El proceso extraordinario de
regularización de migrantes, puesto en marcha por el Gobierno central, finalizó
el pasado 30 de junio. Se presentaron 1.174,968 de solicitudes de personas que
quieren normalizar su situación en nuestro país. El 52% de los expedientes han
sido admitidos a trámite.
El 16 de junio, la licenciada en
ciencias políticas por la Universidad de Roma, Paola Lo Cascio defendía, en un
brillante artículo publicado en El País, que esa iniciativa “es una de las
decisiones más importantes que el Ejecutivo ha tomado en esta legislatura
(…) La importancia de este proceso es, obviamente, atemporal, es de
sentido común para cualquier sociedad que aspire a definirse democrática, que
todas las personas que viven en ella puedan gozar de derechos”. No puedo estar
más de acuerdo con esa afirmación. No obstante, en esta ocasión, quiero poner
el foco en los números y analizar cómo está incidiendo en nuestra cotidianeidad
el aumento demográfico en nuestro país.
Según el Instituto Nacional de
Estadística (INE), España superó el año pasado los 49,1 millones de habitantes
y en pocos meses alcanzaremos los 50 millones.
No hay duda de que en ese aumento de la
población la inmigración juega un rol fundamental porque nuestra tasa de
natalidad está en mínimos históricos. En concreto, es la segunda más baja de
Europa.
A esas cifras, hemos de añadir los cerca
de 100 millones de turistas que nos visitaron el año pasado, cifra que este año
vamos a superar ampliamente. Personas que utilizan las infraestructuras y, con
toda probabilidad, alguno de los servicios públicos. Esa es la cuestión, y ahí
es donde empiezan a surgir los problemas porque España es un país diseñado para
40 millones de personas.
Años de un fuerte déficit en
inversiones y un importante crecimiento demográfico explican lo sucedido hace
un año con el apagón, los graves daños humanos y materiales que causaron las
inundaciones de Valencia en 2024 o el accidente ferroviario de Adamuz. Esas
desgracias han encendido todas las alarmas sobre el estado de las
infraestructuras en España. Los números de las grandes constructoras dejan
pocas dudas. Según esos datos, la necesidad de inversión en infraestructuras
asciende a unos 407.000 millones de euros en la próxima década. De esa cifra,
unos 127.000 millones deberían destinarse a conservación y mantenimiento, y
otros 280.000 a nuevos desarrollos y adaptación de las infraestructuras
existentes.
En opinión de esas mismas empresas,
las infraestructuras del agua y las ferroviarias son las que demandan mayor
inversión, 44.000 millones y 31.000 millones en los próximos 10 años. Por otra
parte, Diego Rodríguez, investigador de Fedea y catedrático de Economía
Aplicada en la Universidad Complutense de Madrid, nos advierte de que “Al
cambio climático y la intensificación de los fenómenos extremos, con sequías
más severas y prolongadas y mayor probabilidad de danas y lluvias torrenciales,
se suma un consumo intensivo y una infraestructura obsoleta que colocan al país
en una situación de estrés hídrico recurrente”.
Durante décadas el grueso de la
inversión en ferrocarriles se ha concentrado en la alta velocidad; tenemos la
segunda red más extensa del mundo solo por detrás de China. La liberalización
del sector en 2021 ha abaratado el precio de los billetes y ha multiplicado el
número de viajeros, lo que ha aumentado la presión sobre la red sin que el
mantenimiento de las vías se haya incrementado en la misma proporción. Según un
informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE), mientras que el volumen de
usuarios de alta velocidad ha crecido entre 2015 y 2024 un 100,8%, el gasto en
mantenimiento por pasajero en el mismo periodo ha caído un 27,5%.
De forma paralela, el servicio de
Cercanías sufre un colapso estructural por años de falta de inversión, lo que
ha aumentado las incidencias en grandes núcleos urbanos. Según la AIREF entre
1990 y 2018 se invirtieron aproximadamente 3.650 millones de euros en líneas de
Cercanías, que concentran el 90% de los usuarios ferroviarios, frente a los más
de 55.000 millones invertidos en alta velocidad. El Ministerio de Transportes
ya ha anunciado un plan para invertir más de 20.000 millones en la red
ferroviaria en el próximo lustro, de los que la mitad se quiere destinar a la
red convencional y de Cercanías.
He citado la situación de los
ferrocarriles, pero esa problemática es extrapolable a otras infraestructuras
como, por ejemplo, las carreteras o los recursos hídricos, pero lo mismo sucede
con servicios como la sanidad pública que necesita una importante y urgente
inversión para adecuarla a los tiempos que corren.
Ahora bien, la realidad es poliédrica
y no podemos ignorar que, de no existir la inmigración, en España, en 2050, tendríamos
un 19% menos de PIB, cerrarían 90.000 bares unas 40.000 aulas escolares y
desaparecerían 220.000 explotaciones agrícolas.
También podemos analizar la situación
desde otra perspectiva. Supongamos que
no hay inmigración: quién cuidaría a nuestros ancianos, quien recogería la
fruta o como se pagarían las pensiones de nuestros mayores. Necesitamos a la gente
que viene de fuera dispuesta a arrimar el hombro y echarnos una mano, poque
solo así saldremos adelante.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
12/07/2026





