Cuando, en 2016, Artur Mas dio un paso
al lado, para que Carles Puigdemont fuese president de la Generalitat, se
rompió un matrimonio de conveniencia que se había consumado tras la llegada de
Jordi Pujol a la presidencia del Govern Cataluña en 1980.
Tanto Pujol, como las clases pudientes
catalanas entendieron muy pronto que el nacionalismo moderado y el mundo de las
finanzas podían establecer fructíferas colaboraciones que iban a beneficiar de
forma recíproca y generosa a unos y a otros. Una oposición desubicada y ya, en
los años noventa, la debilidad parlamentaria de los gobiernos socialistas y
populares, la entonces “minoría catalana” (así llamaban en los cenáculos
políticos madrileños a los nacionalistas), CiU, se convirtió en un partido
bisagra, lo que les permitió ampliar el campo de acción sin problemas.
Esa situación hizo posible que durante
casi cinco lustros el nacionalismo burgués campara a sus anchas. Tras la
llegada a la plaza de Sant Jaume de los tripartitos, primero de Pasqual
Maragall y después de José Montilla parecía que aquello se había terminado,
pero fue un espejismo, en 2010 CiU volvió a ganar las elecciones y Artur Mas se
convirtió en el inquilino de la Casa dels Canonges, aunque ya nada volvió a ser
como antes. Muy pronto quedó claro que Mas no era Pujol, y la forma de hacer de
uno y otro no tenían nada que ver.
La política catalana de la segunda
década del siglo XXI fue un auténtico disparate. Artur Mas pactó sus primeros
presupuestos con el PP, para acabar pocos años después en brazos del
independentismo más hiperventilado; disolvió Convergencia Democrática de
Cataluña (CDC), fundó un nuevo partido, PDCat, que jamás se consolidó y se
hicieron pactos y alianzas contra natura con Esquerra y los antisistema de la
CUP, hasta que todo acabó política y socialmente peor que mal.
No obstante, por esas carambolas que
tiene la vida, y también la política, cuando parecía que todo se iba a Norris,
los resultados de las elecciones generales de julio de 2023 brindaron a Junts
(partido sucesor natural de CDC) la posibilidad de recolocarse en el tablero de
la política nacional. Pero muy pronto se vio que a los de Puigdemont lo de la
gobernabilidad de España les importaba un pito. Habían pactado con el PSOE para
lograr una ley de amnistía y poco más.
Tras la investidura de Pedro Sánhez,
como presidente del Gobierno central, los posconvergentes empezaron a poner en
práctica una estrategia política de vuelo gallináceo. Solo les interesaba
garrapiñar alguna migaja en las negociaciones para presentarse ante los suyos
como los máximos defensores de Cataluña. Sin embargo, el tiempo acostumbra a
poner las cosas en su lugar y a medida que avanzaba la legislatura quedaba
claro que lo único que buscaban los “juntaires” era el titular de los medios y
muy poco o nada las políticas de calado o mejorar la calidad de vida de la
ciudadanía
La irrupción de Alianza Catalana en la
arena política y su fulgurante ascenso, según las encuetas, encendió todas las
alarmas. Algo que mal que bien se iba disimulando. pero ya no lo pudieron
ocultar cuando hubo que convocar primarias para designar al candidato a la
alcaldía de Barcelona: ahí el tablero saltó por los aires, ganó el candidato enfrentado
a Puigdemont y, por si no había bastante con el desplante al líder, pocas
semanas después, Jaume Girò, que fue conseller de Economía por Junts en el
Govern de coalición con ERC, se daba de baja del partido por las reiteradas
discrepancias con las decisiones que había tomado la dirección.
La cuestión de fondo, que subyace entre
los posconvergentes, es que estamos a las puertas de un nuevo ciclo electoral y
el bagaje que puede mostrar Junts a sus potenciales votantes de estos años de
apoyo y rechazo, casi simultáneo, al Gobierno es paupérrimo. Se sienten
acosados por la ultraderecha independentista que crece de manera exponencial en
todas las encuestas y a estas alturas, lo que quiera hacer Carles Puigdemont y
el tirón que pueda tener entre la ciudadanía cuando regrese, son auténticas
incógnitas.
A todo ello se suma que Junts carece, en
realidad, de un proyecto político sólido y, por lo tanto, difícilmente puede presentar
un programa electoral convincente. Su único objetivo parece ser regresar a la
plaza de Sant Jaume para recuperar el acceso y el control de los resortes del
poder. Eso es lo único que realmente les interesa.
El hecho cierto es que el nacionalismo conservador
(como lo hemos conocido hasta ahora) está en franco declive, mientras que otro
nacionalismo etnicista y xenófobo va disparado según la demoscopia.
Las cartas están sobre la mesa, ahora tendrán
que jugar la partida.
Bernardo Fernández
Publicado
en EL TRINAGLE 09/09/2026






