La decisión de Pedro Sánchez de que
España no participe, ni por activa ni por pasiva, en los ataques que, contra
Irán, están llevando a cabo EE UU e Israel, nos coloca en el lado correcto de
la historia.
Se estaba desarrollando una ronda de
negociaciones, en Ginebra, entre Irán y Estados Unidos con mediadores de Omán,
cuando el Gobierno de Teherán puso sobre la mesa una propuesta de reducción de su
programa nuclear para disipar las dudas de Washington. Porque Donald Trump ya
había advertido que si las conversaciones diplomáticas fracasaban,
multiplicaría la presión con nuevas sanciones y con el mayor despliegue militar
estadounidense desde la guerra del Golfo.
Parecía que las conversaciones iban
razonablemente bien ya que ambas delegaciones se mostraban optimistas, mientras
que el plazo de “diez o máximo quince” días que se había dado desde la Casa
Blanca para negociar pensaban que no sería necesario agotarlo porque antes
llegarían los acuerdos. El presidente iraní, Masud Pezeshkián, hablaba de una
“perspectiva positiva”, y el vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, insistía
en que el presidente seguía prefiriendo una solución pacífica: “vamos a
sentarnos para mantener una nueva ronda de conversaciones diplomáticas con los
iraníes e intentar lograr un pacto razonable”, dijo antes de marchar de fin de
semana, con la idea de reemprender el diálogo el lunes.
Sin embargo, la colaboración de los
servicios de espionaje e inteligencia estadounidenses e israelitas permitió
saber que el líder supremo iraní, Alí Jamenei, y buena parte de los altos
mandos del régimen se reunirían en el palacio presidencial. Entonces, Donald
Trump, sin consultar a las cámaras legislativas de su país, y sin el
conocimiento de Naciones Unidas, se pasó el derecho internacional por el arco
del triunfo y junto con la aviación israelí en la madrugada que va del 28 de
febrero al 1 de marzo, bombardearon la residencia del mandatario, matando a
Jamenei y una cincuentena de altos cargos.
Por su parte, el genocida Benjamín
Netanyahu y su cohorte de ministros extremistas no han perdido el tiempo y con
la excusa de acabar con Hezbolá está atacando el Líbano, en especial la capital
Beirut y ha cerrado a cal y canto Gaza, por lo tanto ya no es necesario que
sigan bombardeando a los gazatíes, estos ya morirán de inanición y si no
siempre estarán los colonos para acabar el trabajo.
De hecho, Estados Unidos e Israel, ya
habían bombardeado Irán el pasado junio, pero aquel ataque fue más selectivo,
destinado específicamente a destruir las instalaciones nucleares del régimen
teocrático (lo consiguieron solo a medias). Esta vez se trata de una auténtica
ofensiva bélica, Y cuyo objetivo, al menos aparentemente, es provocar una
crisis interna en la República Islámica que acabe derrocando al régimen; aunque
no deberíamos descartar el interés en hacer colapsar el petróleo iraní y el
tráfico por el estrecho de Ormuz, con el objetivo de poner en valor el crudo
estadounidense y venezolano por parte norteamericana.
A partir de ahí, el caos político y
diplomático ha sido total. La posición claudicante de la UE, debería
hacernos sonrojar, en el primer comunicado ni se mencionaba el ataque; al
contrario, se pedía moderación a la respuesta iraní y se abogaba por un cambio
de régimen. Menos mal que con el paso de los días la Unión, aunque con tantos
matices como divergencias, ha ido modulando su planteamiento.
Quien desde un principio lo tuvo
claro fue el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que en una
comparecencia en el Palacio de la Moncloa, dejó muy claro cuál es la posición
de España en el conflicto de Oriente Medio que ya amenaza con extenderse a
otras regiones, incluida Europa. Sánchez recuperó el lema del “no a la
guerra” promovido durante la invasión de Irak en 2003 para resumir su postura
ante la escalada de violencia; reivindicó la diplomacia y el diálogo para
lograr una paz duradera en la región. "La pregunta no es si estamos o no a
favor de los ayatolás. Nadie lo está. Desde luego, no lo está el pueblo español
y, por supuesto, tampoco el Gobierno de España. La pregunta, en cambio, es si
estamos o no del lado de la legalidad internacional y, por tanto, de la
paz", dijo.
Como no podía ser de otra manera, esa
declaración no sentó bien en la Casa Blanca. “España ha sido terrible. No
queremos tener nada que ver con ellos”, dijo Donald Trump, tras saber que el
Gobierno de España no permitirá que EE UU use las bases de Morón y Rota en la
ofensiva contra Irán; al día siguiente el líder republicano amenazaba con
embargar los productos españoles y poco después decía que “España es una
perdedora”, es evidente que el sheriff, desde la negativa de Sánchez de a subir
el gasto en defensa hasta el 5%, nos tiene manía. Solo ha faltado este
plantarle cara, algo a lo que Trump no está acostumbrado.
Sin embargo, el portavoz de comercio de
la Comisión Europea respondió que: “La UE garantizará que los intereses de la
Unión Europea estén plenamente protegidos. Expresamos nuestra total solidaridad
con todos los Estados miembros y sus ciudadanos y, a través de nuestra política
comercial común, estamos preparados para actuar si es necesario para
salvaguardar los intereses de la UE”.
Esta situación ha puesto de
manifiesto, una vez más, el guirigay reinante en la política de nuestro país.
Para empezar a Pedro Sánchez le han faltado reflejos para informar al líder de
la oposición, Alberto Núñez Feijóo, y comunicarle que el Gobierno de España,
atendiendo a sus compromisos como país miembro de la OTAN, enviaba la fragata
“Cristóbal Colón” en tareas estrictamente defensivas y de apoyo a Chipre. Por su
parte el PP ha vuelto a enredarse en sus propias incoherencias porque además de
difundir noticias falsas sobre la ministra Margarita Robles, dice estar a favor
de la guerra, pero en contra del envío de un barco para colaborar con un país
aliado. Si alguien lo entiende que lo explique.
Volvemos a estar en un momento muy
delicado de la política internacional y la actitud de Pedro Sánchez se, cuando
menos, digna de respeto y consideración. Con todo, hemos de ser realistas y es
más que probable que algún peaje tengamos que pagar por este nuevo desplante al
sheriff de la Casa Blanca que, por mucho que digan que sus amenazas son
volátiles, es de esa clase de tipos que, por su catadura moral, ni olvidan ni
perdonan.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
09/03/2026






