La extrema derecha y sus adláteres están
empeñados en dinamitar el statu quo establecido a partir de 1945. Para lograrlo,
utilizan todos los instrumentos a su alcance y, en una sociedad híper conectada
como la actual, los medios de comunicación y las redes sociales son
herramientas de primera magnitud.
La derecha extrema ha construido un
relato en el que hace responsable de todos los males que nos aquejan a la élite
política, al feminismo y a los inmigrantes. Esos son, a su modo de ver, los
causantes de todas nuestras desgracias. Y hemos de admitir, que esos discursos
no funcionarían si no tuviesen una parte de verosimilitud para amplios sectores
de la población. Ahí está, por ejemplo, la hipocresía de algunas fuerzas
progresistas respecto a la inmigración (se la defiende de boquilla, pero se la
reprime en la frontera) o el alejamiento de las élites respecto a los problemas
de la clase trabajadora.
La organización no gubernamental Freedom
House, con sede en Washington, que se dedica a promover la democracia y los
derechos humanos, advierte que la libertad en el mundo lleva más de quince años
retrocediendo. Cuando en 1989 cayó la Unión Soviética parecía que las
democracias liberales habían ganado la partida. Sin embargo, estamos viendo
como las autocracias avanzan y las derechas están marcando el ritmo.
La crisis financiera de 2008 supuso un
punto de no retorno. El riesgo de colapso era tan grande que el entonces
presidente de la República francesa, Nicolás Sarkozy, habló de “refundar el
capitalismo”. Pero la realidad ha sido mucho más prosaica y el capitalismo ha
acabado reformulando todo lo demás. Ahí están, como ejemplo, la
socialdemocracia desarbolada, la izquierda clásica desnortada y los sindicatos sin
respuestas. Catorce años después las heridas aún supuran.
Desde entonces, el capitalismo campa
a sus anchas, han aumentado las desigualdades y se están normalizando los
patrimonios desmesurados; por no hablar de la precariedad laboral o la práctica
desaparición de las clases medias.
Este estado de cosas está propiciando
la desafección de la ciudadanía a la política y ese es el caldo de cultivo
idóneo para los populismos y para que triunfen los autoritarismos. En su libro
“El ocaso de la democracia”, la ensayista conservadora
Anne Applebaum pone el foco en tres factores. Uno, atribuir la responsabilidad
de los problemas a la oposición o a un enemigo externo (los inmigrantes son la
cabeza de turco más recurrente). Dos, proponer soluciones fáciles: “Con
frecuencia las personas se sienten atraídas por las ideas autoritarias porque
les molesta la complejidad, la división y prefieren la unidad”. Y tres, apelar
a discursos pesimistas y al miedo: “Estados Unidos está condenado, Europa está
condenada, la civilización occidental está condenada. Los responsables son la
inmigración, la corrección política, los transgénero, las élites, la izquierda
y los demócratas”.
De hecho, la situación actual no es
nueva. Los años veinte-treinta del siglo XX fueron una época convulsa con
muchas similitudes con la actual. La evolución monopolista y desigualitaria del
capitalismo y la incapacidad de los gobiernos de la época desembocaron en una
situación de crisis permanente.
La respuesta a aquel estado de cosas fue
construir un New Deal, un nuevo contrato social de la democracia liberal y
del capitalismo con el conjunto de la población. Para lograrlo hubo que
concitar amplios consensos sociales y coaliciones políticas. El discurso de las
“cuatro libertades” (libertad de expresión, libertad religiosa, libertad para
aspirar a una vida mejor y libertad de vivir sin miedo) del presidente
Roosevelt del año 1941 fue determinante. La gran novedad política fueron las
dos últimas libertades: aspirar a vivir mejor y vivir sin miedo a la
inseguridad económica concitaron el apoyo mayoritario de la ciudadanía. El
siguiente paso para consolidar ese nuevo contrato lo dio el Reino Unido tras la
Segunda Guerra Mundial, al poner en práctica las políticas keynesianas basadas
en la intervención del Estado para estimular la demanda, combatir el desempleo
y superar las crisis manteniendo así la ocupación y el impulso a las
inversiones públicas para estimular el crecimiento económico, al tiempo que el
Estado garantizaba una educación y una sanidad pública universal y gratuitas y
seguros públicos de desempleo y jubilación.
Solo así podremos empezar a contrarrestar
el discurso xenófobo y falaz de la derecha extrema y la ciudadanía volverá a
creer en la política cuando vea que solventa problemas y mejora la calidad de
vida de las personas.
Y es que la historia siempre nos da
clases magistrales, otra cosa es que nosotros las queramos aprender.
Bernardo Fernández
Publicado en EL TRIANGLE 17/08/2026
