la presidencia de la Generalitat, dejará la primera línea política.   No parece el mejor modo de afrontar unos cómics.

Sea como esa, ya a pesar del revés sufrido por los socialistas en la elección de la Mesa del Parlament y algún que otro inconveniente que puede surgir en ese duro y difícil camino que va de la calle Pallars a la Plaza Sant Jaume de Barcelona, ​​el cambio político, en Cataluña, es un hecho. Tampoco deberíamos descartar una posible repetición electoral. Las resistencias al cambio acostumbran a ser inevitables, pero que nadie amigo que más pronto que tarde, un socialista, llamado Salvador Illa, será presidente de la Generalitat de Cataluña.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 06/05/2024

 

09 de juny 2024

LA EUROPA QUE VIENE


 

Sean cuales sean los resultados que mañana arrojen las urnas, en el próximo Parlamento europeo, los diputados elegidos van a tener que batir el cobre si quieren preservar lo que se ha logrado hasta ahora y perseverar para seguir avanzando hacia una Europa más unida, más justa, más social y más solidaria.

Aquel viejo adagio acuñado en la Roma imperial que dice: “si quieres la paz prepara la guerra”, sigue teniendo plena vigencia. El buenismo ha caducado y si Europa quiere ser respetada en el concierto internacional, la condición sine qua non es que deberá dotarse de unos sistemas de defensa propios y adecuados a los tiempos que nos ha tocado vivir. 

Los europeos hemos disfrutado, a excepción de los conflictos de los Balcanes, de un periodo de paz muy prolongado, en comparación con nuestra trayectoria histórica. La anexión de Crimea, en 2014, por parte de Rusia supuso la clausura de esa larga etapa de paz. Luego, la invasión de Ucrania en el invierno de 2022 y la respuesta coordinada de la UE dieron paso a una nueva época de la que, todavía, lo desconocemos casi todo, pero en la que no se vislumbran situaciones que inviten al optimismo.

La geopolítica global está en un proceso de profunda transformación. Hemos pasado de un mundo bipolar a una situación multipolar que todavía se está configurando, pero que, con toda seguridad, será muy diferente a lo que hemos conocido hasta ahora.

En este contexto, una cosa está muy clara: Occidente ha dejado de ser el gran Timonel y diversos países aspiran a jugar su rol de grandes potencias y brillar con luz propia. Es el caso de China, la India o Brasil, solo por poner algunos ejemplos.

Para ser alguien en el selecto club de las potencias internacionales, la UE debería marcarse como asuntos prioritarios, la defensa, el autoabastecimiento energético, la obtención de recursos estratégicos y ser pionera en nuevas tecnologías. O dicho de otro modo: depender cuanto menos mejor de otras potencias en aquellos campos que son fundamentales para el desarrollo y el crecimiento.

Sería absurdo negar que se está trabajando en esa dirección. Así, por ejemplo el gasto militar, aunque forzados por la situación internacional, ha aumentado de manera considerable, y hay iniciativas incipientes para mejorar su coordinación interna. Crece la producción de energía renovable que nos hará más independientes. Se invierte en tecnologías estratégicas y se ha hecho una apuesta decidida para impulsar la industria autóctona de microchips. Sin embargo, estamos, todavía, muy lejos de poder reducir nuestra dependencia de otros países.

No es mi intención escribir una oda al belicismo, pero la realidad es la que es. En el mes de noviembre de 2021, desde el departamento del vicepresidente de la Comisión Europea y máximo responsable de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell, bajo el título “Brújula estratégica”, elaboraron un documento que se hizo llegar al pleno de la Comisión Europea; con aquel estudio se quería forjar en la UE una posición común sobre las amenazas geopolíticas que afrontaba el club. Como primer paso se proponía la creación de una fuerza militar de emergencia antes de 2025. “Europa está en peligro y los europeos no siempre son conscientes de ello”, advertía Borrell en la presentación que hizo del documento a los principales medios de comunicación europeos. Pues bien, cuando falta medio año para que entremos en 2025, esa fuerza militar de emergencia que sugería el alto mandatario ni está ni se la espera.

