Desde que, el pasado mes de julio, el
Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) dio el aval a la ley de
amnistía, aprobada en el Congreso de los Diputados para exculpar a los líderes
independentistas catalanes, la idea de que, más pronto que tarde, Carles
Puigdemont pudiera volver a Cataluña ha ido tomando carta de naturaleza. Por
ese motivo, a primeros de septiembre, con tanto sigilo como determinación, se iniciaron
los contactos para acercar la élite empresarial de Cataluña al partido de
Carles Puigdemont, JxCat.
En las conversaciones llevadas a cabo
en la primera semana de octubre, la patronal, aprovechando la ocasión, presionó
para que el grupo parlamentario de Junts en el Congreso votase en contra de los
decretos que sobre vivienda iba a presentar el Gobierno central. Eso explica el
cambio de posición de los diputados “juntaires” horas antes del Pleno. Al fin y
al cabo, para la inmensa mayoría de empresarios y clases pudientes, el mercado
de la vivienda es un parte más de su entramado de intereses.
Las clases burguesas catalanas añoran
aquellos tiempos en que negocio y política iban de la mano. La entente entre
CiU y el mundo financiero catalán generó unos resultados excelentes para ambas
partes durante la larga estancia de Jordi Pujol al frente de la Generalitat.
Luego, con la desaparición de CiU y los años turbulentos del procés todo quedó
en agua de borrajas. La fiebre independentista hizo que el centro político
nacionalista catalán quedara desierto. Sin embargo, ahora, que existe una
cierta normalidad política en Cataluña, determinados sectores sociales, entre
los que no falta ni la élite empresarial ni las clases más acomodadas (en
realidad, dos caras de la misma moneda) están moviendo resortes para recuperar
aquel espacio de centroderecha que ocupaba Convergencia y, para lograrlo, nadie
mejor que los herederos de la coalición que hizo posibles tan suculentos
negocios, JxCat.
El primer paso para recuperar aquella
centralidad es potenciar un partido político con un líder que tenga tirón
popular y sea sensible a los intereses del empresariado y el mundo de las
finanzas. Y ahí, todas las miradas están puestas en Carles Puigdemont porque,
de momento, no hay nadie más.
Hace unos días que el juez Pablo
Llarena levantó la orden de detención al expresident y los dos “exconsellers”, Lluís
Puig y Toni Comín que le acompañaron en el teórico exilio por lo que ya pueden
volver a España, y así lo hicieron. El primero tuvo su minuto de gloria cuando
apareció en el Parlament para ocupar su escaño. Mientras que Comín fue a Madrid
para acatar la Constitución; la misma que él y otros diputados independentistas
derogaron en el Parlament de Catalunya los días 6 y 7 de septiembre de 2017,
solo así podía recuperar el acta de parlamentario europeo y el sueldo, las dietas
y el apoyo logístico que conlleva.
Tanto uno como otro han fanfarroneado
de la victoria del independentismo frene al Estado. Olvidando que, si no
hubiese sido porque un Gobierno progresista puso en marcha la ley de amnistía, seguirían
en el extranjero.
Mientras tanto, en el entorno de
Puigdemont están valorando cuando le será más rentable regresar. Con tantas
fechas “históricas” que nos dejó el procés hay dónde escoger. No obstante, va
ganando fuerza la idea de que sea después del 29-N, no vaya a ser que en esos
comicios los resultados no sean boyantes para Junts y atribuyan al expresident
el batacazo. Además, si vuelve en plena contienda electoral, difícilmente
miembros de otros partidos querrán participar en los fastos. Sin embargo, si lo
hace en otra época, la concurrencia puede ser más numerosa.
Puigdemont ya ha dicho que quiere hacer
un recorrido por el país “para tomar el pulso al territorio”, y qué luego no piensa
ejercer de líder de la oposición. Está claro que eso de ir al Parlament y
tragarse alguna que otra sesión soporífera, preparar intervenciones para
rebatir a Salvador Illa, arremangarse y batallar en la política de las cosas o
hacer propuestas para solventar asuntos como la vivienda, la dependencia o los
problemas de Rodalies que son los temas que preocupan a los catalanes no va con
él. Lo suyo son las grandes hazañas como huir de la justicia escondido en un
coche y vivir a cuerpo de rey en una residencia con un alquiler de 30.000 euros
mensuales.
Ahora bien, si no le interesa ejercer
de líder de la oposición ¿por qué se ha hecho guardar un escaño en el Parlament
y no ha permitido que otro diputado ocupe su lugar?
Vienen tiempos muy complejos para
Junts, con un líder que no quiere bajar a la arena y sin nadie de su entrono capaz
de asumir esa responsabilidad. Mucho me temo que aquellos que añoran la época dorada
del pujolismo y sueñan reeditarlos con Puigdemont recuperado, deberán ir
pensando en otro cesto para poner los huevos, porque para ellos esto va de negocios
más que de política. Se trata de tener una brillante cuenta de resultados. Lo demás, en realidad, les importa entre
menos y nada.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
26/10/2026






