02 de juny 2026

LA DERIVA DERECHISTA DEL NACIONALISMO CATALÁN

En los albores de la democracia recuperada, decían que Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) era un partido de centro con una altísima sensibilidad por las cuestiones sociales; mientras que Jordi Pujol se postulaba como político nacionalista con una visión poliédrica de la situación sociopolítica. Esa supuesta cosmovisión le llevó a flirtear con la socialdemocracia. Pero desde que, en 1980, contra pronóstico, alcanzó la presidencia de la Generalitat, los gobiernos dirigidos por él empezaron a aprobar presupuestos y a hacer política desde su credo ideológico; entonces quedó claro que, CDC no era un partido de centro, sino directamente de derechas y lo de la socialdemocracia un espejismo, porque Pujol y su entorno eran conservadores en lo económico, paternalistas en lo social y radicalmente extremistas en los asuntos identitarios. 

Con esos mismos criterios, el patriarca de la política catalana lideró, con mano de hierro, CDC todo el tiempo que fue president de la Generalitat; mientras que, a sus socios de coalición, Unió, ya les iban bien aquellas tendencias si podían tocar poder.

Todos sabemos cómo acabó CDC, No voy a insistir en ello. Quiero poner el foco en lo que vino después: el Partit Demòcrata Català (PDCat), que fue la organización que sucedió a la desaparecida Convergencia. Los mismos que habían liderado CDC, siguieron pilotando la nueva formación, incorporando alguna cara nueva de muy segunda fila para blanquear la imagen. No obstante, la aventura fue corta, de 2016 a 2018, tras diversos bandazos y alguna lucha intestina nació Junts per Catalunya. Tras ser registrado como partido en julio de 2018, permaneció bajo el paraguas de la coalición homónima Junts per Catalunya (JuntsxCat) como mera entidad instrumental, sin —digamos— vida propia. Esa situación mutó en julio de 2020, cuando Carles Puigdemont y varios miembros de su entorno asumieron el control del partido, apartándolo de la coalición JuntsxCat con el objetivo recuperar el espacio político que aglutinó CiU, pero ahora bajo el liderazgo del expresident fetiche (Puigdemont). El primer congreso de Junts se llevó a cabo entre julio y octubre de 2020 y concurrieron como partido en solitario por primera vez en las elecciones al Parlament de 2021.

Tras las elecciones generales de julio de 2023 y con la firma de los acuerdos con el PSOE para investir a Pedro Sánchez, se abrió una ventana de esperanza ante la posibilidad de que Junts se instalase en la centralidad de la política catalana y colaborase de forma activa en la política española con una visión progresista. Sin embargo, aquello fue como el sueño de una noche de verano; porque hemos visto como los pos posconvergentes han ido mudando la piel de forma continua, deslizándose a posiciones cada vez más de derechas, hasta el punto que resulta difícil discernir si determinadas iniciativas y/o posicionamientos políticos son de Junts, del PP o de Vox, a juzgar por sus planteamientos sectarios, cuando no elitistas e incluso xenófobos. En lo que llevamos de legislatura, los de Puigdemont han votado más veces con el bloque de la derecha que con la mayoría de la investidura. El diario de sesiones del Congreso de los Diputados da fe de estas afirmaciones.    

Un ejemplo evidente de esa derechización se produjo en el mes de abril, cuando Junts votó con el PP y Vox la tramitación de una proposición de los populares para una ley del Suelo. En texto incluye una disposición derogatoria para eliminar “los aspectos más lesivos” de la ley de vivienda de 2023. En concreto, se propone la supresión de “las medidas intervencionistas en el mercado de alquiler como las zonas de mercado tensionado, los índices de los alquileres, el control de precios y los instrumentos de apoyo a la inquiocupación”.  La intención última de Junts al dar soporte a esa iniciativa era derrumbar toda la arquitectura legislativa en la que se basa la política de vivienda del Govern catalán. Como si no hubiera decenas de miles de catalanes que ven truncados sus proyectos de vida porque no pueden acceder a una vivienda por su carestía.

Ahora vemos con claridad lo que Junts buscaba al hacer pactos con el PSOE: primero, conseguir la amnistía para los condenados por el procés y, luego, exprimir al Gobierno (máximo representante del pérfido Estado español) como si fuera un limón para luego dejarlo tirado. El resto les importa un pimiento.

Y parece que esto ya no más de sí. En estos momentos difíciles que vive el socialismo y por extensión el Gobierno de coalición, los de Junts, por boca de su portavoz en el Congreso, Miriam Nogueras, con su elegante y cuidada oratoria no desaprovechan las ocasiones que se les presentan para decirle al presidente que: “menosprecia a la democracia” o que carece “legitimidad democrática”, entre otras lindezas por el estilo.

Los proyectos económicos y sociales de PP y Junts son, prácticamente, intercambiables, difieren en lo identitario porque mientras para unos lo español es prioritario, para los otros su visión de Cataluña está por encima de todo y de todos; en lo demás las diferencias son “peccata minuta”. Por eso, en Junts no tendrían ningún empacho en pactar con los populares, y si no apoyan la cacareada moción de censura del PP es porque la línea roja la marca Vox. 

Solo faltaba la aparición en el tablero político de Alianza Catalana, con las encuestas advirtiendo que ese partido les está comiendo el terreno para que en Junts entren en pánico, y para salvar la situación no han tenido mejor ocurrencia que poner en práctica las políticas de PP y Vox. La prioridad nacional, y primero los de aquí en versión catalana.

Por lo visto, los de Puigdemont piensan que derechizando el discurso encontrarán la solución a sus problemas. Craso error. Como diría un creyente “en el pecado tendrán la penitencia”.

 

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en Catalunya Press 31/05/2026

 

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