Pero es que igual que ocurre con la defensa, ocurre con otros sectores estratégicos: o no se sincronizan las sinergias y cada país va por libre, en función de sus propios intereses. Existe una especie de apatía generalizada que hace que los Gobiernos de cada Estado estén más pendientes de su espacio nacional que de aquellas iniciativas que pueden dar robustez y cohesión a la UE. Por desgracia el cortoplacismo y el vuelo gallináceo tienen sus fervientes practicantes a escala europea.

Europa es también una suma de intereses contrapuestos; por eso es fundamental saberlos conjugar, de forma adecuada, para salvaguardar el bien común. Porque corremos el riesgo de que la UE se vaya vaciando de contenidos y los enfrentamientos entre los países empiecen a ser frecuentes. Si eso ocurre se darían alas al nacional-populismo, a la vez que facilitaría la penetración de otras potencias en nuestros nichos estratégicos de crecimiento.

Un dato: en 2023 se cumplieron 30 años de la creación del Mercado Único, en aquel entonces China y la India representaban un 4% de nuestro PIB, hoy ya son el 25%.  Por eso, la integración de los mercados financieros es fundamental para sufragar los costes de la transición verde. Algo que no será sencillo ni barato. En consecuencia, debería hacerse en comunión entre el dinero público y el privado; para lograrlo se tendrán que activar mecanismos que incentiven la inversión en esa línea.

En resumen, son muchos los ejes vertebradores que han sostenido a la UE y que empiezan a necesitar de una profunda remodelación y crear otros nuevos. No es fácil. Las resistencias al cambio son inevitables. Ahora bien, de no hacerlo, acabaremos siendo algo así como una sociedad de servicios que ofrece a los poderosos de otras latitudes, impresionantes destinos turísticos trufados con una interesante oferta histórica y cultural, y, también, un inmenso geriátrico donde podrán colocar a sus mayores cuando en sus lugares de origen ya no sean de utilidad.   

Quizás me equivoco, pero no creo que eso sea lo que más nos interese. En cualquier caso, mañana podemos empezar a evitarlo.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E-notícies 08/06/2024

01 de juny 2024

EL FUTURO EN JUEGO


 

Hace apenas quince días, Vox celebró una mitin en el Palacio de Vistalegre, de Madrid, reuniendo a unas 10.000 personas. El objetivo de aquel acto era caldear el ambiente de cara a la campaña electoral de las elecciones al Parlamento europeo del próximo 9 de junio.

Allí estaba lo mejor de cada casa de la extrema derecha y de la ultraderecha europea, estadounidense y latinoamericana. El anfitrión,  Santiago Abascal , consciente de la división y contradicciones que entre sí tenían sus ilustres invitados, quiso poner el énfasis en subrayar que todos ellos (la extrema derecha francesa, laica y afín a Putin; los ultracatólicos polacos, enfrentados a Rusia, los neofascistas   “lights” italianos, encabezados por Georgia Meloni, los anarcocapitalistas argentinos o los trumpistas estadounidenses) “comparten la misma amenaza” y tienen que “colaborar hombro con hombro, frente a un enemigo común: el socialismo”, proclamó sin rubor el líder de Vox.

Curiosamente, el “artista invitado” a aquel aquelarre ultra resultó ser un individuo que no se presenta a la cita con las urnas este próximo 9-J: el presidente argentino  Javier Milei . Ese personaje fue recibido y  aclamado como una auténtica estrella de rock por los asistentes . El descerebrado Milei cargó contra el “maldito y cancerígeno socialismo”, al que acusó de asesinar “a 150 millones de seres humanos”, identificándolo con el estalinismo. O sea, además de garrulo, ignorante. Disculpen ustedes el lenguaje tabernario, pero cómo calificar a un individuo que dice, entre otras sandeces, a quién le quiera oír que “La idea de justicia social es de resentidos, envidiosos, y además es injusta porque implica violencias y para hacer política redistributiva le tienen que robar a uno para darlo a otro ”, y algunos le jalean.

