A nivel internacional estamos
viviendo una situación caótica. Las reglas que nos habían guiado en las siete u
ocho últimas décadas han sido fagocitadas y las instituciones que daban razón
de ser al orden establecido están cayendo en la irrelevancia. Si nadie lo
remedia, vamos camino de volver a la ley de la selva, es decir, a la ley del
más fuerte.
Donald Trump, Vladímir Putin o
Benjamín Netanyahu son líderes profundamente diferentes entre sí, al mando de
países que en muchos sentidos se hallan en las antípodas unos de otros. No
obstante, comparten un hilo conductor en sus actitudes que nos sirve para
entender la época en la que nos adentramos: la disposición a sembrar el caos en
el mundo para hacer avanzar sus intereses nacionales y/o personales. Esa predisposición
es un factor clave del acelerado hundimiento del planeta en una espiral de
conflictos.
Aunque no son ni mucho menos aliados
geopolíticos, esos tres personajes cooperan en la destrucción de un orden que nos
hace funcionar con instituciones y reglas compartidas. Ninguno de ellos tiene
reparos en espolear el caos en el mundo para avanzar en objetivos
imperialistas, nacionalistas o personalistas. Mucho de ese caos tiene que ver
con su propia supervivencia en el poder. Trump surfea el caos para mantener
constantemente atención mediática y el control del relato. Mientras que Netanyahu
y Putin aprovechan sus guerras para azuzar el sentimiento nacionalista y el cierre
de filas en tiempos difíciles. Pero, al margen de los objetivos específicos,
esa política de caos erosiona las reglas que diferencian una sociedad
civilizada de una de la selva.
Me parece oportuno recordar aquí una
resolución de condena de la invasión rusa de Ucrania que se votó el 2 de marzo
de 2022, en la Asamblea General de la ONU. En esa votación 18 países
mostraron su rechazo a la condena. Junto a Rusia, dijeron que no, entre otros,
Estados Unidos, Israel, Corea del Norte, Bielorrusia, Nicaragua, Hungría, Sudán
y Eritrea (Irán se abstuvo, aunque suministra drones letales a los rusos). O
sea, un listado que nos pone sobre la pista para detectar a los señores del
caos.
En un interesante ensayo, publicado
en 2019, Giuliano da Empoli, profesor de
política comparada en el Instituto de Estudios Políticos de París, formuló el
concepto de “ingenieros del caos” para referirse a los asesores, propagandistas
y expertos tecnológicos que han sabido manipular como nadie el mundo digital
para promover liderazgos populistas. Esos individuos propician que en el ámbito
de la geopolítica asistamos al protagonismo cada vez más desatado de los
señores del caos, mientras el multilateralismo y sus normas se erosionan de
manera constante.
De hecho, no es un perfil nuevo. Siempre
han existido señores del caos. Estados Unidos, en distintas etapas, ha
promovido golpes de Estado o emprendido invasiones ilegales como la de Irak. Por
su parte la URSS buscaba subvertir las democracias occidentales a través de programas
de agitación y/o elementos de presión para controlar a otros países. Europa no
se queda atrás y tiene un largo historial de colonialismo, donde para lograr el
control de los pueblos a menudo utilizaba el caos como herramienta.
En la actualidad, la diferencia con
otras etapas viene dada por unos rasgos de inestabilidad muy acusados. El orden
anterior ha desaparecido con la implosión de la URSS; el colonialismo europeo
es una reliquia de museo y la preponderancia de EE UU en el mundo se está
desintegrando de forma acelerada. En este contexto, algunos buscan su camino
con total desprecio por las instituciones o reglas internacionales establecidas.
El autogolpe propinado a la primacía
de EE UU está generando la destrucción del formidable entramado de alianzas que
Washington construyó a lo largo y ancho del mundo durante ocho décadas. Ningún
aliado se fía ya de la Casa Blanca. Muchos ponen al mal tiempo buena cara por
temor a quedarse desamparados de repente —pero todos se están organizando para
no depender nunca más de forma tan directa de Estados Unidos—. En público,
muchos líderes optan por la contención, pero en privado el nivel de
desconfianza hacia Washington es extraordinario, incluso desde sectores, en principio,
filoestadounidenses. La lógica subyacente es que hay que reducir los riesgos de
la dependencia de Washington tanto como de China.
La cuestión es que el mundo avanza
hacia un nuevo orden que nos viene dado por el regreso de la gran influencia de
las potencias que quieren imponer sus lógicas imperiales. Esta idea se puso de
manifiesto en los discursos públicos y en las conversaciones privadas de la
Conferencia de Seguridad de Múnich, celebrada hace un par de meses. Mientras
que Rusia lleva a cabo desde hace años una política imperialista por medios
militares y China se declara sostenedora de un orden mundial multilateral, pero
no lo respeta cuando se trata de su área influencia; entonces, para el impero
asiático las sentencias de los organismos internacionales son papel mojado; y
para rematar el panorama EE UU desprecia olímpicamente los más elementales
tratados de derecho internacional e invaden un país soberano poniendo en jaque,
entre otras cosas, la economía mundial, sin el soporte de ningún parlamento
nacional, ningún organismo supranacional y ni, tan siquiera, el apoyo de sus
aliados más cercanos. Si eso no es la ley de la selva que alguien diga que
es.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
11/05/2026





