Solemos decir que en la extrema derecha
todos son iguales y los metemos en el mismo saco. Tremendo error. La
ultraderecha es heterodoxa y, por consiguiente, deberíamos ser muy cautelosos a
la hora de generalizar. No obstante, está claro que existen concomitancias entre
las clases más populares y los partidos más derechistas.
La expansión del extremismo de derechas
hace tiempo que se incuba. El Brexit es un claro ejemplo. Fue el primer gran
estallido del nacional populismo que culminó, en 2016, con el divorcio entre
Gran Bretaña y la UE. Las clases trabajadoras de la Inglaterra profunda,
embaucadas por vendedores de humo, vieron la oportunidad de darle una patada,
en salva sea la parte, al establishment y no se lo pensaron demasiado.
Unos meses después, Donald Trump ganaba,
por un estrecho margen, las elecciones a la presidencia de EE. UU.; lo logró
gracias a que había conectado con importantes sectores de trabajadores blancos
desencantados con la situación. Ocho años más tarde, volvió a ganar, pero en
esta ocasión añadió a su nicho de votantes buena parte de las clases populares
latinas y afroamericanas.
Algo muy similar está sucediendo en
Francia con el partido de Le Pen y en Alemania, el respaldo a Alternativa para
Alemania (AfD) crece en cada proceso electoral, sobre todo en la parte
oriental, pero también en los entornos más desfavorecidos de la antigua
república federal y lo mismo podríamos decir el FPÖ en Austria.
En España, sin embargo, el proceso ha
sido algo diferente. Es cierto que aquí la extrema derecha no tenía presencia
en las instituciones, pero la sombra del franquismo es muy alargada y sigue presente
en buena parte de la judicatura y de los medios de comunicación. Pero, desde la
pasada década, los ultras han perdido la timidez y cada día que pasa están más
presentes en la vida cotidiana, mientras va logrando cuotas de poder en
ayuntamientos y comunidades autónomas.
Con todo, esta evolución no deja de ser
paradójica. Porque el cuerpo doctrinal de Vox está trufado de principios que
chocan con los intereses de las clases populares. No obstante, con ganchos como
la “prioridad nacional” y otras simplezas similares consiguen atraer a
ciudadanos que se sienten defraudados por la política más convencional.
El terreno abonado que facilita el
incremento continuado de ultraderecha viene dado por la insatisfacción
socioeconómica que genera el sistema, malestar con respecto a cómo va el mundo,
ya sea por la precarización, por los efectos de la globalización, la
deslocalización de empleos, el incremento de la inmigración o los cambios
sociales que desorientan. Ante ese malestar, a veces indefinido, aunque
bastante generalizado, hay una fuerte propensión a considerar como culpables de
la situación a los partidos del sistema y responsables del statu quo vigente.
La socialdemocracia, pese a ser abanderada de la protección social, no se han
librado de ese estigma en muchos casos. Y, en gran medida, se han convertido en
referente para clase media-alta urbana.
Desde los años ochenta del siglo pasado,
los partidos socialdemócratas europeos han girado hacia posiciones más
centristas, al calor de la hegemonía del conservadurismo liberal. La
socialdemocracia ha perdido credibilidad porque, cuando llega al gobierno,
suele adaptarse casi de inmediato a las exigencias de los mercados globalizados
y mantiene, en lo esencial, las políticas económicas de la derecha como mal
menor. Da la impresión de que ha renunciado a su razón histórica de ser:
redistribuir la riqueza para reducir las desigualdades sociales, y regular el
capitalismo mediante iniciativas reformistas.
En este contexto, resulta interesante
analizar el caso Trump, que ya en su primer mandato aprobó una reforma
fiscal que solo favorecía al 1% más rico de la población y, a pesar de ello,
logró conseguir un segundo mandato con el apoyo de clases que no fueron
beneficiadas en el primer periodo. El Brexit y sus líderes más destacados
―Johnson y Farage― no son, ni por casualidad, paladines de las clases
populares, pero obtuvieron el apoyo de ellas. Pues bien, con Vox sucede algo
similar.
Mientras escribo estas líneas, llega la
noticia de que la AfD ha ganado este domingo en las elecciones del Estado
de Sajonia-Anhalt con un 44,5% de los votos, eso les da 39 escaños en el
Parlamento regional, cuando la mayoría absoluta son 42. A su vez, los
democratacristianos de la CDU bajan de 40 a 16 escaños y los socialdemócratas
del SPD aguantan con un raquítico 9.1% perdiendo un solo diputado (de 9 a 8). Ese
triunfo nos interpela a todos y nos obliga a replantearnos las estrategias que
hemos seguido hasta ahora con los extremistas de derechas.
Pese a todo, y sin caer en la candidez,
debemos ser razonablemente optimistas. Para ello, es imprescindible que la
socialdemocracia quiera recuperar la credibilidad como opción defensora de los
desfavorecidos. Por lo tanto, habrá que cambiar de rumbo estratégico y, sobre
todo, de modos de actuar desde los gobiernos. Es cierto que la composición actual
UE no facilita el cambio de enfoque, aunque ello no nos debe llevar al
repliegue nacionalista (como propugna la extrema derecha). Hay que romper
definitivamente con el neoliberalismo, impulsar otras políticas desde las instituciones
para atacar a fondo las causas de la actual crisis que están en el aumento de
las desigualdades. Para decirlo claro: la socialdemocracia debe tomarse en
serio la democracia, reforzar mucho más los vínculos supranacionales a nivel
europeo, conectar con los perdedores, atreverse a regular los mercados desde el
gobierno e impulsar una redistribución de riqueza justa y equitativa.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 07/09/2026

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