Tengamos en cuenta que los ultras, aunque tienen considerables diferencias entre ellos, tanto ideológicas como de funcionamiento, se aglutinan entrono a una serie de principios fundamentales que podríamos sintetizar en: La patria por encima de todo, el rechazo al aborto , a la  eutanasia , al  matrimonio entre personas del mismo sexo  ya la  familia monoparental ; para ellos las  familias han de estar  encabezadas exclusivamente por parejas de hombres y mujeres. Su discurso incluye la retórica  feminista , la crítica al  globalismo y el negacionismo ecológico.

 A lo largo de dos décadas, los dos grandes grupos parlamentarios, populares y socialistas, implementados por los liberales han hecho avanzar Europa. Ahora, los sondeos de opinión nos alertan de que esa etapa puede estar llegando a su fin y es muy probable que un partido como Los Verdes queden como una fuerza casi marginal y la derecha extrema tenga la llave de la gobernabilidad.

Resulta muy preocupante ver como la ultraderecha está creciendo de forma muy significativa en algunos países, y es más que probable que pueda dar el sorpasso, como por ejemplo en Francia. Da miedo pensar que gente de la catadura moral y política de Marine Le Pen o Víktor Orbán puedan tener el destino de Europa en sus manos. Si los sondeos se confirman, la ultraderecha se situará como la tercera fuerza de la Eurocámara desplazando a los liberales. Entonces, veremos qué rol quiere jugar el Partido Popular Europeo, si mantiene el cordón sanitario a los ultras o decide pactar con la extrema derecha, como ya ha insinuado Úrsula Von der Layen

El acercamiento de las derechas podría suponer un mayor endurecimiento de las políticas migratorias, ralentizar la transición ecológica o poner el freno de mano en cuestiones como, por ejemplo, la ampliación hacia el este, un proyecto en el que la adhesión de Ucrania es el gran objetivo. A todo esto, que no es poco, hay que añadir el cerco tecnológico a que nos someten China y Rusia, con espionaje, hackeo, desinformación, y otros sistemas de acoso de última generación.

Estamos viviendo una situación tremendamente delicada. Tanto es así que la unidad europea está en riesgo. Todavía no nos hemos recuperado de la lacra que supuso la pandemia, llevamos más de dos años con una guerra en el patio trasero de casa, a la que no se le ve el final y que amenaza con extenderse. Además del genocidio que se está cometiendo en la otra orilla del Mediterráneo, y que, en cualquier momento, puede convertirse en confrontación regional con unos costes humanos y materiales incalculables.

Es evidente que estos comicios no llegan en un buen momento para los proeuropeos. El próximo 9-J, nos jugamos buena parte de nuestro futuro. No obstante, la ciudadanía no percibe la importancia de estas elecciones. Es normal. Sin embargo, bastaría con echar un vistazo a nuestro alrededor para darnos cuenta de la importancia de las políticas comunitarias en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, cuestiones como la compra masiva de vacunas contra la Covid 19, coordinada desde Bruselas, los fondos Nex Generation EU que están sirviendo para reindustrializar nuestro país en verde y digital con empleos de calidad o iniciar el despliegue de las energías renovables no hubiesen sido posibles sin una UE cohesionada y con una elevada sensibilidad social.

