Los gobernantes mundiales y, en
especial, los europeos deberían estar atentos porque, aunque parece que, de
momento, Donald Trump ha aparcado sus delirios imperialistas sobre Groenlandia
y ha puesto el ojo en Irán que se ha convertido en objeto de su deseo, es
evidente que Irán no es Venezuela y el riesgo de que la economía mundial entre
en barrena es plausible y no permite frivolidades.
El éxito militar de la operación para
secuestrar a Nicolás Maduro, hizo que la autoestima de Trump creciera de forma
exponencial. Ese triunfo ha hecho que el sheriff de la Casa Blanca y sus
halcones estén decididos a llevar adelante su imperialismo trasnochado sin
ningún escrúpulo.
La ambición expansionista de Trump no
tiene límites. En una comparecencia ante los medios, el presidente aseguró que La
Habana “quiere llegar a un acuerdo” y parece que hay contactos entre el
gobierno cubano y el secretario de Estado, Marco Rubio porque, según el
mandatario estadounidense, “el régimen castrista está en sus últimos momentos
de vida”.
No es fácil saber cuándo Trump fanfarronea
y cuándo está anunciado asuntos planificados. Por eso, lo de Cuba es una
incógnita porque allí, a diferencia de Venezuela o Irán ni hay petróleo, ni
tierras raras, ni uranio enriquecido, como sí lo hay en los países citados; y
es más que dudoso que a Trump le preocupen los derechos humanos o la situación
socioeconómica en que malviven los cubanos. Ante esa realidad, lo más razonable
es pensar que alguien del entorno del presidente está viendo la manera de hacer
negocio en la isla con una ribera de gran lujo, en la línea de la que quieren
desarrollar en Gaza, tras la desaparición de los gazatíes.
Por lo que pueda ser, no deberíamos
bajar la guardia y estar ojo avizor, porque cualquier día, el mandatario
norteamericano se levanta con el pie izquierdo, se lía la manta a la cabeza y
monta alguna barbaridad. Por ejemplo, si decide actuar en Groenlandia el
conflicto está servido: la OTAN se desintegraría, y eso haría jaque a la
seguridad de Estados Unidos, la de Occidente y la estabilidad mundial. Además
de que un comportamiento de esas características, daría pie a la depredación
territorial por parte de las grandes potencias, lo que haría más probable la
acción china sobre Taiwán y la expansión rusa en el Báltico, e incluso en Asia
Central.
Trump quiere hacernos creer que la
toma de Groenlandia es una necesidad imperiosa para la seguridad nacional de
Estados Unidos, pero la cuestión es que ya tienen un acuerdo de defensa con
Dinamarca, mantienen una presencia militar en la isla y gozan de amplios
derechos de base. Por lo que resulta difícil prever qué beneficios podrían
obtener de una ocupación ilegal.
Sea como sea, el riesgo de fractura
de la OTAN es muy grande; su desaparición sería desastrosa para ámbitos tan
diversos como el militar o el económico. Pero es que un ataque impulsivo contra
un aliado de larga duración como Dinamarca sería catastrófico, ya que llevaría
a Japón, Taiwán, Corea del Sur, Canadá y otros países a considerar acuerdos de
seguridad alternativos que reduzcan su dependencia de un Estados Unidos poco
fiable.
Las amenazas de Trump también ponen
en peligro las perspectivas económicas de EE UU. Tanto Dinamarca como la Unión
Europea, en su conjunto, son socios indispensables en cualquier estrategia de
crecimiento realista de Estados Unidos frente al auge de China. Los mercados de
consumo, la base manufacturera, las cadenas de suministro y los ecosistemas de
investigación de la UE son fundamentales para los avances en inteligencia
artificial, computación cuántica, energía limpia y de fusión. Por consiguiente,
arrinconar a Europa socavaría prácticamente todos los sectores de la economía
estadounidense.
No perdamos de vista que más de 1.000
millones de consumidores en América del Norte, Europa, Japón, Corea del Sur y varias
partes de Asia —unidos por una larga historia de alianzas económicas exitosas,
aunque a veces inestables— representan la base más sólida para una prosperidad sostenible
a largo plazo. Si a esto le sumamos a la India, que se está acercando a Estados
Unidos y sus aliados como contrapeso a China, el resultado sería una alianza
prácticamente imbatible.
Sin embargo, el imperialismo sin
escrúpulos de Trump amenaza con arrasar ese futuro. El expansionismo internacional del líder
estadounidense pone de relieve su extralimitación, su corrupción y su
disposición a aceptar regímenes cleptocráticos y autocráticos. Algunos sugieren
paciencia, esperar y ver qué pasa para determinar si las tácticas de Trump
reportan beneficios estratégicos. Eso es un error. La vacilación solo denota
indecisión y provoca daños mayores. El momento actual exige un claro rechazo a
las apropiaciones imperialistas de tierras.
Las motivaciones comerciales también
son importantes. Las iniciativas de política exterior de Trump a menudo se
centran en crear oportunidades de negocios privadas que le benefician
personalmente, siendo su plan utilizar fondos públicos para subsidiar a empresas
petroleras, Venezuela es un claro ejemplo. En este contexto, la oposición de su
país debería hacer hincapié en la posibilidad de futuras investigaciones del
Congreso, sanciones y enjuiciamiento penal para quienes se sientan tentados a
participar en planes netamente ilegales.
Los magnates sin conciencia y el
imperialismo sin escrúpulos van de la mano, intentando recomponer la política
exterior estadounidense a su imagen y semejanza, Trump está reviviendo un orden
internacional definido por la fuerza bruta, en el que los países poderosos se
apoderan de territorios para que sus líderes puedan enriquecerse.
Ante esta preocupante situación
resulta imprescindible que los líderes demócratas que aspiran a volver a
gobernar planten cara, de lo contrario, corren el riesgo de heredar un mundo en
el que los cimientos de la prosperidad y la seguridad hayan sido dañados de
forma irreparable.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 15/03/2026






