Desde que Donald Trump regresó a la
Casa Blanca no hay tiempo para la relajación. Raro es el día que el mandatario
norteamericano no protagoniza alguna barbaridad. Ahí está, sin ir más lejos, el
salvaje ataque a Irán, de la mano de otro descerebrado como Benjamín Netanyahu.
Sin embargo, quiero referirme a la reacción del mandatario estadounidense, tras
el varapalo que le propinó la justicia de su país al declarar ilegales la
mayoría de los aranceles que había establecido a su libre albedrío, no tuvo otra
ocurrencia que subirlos todos el 10% y ni veinticuatro horas después al 15%.
Y claro, así no hay manera de
establecer relaciones comerciales estables, ni empresa capaz de desarrollar un
plan de expansión-exportación digno de tal nombre. Y es que la guerra
arancelaria ha sacudido el tablero porque genera inseguridad que es lo último
que necesita la economía mundial.
Con esta situación de fondo ha pasado
bastante desapercibido que desde Washington llevan tiempo presionando a los
países europeos para que aumenten su gasto en defensa y sean más autónomos.
Ahora bien, no les gusta nada la nueva directiva europea —prevista para que entre
en vigor el tercer trimestre de 2026— dé prioridad a la compra de armas
europeas y a la industria de defensa de Europa. Una regulación que se ha elaborado
en un momento clave del divorcio de la UE con Estados Unidos. El origen de esta
iniciativa está en el temor de Europa a quedarse sin el paraguas de seguridad estadounidense
que ha dejado de ser un socio fiable. Como no podía ser de otra maneara, con el
fino estilismo político que caracteriza al líder norteamericano, EE UU ha
amenazado a la UE con represalias y ha cargado contra esa directiva
comunitaria, que en su opinión es “proteccionista”.
Desde luego, no estamos ante una
cuestión menor. Los planes de inversión y rearme alcanzan los 1,3 billones de
euros o, si lo prefieren, el 7,2% del PIB comunitario. Una cantidad tres veces
más elevada de lo que se desplegó tras la pandemia con el programa Next
Generation (contando solo el gasto ejecutado). Ni los informes de Mario Draghi y
Enrico Letta, ni el diagnóstico compartido de riesgo “existencial” a que se
enfrenta la economía europea, habían logrado despejar las divergencias entre
socios comunitarios. Sin embargo, las amenazas geopolíticas han generado un
importante cambio de criterios. Alemania ya ha decidido renunciar al
límite de endeudamiento que encorseta su economía y ha puesto en marcha un
fondo de inversión de 500.000 millones de euros para el próximo decenio.
De forma paralela, se muestra partidaria de flexibilizar las reglas fiscales
—en concreto para incrementar el gasto en Defensa—, alineándose así con las
posiciones de Francia. La Comisión Europea, por su parte, anuncia un plan de
rearme de 800.000 millones, a desarrollar en cuatro años, coordinando buena
parte de los Estados miembros. En ese contexto, el Gobierno de España se
comprometió a llegar el 2% del PIB, es decir, subir el gasto en defensa y
desarrollo un 53%.
De llevarse a cabo el plan, tal y
como se ha diseñado, supondría un estímulo colosal para la economía europea. El
impulso aportado por los planes anunciados de gasto podría alcanzar el 1,8% del
PIB cada año hasta 2029. En la práctica, el fondo de inversiones en
infraestructuras prometido por el canciller de alemán está a la altura de las
expectativas, pudiendo incidir, además, en el resto de economías europeas.
Que este proyecto llegue a buen
puerto depende, en gran manera, de la capacidad de respuesta del tejido
productivo de cada país, y ahí surgen las dudas. El 78% de las compras de
armamento que se realizaron en 2022-2023 fueron importaciones, particularmente
desde EE UU, según fuentes comunitarias, antes de la pandemia, el porcentaje
alcanzaba el 60%. Un incremento abrupto
del gasto podría colapsar la industria europea y agravar el grado de
dependencia de la Defensa comunitaria.
En nuestro país el efecto
multiplicador podría ser menor, debido al tamaño de nuestro sector de la
Defensa a pesar de disponer de capacidades relevantes en algunos sectores como
la tecnología de los satélites y los radares. Además, hay quien duda de que el
sector privado pueda complementar la inversión pública. Por otra parte, Europa
carece de instrumentos de coordinación de semejante envergadura, lo que puede
generar un riesgo y malbaratar esfuerzos.
Bruselas está llevando ahora a cabo
un giro copernicano que hubiera sido deseable durante la crisis financiera. Sea
como sea, lo importante es que la nueva estrategia se aplique con gradualidad
para que redunde, simultáneamente, en un menor grado de dependencia del
exterior y crecimiento económico sostenido.
Durante la Guerra Fría, los países europeos
acometieron un considerable esfuerzo en Defensa, con un gasto que en el caso de
España alcanzó el 3% del PIB en la década de los ochenta, muy similar a la
media europea. Tras la caída del muro de
Berlín, el gasto en Defensa bajó hasta un mínimo cercano al 1% a principios del
siglo XXI Desde entonces, la tendencia es ascendente, particularmente desde el
estallido del conflicto en Ucrania.
Ahora, con el nuevo orden mundial que
nos está imponiendo Donald Trump, estamos obligados a tomar las precauciones que
sean pertinentes para no acabar siendo vasallos de EE UU. Por eso, deberíamos hacer
nuestras las palabras del ministro de Exteriores francés, French Response, que
en tono irónico respondió al palmero Marcos Rubio, por unas declaraciones que
hizo en la Conferencia de Seguridad de Múnich 2026, celebrada hace unas pocas
semanas: “Socios fuertes, sin duda, en lugar de clientes financiados”.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
02/03/2026