En resumen, si los partidos progresistas son mayoritarios, asuntos tan vitales como aumentar los recursos regionales, los agrícolas o emitir deuda, se podrán llevar a cabo. Si, por el contrario, son los euroescépticos los que marcan el ritmo, la UE verá mermada su capacidad económica y la renacionalización de competencias estará a la orden del día. O dicho de otro modo, podríamos volver a la praxis política de 2008, cuando los halcones impusieron el austericismo como receta mágica para resolver todos los problemas.  Y de eso, tenemos amargas experiencias.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 01/06/2024

25 de maig 2024

UNA APROXIMACIÓN A LA EVOLUCIÓN DEL VOTO EN CATALUÑA


 

El pasado 20 de marzo se cumplieron 44 años de las primeras elecciones al Parlament, con la democracia recuperada. Los sondeos de la época auguraban una cómoda victoria al PSC, encabezado por Joan Reventós. Un mes antes de los comicios, los socialistas doblaban en intención de voto a CiU. Sin embargo, a medida que se acercaba el 20 M, la ventaja del PSC se fue esfumando. Al final, de forma muy ajustada, ganó Jordi Pujol. Hay quien dice que los socialistas tenían el cava preparado para celebrar la victoria, pero caducó en la nevera sin descorchar. Pujol fue hábil y, sin mayoría absoluta, pudo gobernar con apoyos tan heterogéneos como los que le prestaron UCD y la ERC de Heribert Barrera.

Para algunos aquella victoria fue un misterio. El PSC venía de ganar con holgura dos elecciones generales (en 1977 y 1979) y, también, las primeras municipales, en 1979. Aquella inesperada derrota y, poco después, el affaire Banca Catalana, marcaron el devenir del socialismo catalán durante mucho tiempo. Quizás, por eso, aquel patrón electoral, con pequeñas variantes, hasta la desaparición de CiU, se fue repitiendo en todos los comicios: en las autonómicas ganaban los nacionalistas sin piedad y en generales y municipales eran los socialistas los que imponían su ley.

En 1984, CiU alcanzaría la mayoría absoluta frente al PSC, que había sumado más de un millón y medio de votos en las generales de 1982 y había firmado una nueva victoria en las municipales de 1983, con 15 puntos de ventaja sobre la coalición nacionalista (el doble que en 1979). Sin duda, resulta difícil explicar de manera racional un escenario que permitía a un partido, CiU, ganar medio millón de votos entre las elecciones generales y las autonómicas y a otro, el PSC, perder setecientos mil en el mismo envite.

Miquel Roca, en 1980, hizo una aproximación bastante acertada cuando describió las elecciones autonómicas como un partido que CiU jugaba “en casa”. Y en ese escenario la federación nacionalista era capaz de movilizar hasta el último voto del centro catalanista: un abanico ideológico que abarcaba desde el centroizquierda más templado al conservadurismo más cerrado, bajo el común denominador de un nacionalismo de tonalidades diversas. Es decir, un catalanismo tímido que levantaba cabeza tras la larga noche de la dictadura y que abarcaba desde el independentismo silenciado al autonomismo más pragmático.

CiU supo aglutinar las clases medias, tanto urbanas como rurales. Era una idea bastante compartida que aquel tándem político era el que mejor representaba una identidad, comprendía unas inquietudes y tejía una esperanza de futuro. Además, Jordi Pujol emergió como un líder indiscutible, capaz de aglutinar una importante cantidad de adhesiones a su proyecto.

Por el contrario, a los socialistas no les quedaba más remedio que considerar aquellas derrotas autonómicas como un mal menor; aunque unos de los principales objetivos que se había marcado el PSC desde su fundación era gobernar la Generalitat de Cataluña. Los socialistas paliaban su desconsuelo con algún que otro ministerio en el Gobierno de España y los cargos en el sottogoverno. 

Este sistema, con pequeños altibajos funcionó prácticamente una veintena de años, en 1.999, el PSC encabezado por Pasqual Maragall quebró ese status quo. Los socialistas ganaron las elecciones al Parlament en votos, pero no en escaños y aunque CiU aguantó todavía una legislatura su decadencia se hizo inevitable. Tras las elecciones de 2003 se constituyó el primer tripartito presidio por Pasqual Maragall, mientras Pujol se retiraba y cedía la vara de mando a su delfín Artur Mas.

