Vivimos en un mundo paradoxal. Las
grandes empresas cada vez acumulan más riqueza, mientras que los salarios están
estancados y la precariedad laboral le va ganando la partida al trabajo estable
y bien remunerado.
Según un informe
de la gestora de renta fija Pimco, la mayor del mundo, elaborado con datos
oficiales de la Oficina de Estadísticas norteamericana (Why U.S. productivity
gains no longer reach workers), aunque la economía crece y las empresas son más
productivas (en gran medida, gracias a las nuevas tecnologías), la parte proporcional
que reciben los trabajadores en forma de sueldo es la más pequeña desde que se
tienen registros en Estados Unidos, es decir, hace unos 80 años. O sea, la
riqueza aumenta, pero el dinero se lo quedan los de siempre.
En la
actualidad, en las empresas prima la obtención de beneficios rápidos por encima
de cualquier otra consideración. Eso las lleva a “contener” los gastos en las nóminas
para maximizar los dividendos. Además, la globalización hace posible que las grandes
empresas trasladen sus centros de producción a países con bajos costes laborales,
donde los sindicatos tienen poca influencia por lo que las reivindicaciones
laborales son entre escasas y nulas.
En este
contexto, el caso más paradigmático es de las tecnológicas que han convertido
la Inteligencia Artificial (IA) en el objeto del deseo y están destinando
ingentes cantidades de dinero en su desarrollo a la espera de unos beneficios
estratosféricos. Ahí el riesgo estriba en los recortes de plantilla, con
la automatización como telón de fondo. No hay multinacional que se precie que
no anuncie disminución de sus puestos de trabajo. Y eso tiene una evidente
repercusión en las arcas públicas. Menos personas que trabajan significa menos
contribuyentes al fisco, por lo que la pregunta es obvia: si las máquinas y los
algoritmos sustituyen a los humanos en sus trabajos, ¿también deberían asumir
los impuestos que estos dejan de pagar?
“En un principio
fueron ordenadores y software, y ahora se está añadiendo automatización e
inteligencia artificial, las herramientas tecnológicas sustituyen fácilmente a
mano de obra de nivel medio y cada vez más la cualificada. Las perspectivas
para la participación laboral no son buenas. Las grandes empresas tienen ahora
un fuerte incentivo fiscal para invertir en tecnologías que ahorran costes
laborales. La IA sigue siendo un sustituto relativamente asequible y
desplegable para muchas tareas que actualmente realizan los humanos”, sostiene Tiffany
Wilding, economista de Pimco.
El factor
trabajo, vía IRPF y las cotizaciones sociales, son uno de los pilares de los
sistemas fiscales de la práctica totalidad de los países, y el impacto de la
automatización en las bases imponibles —o, dicho en otras palabras, la merma
que puede generar en la recaudación— empieza a ser un tema de preocupación. En
2019, el premio Nobel Edmund Phelps propuso un impuesto a los robots para
contribuir al mantenimiento de las prestaciones sociales. Poco antes lo había
hecho Bill Gates, fundador Microsoft que sugirió aplicar a los robots la misma
carga fiscal que soportaría el trabajador sustituido por ellos.
“La tendencia
hacia la automatización y la IA podría provocar una disminución de los ingresos
fiscales. En Estados Unidos, por ejemplo, cerca del 85% de la recaudación
federal proviene de las rentas del trabajo”, afirma Sanjay Patnaik, director
del Centro de Regulación y Mercado del think tank estadounidense
Brookings Institution. Y sugiere que los Gobiernos aborden “los riesgos que
plantea la IA” elevando la tributación del capital en lugar de crear un
impuesto específico sobre ella, por las dificultades en su diseño y las
distorsiones que podría generar.
El Fondo
Monetario Internacional (FMI) también se ha sumado al debate. Economistas del
organismo no recomiendan gravar de forma específica la IA —podría frenar la
productividad y distorsionar el mercado—, pero instan a los Estados a
permanecer vigilantes ante posibles escenarios disruptivos. Entre sus propuestas
figuran elevar la imposición sobre el capital, crear un impuesto complementario
sobre los beneficios corporativos “excesivos” y revisar los incentivos fiscales
a la innovación, las patentes y otros intangibles que pueden favorecer la
destrucción de empleo.
Este asunto no
ha hecho más que empezar, En el aire quedan preguntas como, por ejemplo, si los
trabajadores pierden poder adquisitivo, ¿quién tendrá dinero para comprar lo
que las máquinas producen? ¿Si el peso de los salarios disminuye, de dónde vendrán
los futuros ingresos fiscales?
La cuestión de
fondo es que en el mundo hay riqueza más que suficiente para que todos los
habitantes del planeta Tierra podamos vivir con dignidad. Sin embargo, la
codicia de las oligarquías económicas es tan desmesurada que nos condiciona en
función de nuestros lugares de origen, residencia o extracción social. Algo que
se debería evitar a toda costa.
Bernardo
Fernández
Publicado en
CORTUM 01/09/2026
