Muchos de los que empezamos a tener una
edad, recordamos con indignación no disimulada cuando, un día de febrero de
1998, Luís María Anson reconoció públicamente que un grupo de plumíferos se
conjuraron para, desde diversos medios de comunicación, poner en jaque al
Gobierno de Felipe González hasta hacerlo caer. Obsesionados por alcanzar su
objetivo, no regatearon en medios legítimos o ilegítimos, todo valía con tal de
lograr su meta.
Aquella información que, en principio,
algunos trataron de fantochada se confirmó cuando los exministros José
Barrionuevo y Rafael Vera hicieron públicas unas cintas con conversaciones
privadas. En ellas, Anson ampliaba la confesión e insinuaba oscuros planes
impulsados por figuras como Mario Conde para derrocar a González.
El conocimiento público de aquellos
hechos causó un terremoto político conocido en su momento como "la
ansonada", provocando debates sobre la ética profesional y la manipulación
de la opinión pública.
Pero eso ya es pasado. Ahora llevamos
meses viendo como un grupo de sinvergüenzas han aprovechado que llevaban el carné
del partido socialista en el bolsillo y han ocupado importantísimos cargos en
el Gobierno de coalición y progreso para meter la mano en la caja y, no
contentos con esas fechorías, se compincharon con otros personajes de su misma
catadura moral y política con la idea de organizar una trama al más puro estilo
de la Cosa Nostra y levantar una especie de muralla que, supuestamente, debía proteger al
partido y al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez de posibles ataques, investigaciones
judiciales o agresiones de cualquier tipo.
De nuevo la historia se repite, la
posibilidad de que algunos desalmados con el marchamo de socialistas se muevan
en esos ambientes tan poco virtuosos, ha sido el detonante para que las
derechas políticas, judiciales y mediáticas sumen esfuerzos y quieran hundir
políticamente al PSOE, derribar al Gobierno elegido de manera democrática y
matar civilmente a su presidente. De lograrlo, el camino a la Moncloa quedaría
expedito y los Feijóo y Abascal junto con sus adláteres podrían instalarse allí
durante mucho tiempo.
A estas alturas, poco importa lo que
haya de verdad o de conspiranoico en toda esta historia, se trata de establecer
un relato que cale en la opinión pública. Por eso, los “ansones” del siglo XXI
y sus conmilitones andan ocupados mezclando mentiras, verdades y especulaciones
para construir una ficción que parezca verosímil. Algo muy similar a lo que
ocurrió con los Papeles del Pentágono, entonces se puso de manifiesto el poder
de una mentira organizada sobre un hecho: la guerra de Vietnam. Aquella
manipulación impulsó a Hannah Arendt a escribir su ensayo “La mentira en
política. Reflexiones sobre los documentos del Pentágono”, publicado en 1971.
En ese escrito, Arendt analiza como las mentiras se utilizan por sistema en
política para manipular la percepción pública y llevar la atención donde a un
individuo y/o grupo le interesa. La filósofa alemana nos muestra de qué manera
la mentira crea una realidad alternativa y acaba perjudicando la confianza en
las instituciones y la legitimidad política.
En estos tiempos de posverdad que nos han
tocado vivir, la distorsión de la verdad se repite de forma indecente. Lo vimos
con claridad meridiana con Donad Trump. El líder norteamericano dijo hasta la
saciedad que las elecciones de 2020 fueron “robadas”, a pesar de las pruebas
que decían lo contrario. Incluso, cuando la Comisión de Investigación sobre el
asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 hacía públicas sus conclusiones,
Trump, lejos de rectificar, seguía insistiendo en presentar los hechos como un
intento descarado de desviar la atención del público de la verdad. “Para él la
mentira se ha convertido en una estrategia política deliberada, destinada a dar
forma a la narrativa que le conviene, con independencia de los hechos”,
sostiene Máriam Matínez-Bascuñán, en su magnífico libro “El fin del mundo
común” (Taurus).
No se trata de minimizar toda la bazofia
que está surgiendo en el entorno del partido socialista. Al contrario, es
necesario llegar al fondo de todas y cada una de las cuestiones que un día sí y
otro también nos informan los medios y desinfectar, sin miramientos, todo lo
que esté podrido, se llame como se llame quien esté detrás y sean cuales sean
los motivos que han llevado a cometer semejantes tropelías.
Sin embargo, sorprende el mutismo que se
ha impuesto en Ferraz y la falta de explicaciones políticas de la dirección del
partido. Hay que evitar la gangrena política a toda costa. Pero todo eso se ha
de hacer con medida, preservando la presunción de inocencia y dejando trabajar
a la justicia. No es admisible una caza de brujas.
Cuando la ciudadanía pierde la confianza
en las instituciones y desconfía de sus líderes y gobernantes llega la
desafección, entonces los progresistas se desmovilizan y la reacción inmediata
de la gente de izquierdas es no ir a votar “porque que todos los políticos son
iguales y lo mejor es quedarse en casa”. No nos equivoquemos, la abstención no
es neutral y eso es lo que da chance a la derecha para ganar las elecciones.
Justo lo que están buscando ahora, con ahínco, los “ansones” del siglo XXI.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 15/06/2026