Los dos tripartititos (entre 2003-2010) supusieron un paréntesis en los gobiernos nacionalistas. Después del segundo presidido por José Montilla, Artur Mas, al frente de Convergencia, volvió a ganar las elecciones por un amplio margen, aunque sin mayoría absoluta y tuvo que pactar los presupuestos con el PP de Cataluña encabezado por Alicia Sánchez Camacho. Sin embargo, no supo o no pudo continuar el pujolismo sin Pujol y acuciado por la crisis económica, los recortes (su Govern fue el más implacable de toda Europa a la hora de meter la tijera en las políticas sociales) y la corrupción en su partido hicieron que disolviera Convergencia y se echase en brazos del independentismo.

Desde entonces hemos vivido una docena de años en el que el nacionalismo moderado, reciclado al independentismo ha vuelto a ser hegemónico y sus mayorías en el Parlament han sido incuestionables. No cabe duda qué ahí el señuelo de la independencia ha jugado un papel fundamental, sin pararse a pensar ¿y después qué? Los sentimientos han primado sobre la racionalidad política, las ideologías y el raciocinio. Como define perfectamente Raimon Obiols en su libro “El temps esquerp”, mucha gente pensó “i si ara sí? Y a nadie se le ocurrió pensar “i si ara no?

Pero todo se acaba, y las elecciones del 12 M no solo las ha ganado el PSC con una claridad meridiana, sino que el independentismo no ha logrado la anhelada mayoría absoluta. Eso no significa que las personas que votaban nacional-independentismo se hayan evaporado, ni mucho menos. En esta ocasión, hastiados por las falsedades del procés y, ante la imposibilidad de lograr lo que parecía que tenían en la punta de los dedos, decidieron votar otras opciones o quedarse en casa, pero esos votos se pueden reactivar por infinidad de cuestiones en cualquier momento.

Por lo tanto, hemos de ser conscientes de que aquí todavía no se ha terminado nada. Estamos en un receso y en función de cómo se desarrollen los acontecimientos, en una dirección u otra, sucederán muchas cosas.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 25/05/2024

19 de maig 2024

SABER PERDER

Cuando estas líneas salgan a la luz, habrá pasado casi una semana desde las elecciones al Parlament. En esos días, los medios de comunicación ya habrán hecho infinidad de análisis, publicado editoriales, tribunas, artículos y llevado a cabo toda clase de tertulias sobre los comicios y sus resultados. Por lo tanto, procuraré no repetir lo que ya se ha dicho y escrito hasta la saciedad. Pero voy a intentar hacer un poco de futurología política a ver si logro despejar alguna de las incógnitas que ha planteado la ecuación resultante del 12 M.

Los resultados, del pasado 12 de mayo, son un aval para la agenda del “reencuentro” que puso en marcha Pedro Sánchez con la mesa de diálogo y los indultos. Ahora, hay que ver la reacción de los partidos independentistas y si saben estar a la altura de las circunstancias, sin mezclar churras con merinas, es decir, si no trasladan su frustración a Madrid y quieren cobrar en el Congreso de los diputados lo que han sido incapaces de ganar aquí. Siempre se había dicho que las cuestiones de la política catalana se resolvían en Cataluña. Sin embargo, desde hace un tiempo el independentismo tiende a querer resolver sus problemas cerca de Cibeles

Pero quiero poner el foco en la política catalana porque las elecciones al Parlament iban de eso: de Cataluña. 

Para empezar, debemos reconocer que la decisión de Pere Aragonés que, tras el descalabro de ERC —anunció que no recogerá su acta de diputado y deja la primera línea política—, es un gesto que le honra. Una iniciativa muy poco habitual por estos pagos. En cambio, Oriol Junqueras apela al apoyo de la militancia para quedarse y ser el próximo candidato de ERC a la presidencia de la Generalitat.

