En
estos días se cumplen noventa y cinco años de la proclamación de la Segunda
República española. Aquel 14 de abril resulta muy difícil entender si no se
conoce el contexto socio político que hizo posible el advenimiento.
La
República fue precedida de una dictadura que arrancó en 1921 y duró hasta 1930
y que, como todos los sistemas autocráticos, acabó en fracaso. Ante esa
situación, Alfonso XIII intentó devolver el país a un sistema más o
menos democrático. En un primer momento confió en el general Dámaso
Berenguer para recuperar la "normalidad" constitucional, pero no
lo consiguió. Finalmente, el almirante, Juan Bautista Aznar, intentó
salvar los muebles con un gobierno de concentración; sin embargo, la suerte
estaba echada.
Aquella
situación había deteriorado gravemente a la monarquía, generando una larga
crisis política. La conjunción de los problemas económicos internos con los de
la depresión mundial y un renacimiento intelectual muy potente gestaron la
tormenta perfecta para que se produjese el cambio de régimen. Semejante
eclosión no hubiera sido posible si en agosto de 1930 no se hubiera firmado el
Pacto de San Sebastián. Los dirigentes políticos que se pusieron al frente de
aquella iniciativa eran hombres que, procediendo de posiciones ideológicas muy
distintas, en algunos casos antagónicas, supieron priorizar lo importante, lo
que les unía por encima de lo que les separaba y les apartaba del objetivo
final: la proclamación de la República.
Personajes
de talante político tan diverso como Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña, Álvaro
de Albornoz, Casares Quiroga, Marcelino Domingo, Alejandro Lerroux o Ángel
Galarza renunciaron a muchas cosas para lograr un bien superior. A título
personal asistió a las conversaciones el dirigente socialista Indalecio Prieto
y tanto el PSOE como la UGT acabaron uniéndose al pacto unos meses más tarde.
El
cambio de régimen tuvo enormes consecuencias. Para Manuel Azaña, el político
que mejor la encarnó el espíritu republicano, “la República devolvía las
libertades a los españoles y devolvería al país la dignidad nacional. “La
República venía realmente […] a satisfacer las exigencias más urgentes del
pueblo”. Esperanza, ilusiones, entusiasmo y grandes expectativas vieron
nacer la experiencia democrática más avanzada que había vivido España.
La
Segunda República abrió una etapa llena de ilusión y esperanza para modernizar
a la España que estaba atrapada en el siglo XIX. El régimen republicano
impulsó la libertad, la justicia, la igualdad, la educación y el laicismo, en
definitiva, la auténtica democracia.
El
nuevo sistema político se propuso la tarea de modernizar España en
cuestiones cruciales, pero no logró establecer un consenso básico sobre el
propio régimen político ni satisfizo las expectativas generadas por el cambio.
En sus dificultades influyó la debilidad de la clase media en un país de
fuertes contrastes, con ciudades que se modernizaban y un atrasado mundo rural.
La inestabilidad agudizó los problemas económicos, por el impacto
de la crisis del 29 La fuga de capitales y la rigidez de la patronal, con
el beneplácito de la Iglesia, agravaron la conflictividad social, sobre
todo en el campo.
En
aquellos años, la vida cotidiana ganó en dinamismo por el clima de
liberalización y la mayor politización, aunque tuvo algunas salidas de
tono tan innecesarias como contraproducentes. Diversas medidas atenuaron la
discriminación femenina y hubo mayor presencia de las mujeres en la escena
pública.
La
enseñanza y la cultura se extendieron a todos los rincones de la población con
los principios de la pedagogía activa y los valores laicos e
igualitarios, fomentando la coeducación y poniendo en marcha las escuelas
mixtas. Se construyeron unas 10.000 escuelas y se
contrataron miles de maestros. El Gobierno puso especial interés en
alfabetizar a la ciudadanía de las zonas rurales, para ello se pusieron en
marcha las Misiones Pedagógicas encargadas de la edificación de bibliotecas,
centros culturales y teatros. Y con la Constitución aprobada en diciembre
de 1931 se otorgó el sufragio a las mujeres, algo nada habitual en la Europa de
los años treinta del siglo XX.
En
muy poco tiempo, España dejó de ser un país subdesarrollado para ser una de las
puntas de lanza de la modernidad y el progreso cultural en Europa. Sin embargo,
buena parte de los elementos que fueron determinantes para proclamar la
República acabaron siendo decisivos para derrocarla: La inestabilidad
internacional, la crisis económica, una izquierda con mucho empeño, pero, en
ocasiones, con poco acierto y, sobre todo, el auge de movimientos autoritarios
como el fascismo y el nazismo convirtieron a nuestro país en un banco de
pruebas de lo que aplicarían, poco tiempo después, en toda Europa.
A
pesar de todos los avances, la Segunda República no llegó a estabilizarse
políticamente. Con un sistema de partidos muy fragmentado, y frágiles
coaliciones. Entre el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936
hubo diecinueve gobiernos distintos, dificultando así una labor política
sostenida.
Según
el filósofo George Santayana "Aquellos que no pueden recordar el pasado
están condenados a repetirlo". Pues bien, han pasado más de noventa años y
la historia se repite de forma casi mimética: la inestabilidad internacional va
in crescendo, la recesión económica se deja ver en el horizonte, la desafección
de la ciudadanía con sus dirigentes es cada vez es mayor y, mientras, la
extrema derecha está eufórica, desatada y sin complejos porque crece de manera
continuada.
En
definitiva, los factores de nuestro contexto sociopolítico son, prácticamente,
los mismos hoy como ayer, pero no aprendemos o peor: no lo queremos ver.
Bernardo
Fernández
Publicado en
Catalunya Press 13/04/2026






