Los referéndums los carga el diablo. El
23 de junio de 2016, cerca de un 52% de británicos votó salir de la UE,
mientras que el 48% quería seguir en el club. Se han cumplido diez años desde aquella
aciaga fecha y el balance no puede ser más desalentador.
Los promotores de aquel divorcio
político, encabezados por Boris Johnson y Nigel Farage, entre otros, mintieron
como bellacos, y la campaña propagandística que hicieron para salir de la Unión
estuvo plagada de falsedades como se ha demostrado con el paso del tiempo. Una
de las promesas era que los ciudadanos del Reino Unido mejorarían su calidad de
vida y que con el dinero que se dejase de aportar a Europa se podría reforzar
la sanidad pública. Sin embargo, el sistema de salud británico sigue siendo muy
deficitario y está claro que la separación no ha traído nada nuevo ni bueno a
los británicos.
El Brexit ha sido un auténtico pozo sin
fondo para la economía británica. De hecho, la Oficina de Responsabilidad
Presupuestaria pronosticó en su día un descenso del PIB del 4% por la salida de
la UE. No obstante, diversos estudios recientes sitúan la bajada en el 8%.
Desde el 2016, más de 440 firmas financieras han trasladado parte de su
actividad de la City a la UE, dejando escapar unos 900.000 millones de libras
de activos bancarios (el 10% del sistema británico) al fragmentarse el negocio
entre las plazas de París, Frankfurt, Dublín y Amsterdam, aunque el verdadero
ganador no ha sido Europa, sino Nueva York ya que Londres ha perdido atractivo
internacional.
La contracción de le economía tuvo como
consecuencia la aparición inmediata de una serie de barreras no solo arancelarias,
también surgió un denso entramado de burocracia, controles fitosanitarios y
retrasos aduaneros que han supuesto un sobrecoste medio del 8% sobre el valor
de las mercancías, actuando como un arancel encubierto que además ha lastrado
la productividad un 4%. Ese sobrecoste ha golpeado al tejido empresarial de
forma asimétrica. Algo así como una tasa regresiva encubierta que las
multinacionales han absorbido como un coste administrativo, mientras que las
pequeñas y medianas empresas han sido parcialmente expulsadas del comercio con
Europa. Los microexportadores han perdido en esta década sobre el 31% de sus
flujos hacia la UE.
Pero los inconvenientes no son solo
económicos, también los hay a nivel práctico, como, por ejemplo, las
restricciones a la hora de moverse entre el Reino Unido y la UE. Con la
implantación del Brexit quienes quieran viajar de un territorio hacia otro solo
pueden hacerlo libremente durante un máximo de 90 días, y desde abril de 2025
los ciudadanos comunitarios han de solicitar previamente una Autorización
Electrónica de Viaje para poder cruzar la frontera. O sea, un eufemismo para no
llamar al documento pasaporte.
Desde la salida de la UE la política en el Reino Unido ha entrado en una fase de inestabilidad permanente. En estos diez años ha habido seis primeros ministros y la dimisión del actual, Keir Starmer, ya está sobre la mesa y no tardará en hacerse efectiva.
Según diversos estudios, no fueron solo los asuntos económicos los que impulsaron a muchos ciudadanos a optar por el divorcio con la UE; la posibilidad de que, de esa manera, se reafirmaba la identidad nacional también jugó su papel. Querían más Reino Unido, menos Europa y, también, menos inmigración. Sin embargo, la realidad una década después es que muchos comunitarios han puesto pies en polvorosa, se calcula que entre 2021 y 2025, unos 160.000 ciudadanos comunitarios han marchado del Reino Unido, mientras que las llegadas procedentes de países extracomunitarios se han disparado, según datos oficiales.
Con la perspectiva que da el paso del tiempo, podemos afirmar que el Brexit fue un auténtico despropósito político, consecuencia del capricho de unos descerebrados que creyeron ver la luz donde todo eran tinieblas. Lo lamentable es que, por esa falta de capacidad de unos dirigentes ineptos, los ciudadanos británicos llevan diez años asumiendo los costes del desaguisado.
Ante este panorama tan poco talentoso, sería deseable que esta columna sirviera de aviso para navegantes y los separatistas más hiperventilados, que aprendan de la experiencia ajena, se den un baño de realidad y comprendan que las promesas imposibles acaban pasando factura a los ciudadanos. Ni la geopolítica del momento, ni la situación socioeconómica conforman el escenario idóneo para imaginar aventuras más propias de la ciencia ficción que de la realidad del siglo XXI.
El problema estriba en que no hay más sordo que el que no quiere oír ni más ciego que el que aquel que no quiere ver y, de esos, por desgracia, hay muchos.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 05/07/2026