Carles Puigdemont ya anunció el domingo —y ratificado después—, su decisión de presentarse a la investidura. En su opinión, puede lograr una mayoría más sólida que la del PSC; aunque parece poco plausible que desde ERC estén dispuestos a darle su apoyo. Además, necesitaría la abstención de los socialistas para ser investido y desde la calle Pallars ya le han dicho que no cuente con eso.

Puigdemont, aunque diga que no es deseable una repetición electoral, en realidad cree que podría rentabilizar una nueva convocatoria, entre otras cosas, porque haría campaña desde Cataluña y de paso asfixiaría aún más a ERC que no quiere oír hablar de elecciones ni en broma. Con todo, el expresident haría bien cumpliendo su palabra y abandonar “la política activa” tal como anunció en campaña. Pero esa es una decisión muy dura y por ello prolongará su agonía tanto como sea posible, exprimiendo al máximo su imagen de líder mesiánico, aunque eso signifique el bloqueo de institucional.

En esta situación, sería muy conveniente que el líder de Junts recordase que, en política, como en casi todas las actividades de nuestra vida, suele ser, más importante que saber ganar, saber perder. En consecuencia, si asimila esa realidad, prestaría un último servicio al país y a su partido que, sin él, podría encarar el futuro con determinación y sin cargas inútiles en el equipaje.

En cualquier caso, le corresponde a Salvador Illa hacer los primeros movimientos y establecer contactos para intentar formar Govern. El socialista puede negociar tanto con las fuerzas de izquierda —con la fórmula del tripartito ya utilizada en 2003 por Pasqual Maragall y en 2006 por José Montilla; aunque dudo mucho que ERC esté dispuesta a entrar en un tripartito con el PSC. En estos momentos los republicanos son un partido desnortado y sumido en una profunda crisis de identidad. También puede intentarlo con la derecha nacionalista —la inédita sociovergencia—, fórmula muy improbable porque tanto desde el PSC como desde Junts ya la han desechado. Ante esta situación no se debería descartar un Ejecutivo en solitario con una geometría variable que posibilite apoyos parlamentarios a varias bandas.

Si Salvador Illa opta, finalmente, por el Govern monocolor podría ceder a los republicanos la presidencia del Parlament a cambio de, por ejemplo, los votos para la investidura y los primeros presupuestos.

Otra opción podría ser un Govern en coalición con Sumar, pero los de Jessica Albiach saben que el PSC tiene, en la carpeta de los asuntos urgentes, temas como la ampliación del aeropuerto de El Prat, el Hard Rock o la B 40, cuestiones tabús par los Comuns.

A todo esto, no deberíamos obviar la posibilidad de que algunos, por intereses espurios, se enroquen para forzar una repetición electoral. Eso sería fatal, tanto para los partidos por el coste humano y material que supone una campaña, con la alta probabilidad de que los nuevos comicios den unos resultados muy similares a los actuales e incluso que el electorado castigue a aquellos que han forzado la repetición. Pero sobre todo, sería una situación de extrema gravedad para el país, entre otras cosas porque en 2024 estamos funcionando con los presupuestos de 2023 prorrogados y seguir unos meses sin Govern significaría no tener cuentas aprobadas, en el mejor de los casos, hasta mediados del año próximo. Una situación de interinidad que no nos podemos permitir.

Vamos a vivir días de tira y afloja. Habrá momentos que parecerá que todo se va a ir a Norris y otros que todo está hecho. No debemos perder la calma. Muy pronto comenzará la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo, del próximo 9 de junio, y eso va a suponer una relativa ralentización de la agenda política catalana, al menos de cara a la opinión pública, aunque en los cuarteles generales de los partidos se siga trabajando entre bambalinas. El día 10 del mismo mes finaliza el plazo para que se constituya la mesa del Parlament, entonces empezará otra vez el baile, ya definitivo, pero mientras, démonos un respiro, nos lo hemos ganado.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 18/05/2024

 

DECLIVE DEL NACIOANLISMO BURGUÉS CATALÁN

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