Una vez más, Pedro Sánchez ha enarbolado la bandera del sentido común, la decencia humana y la dignidad política. No es la primera ocasión. Demostró su compromiso cívico cuando planteó la solución de los dos estados como la mejor vía para lograr una paz justa y duradera en el conflicto palestino israelí. Se plantó con el “no a la guerra” cuando se inició el ataque de EE UU e Israel contra Irán, prohibió la utilización de las bases de Rota y Morón con fines bélicos y ahora se ha vuelto a poner en el lado correcto de la historia al proponer a la UE que suspenda el Tratado de Asociación que tiene con Israel.
A pesar del teórico alto el fuego en Gaza, el genocida Benjamín Netanyahu, acompañado por sus adlátares de la extrema derecha que tiene por ministros, están aprovechando la pasividad de la comunidad internacional para llevar a cabo el sueño más preciado del sionismo: construir el Gran Israel, y si nadie les para los pies, no se detendrán hasta cambiar el equilibrio de la región con un nuevo orden que les permita alcanzar y cualquier punto de Oriente Próximo cuando les venga en gana, como están haciendo en Cisjordania y Líbano.
Hace unos meses, Donald Trump presentó un plan para lograr la paz para Gaza. Ese plan preveía la entrada y distribución de ayuda humanitaria en la Franja, a un nivel similar al registrado en el alto el fuego que hubo a inicios de 2025, cuando el flujo diario oscilaba entre 500 y 600 camiones diarios. Sin embargo, organizaciones humanitarias afirman que el volumen real de ayuda que debía entrar en el territorio palestino hasta el estallido del conflicto con Irán era muy inferior y desde el 1 de marzo —día que empezaron las hostilidades con Irán—, el gobierno israelí ordenó cerrar, por motivos de “seguridad”, todos los pasos, tanto a personas como a mercancías. Eso se ha convertido esa parte del mundo en algo muy similar a un campo de exterminio.
Ante esa situación, días atrás España, Eslovenia e Irlanda enviaron una carta a la alta representante de la UE para Política Exterior, Kaja Kallas, solicitando una revisión del Acuerdo con Israel; en la misiva alegaban que el mismo está vinculado a la observación de los derechos humanos y el derecho internacional. En concreto el artículo 2 del Acuerdo establece que la relación se basa en el respeto a los derechos humanos y los principios democráticos, los cuales son un “elemento esencial” del Pacto. “Las relaciones entre las Partes, así como todas las disposiciones del propio Acuerdo, se fundamentan en el respeto de los derechos humanos y de los principios democráticos...”, reza el artículo mencionado. Jurídicamente, esto se considera una “condición esencial”. Si una parte la incumple, la otra tiene el derecho legal de suspender el acuerdo (según la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados).
Sin embargo, la realidad es mucho más prosaica y en la tensa reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE, celebrada en Luxemburgo, el pasado 21 de abril, a puerta cerrada, aunque quedaba clara la frustración de cada vez más países de la UE con un Israel que, pese a los llamamientos y advertencias, sigue saltándose el derecho internacional dentro y fuera de sus fronteras, el no de países como Alemania o Italia hizo que no se pudiese alcanzar ningún entente para suspender el Acuerdo de Asociación UE-Israel.
Los expertos en cuestiones internacionales consideran normal que no se tome ninguna decisión, dicen que se trata de tantear el ambiente y ver si se puede concretar alguna iniciativa en una próxima ocasión. En ese contexto, el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares, lamentó el silencio de la UE, pues "Desde que Israel ha lanzado esta guerra permanente contra todos sus vecinos, no hay ni una sola respuesta de la Unión. Por eso nos estamos jugando nuestra credibilidad. Hay que mandar un mensaje fuerte al Gobierno de Israel, decirle que no podemos mantener una relación como si no estuviera pasando nada", enfatizó el ministro.
Más del 30% de todo lo que vende Israel en el mundo lo hace en le UE. Por lo tanto, suspender el Tratado equivaldría a que sus exportaciones pagarían aranceles mucho más altos, perdiendo competitividad frente a otros países. Decaería su estatus de socio prioritario, y eso acabaría afectando a la inversión extranjera directa. También se cortaría el acceso a fondos de investigación europeos y redes de intercambio académico y tecnológico vitales para el sector de defensa israelí y su alta tecnología se vería afectado.
Ciertamente, suspender el acuerdo requiere unanimidad por parte de los países miembros y eso, a día de hoy parece poco probable. Y es que hay importantes sectores europeos que dependen de tecnología israelita; es el caso de los productos químicos o agrícolas que podrían sufrir un aumento de costes.
Como todo lo que tiene que ver con la política internacional estamos ante un asunto de una tremenda complejidad porque se mezclan intereses cruzados y los problemas difíciles nunca han tenido soluciones sencillas. No obstante, hay algo que debería estar por encima de cualquier consideración que sea: el sentido común, la decencia humana y la dignidad política.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 27/04/2026





