Aunque ya no es notica y no ocupa las
portadas de los medios de comunicación, el genocidio al pueblo gazatí continúa.
El
pasado mes de octubre, Donald Trump anunciaba, a bombo y platillo, que Israel y
Hamás habían llegado a un acuerdo y firmaban la primera fase de un plan de paz
para Gaza que se había gestado en la Casa Blanca.
Sin
embargo, en Gaza siguen muriendo personas a manos del ejército israelí, la
asistencia sanitaria es muy escasa y la ayuda humanitaria, a todas luces,
insuficiente. Con total impunidad el Gobierno de Benjamín Netanyahu sigue
restringiendo el suministro más básico y solo permite la entrada de un tercio
de los 600 camiones diarios a los que les obliga el acuerdo. Además, solamente
se han habilitado dos de los seis pasos fronterizos con el enclave, impidiendo
el acceso directo hacia el norte de la Franja y abriendo y cerrando de forma arbitraria
el paso de Rafah con Egipto.
El frío invernal ha provocado muertes
por hipotermia, especialmente entre los bebés y ahora, en verano, superan los
40 grados con facilidad. Otros veranos hubo niños asfixiados en chabolas hechas
con láminas de plástico o con techos improvisados de hojalata, puesto que no se
permiten las construcciones permanentes. Los charcos son criaderos de
mosquitos; en los vertederos se amontonan las basuras; las aguas residuales
corren libremente y hay roedores por todas partes. Pero, a pesar de todo, no se
resignan y cocinan en fogatas comunitarias, dan clase en escuelas al aire libre
y presentan tesis en unas universidades que se han quedado sin edificios.
Tal
vez la guerra haya terminado en Gaza, pero no ha llegado la paz. Media Franja
sigue ocupada. Israel ejerce un control absoluto y se ha sacado de la manga una
Línea Amarilla y tras ella ha concentrado a dos millones de personas. En
realidad, Gaza es una cárcel al aire libre en condiciones inhumanas. Durante el
conflicto armado murieron más de 70.000 gazatíes, ahora siguen muriendo por
ataques indiscriminados del ejército, porque alguien traspasa esa maldita Línea
Amarilla o, desesperados por el hambre, protagonizan algún altercado cuando van
a recoger algo para comer. Y por si no había bastante con la brutalidad
militar, los colonos se han venido arriba y, desde la más absoluta impunidad,
acosan a los palestinos sin ningún recato.
En
algún momento, las partes implicadas deberán afrontar la segunda fase de la
hoja de ruta de Trump que, desde la ambigüedad, aborda asuntos tan espinosos
como la futura gobernanza del enclave, que prevé que supervise una Junta de la
Paz presidida por el propio Trump, además del desarme de Hamás o la retirada de
las tropas israelíes. El plan vincula el avance de esas cuestiones con la
aparición de una fuerza internacional (ISF, por sus siglas en inglés) que,
hasta el momento, carece de medios humanos y materiales.
La
resolución 2803 de El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (basada en el
plan original estadounidense de veinte puntos —incluido en ella como un
anexo—), prevé —como ya se ha comentado— el establecimiento de una fuerza
internacional de seguridad en la Franja Esa fuerza de paz tendrá como misión
asegurar las fronteras de Gaza con Israel y Egipto. También deberá proteger a
los civiles y los corredores humanitarios dentro de la Franja, así como
capacitar a una futura fuerza de policía palestina. Pero el texto de la
resolución no explica si la ISF llevará a cabo uno de los puntos clave del plan
de paz: el desarme de la milicia radical palestina Hamás. Y en caso afirmativo,
cómo, dado que el grupo islamista rechaza entregar las armas.
La
resolución de la ONU es muy loable, pero esas resoluciones, con frecuencia, se
quedan en una simple declaración de intenciones. Sobre todo, de un tiempo para
acá en el que la Organización está mostrando su extrema debilidad.
Más
allá de declaraciones y proclamas grandielocuentes, Israel y Estados Unidos continúan desarrollando
su plan para hacer de Gaza un inmenso resort, un proyecto demencial: 180
rascacielos de lujo y, detrás de ellos, siete zonas de promociones
residenciales y polígonos industriales, separadas por grandes carreteras que
seguirán el trazado de las vías militares construidas por Israel desde octubre
de 2023, y eso lleva implícito suprimir la vida en esa parte de Palestina, al
menos, como ha sido en las últimas décadas. Ante esas expectativas tan poco
halagüeñas, algunos fantoches piensan que ese es el precio
que los gazatíes han de pagar por la paz.
No
obstante, pese a quién pese, Gaza y su gente siguen ahí. Y, de alguna manera,
eso también depende, en parte, de todos nosotros.
Bernardo Fernández
Publicado en EL TRINAGLE 29/07/2026





