Los sufridos lectores que tienen la
gentileza de dedicar cada semana unos minutos a leer la columna que publico en
esta magnífica ventana que es Catalunya Press comprenderán que, en esta
ocasión, aparque los temas que trato habitualmente, política, cuestiones
sociales, etcétera, y trate un asunto que puede parecer banal: fútbol, pero
que, en realidad, no lo es porque ahí se mueven centenares de millones de euros
y el control es más bien escaso, por no decir inexistente.
El F.C Barcelona está haciendo un
inicio de campaña de ensueño. En cada partido establecen un nuevo record. Además,
los culés tenemos el goce añadido de que el Real Madrid no anda, que digamos,
nada fino. A veces pienso que casi disfrutamos más con los fracasos del eterno
rival que con las victorias propias. El batacazo que se dieron los merengues en
el campo del Atlético de Madrid no se paga con dinero. Nunca estaremos lo
suficientemente agradecidos a Florentino Pérez por haber traído, de nuevo, al
gran Joseph Mourinho, con él la diversión la tenemos garantizada.
Explico todo esto porque de forma
paralela a los éxitos de unos y los fracasos de otros, el Barça celebró, el
pasado 19 de septiembre, de forma telemática, una asamblea ordinaria. Aunque la
verdad: aquello, más que una reunión para examinar la situación económica de
una entidad de prestigio mundial, parecía un grupo de amiguetes tomando unas
cañas y parodiando las cuentas del gran capitán. Ya saben, el de los picos, las
palas y los azadones.
Vaya por delante que cualquier
empresa con un saldo negativo en sus cuentas de resultados durante tres
ejercicios consecutivos debería presentar concurso de acreedores y, muy
probablemente, estaría abocada a la quiebra forzosa. Sin embargo, Joan Laporta,
y su junta directiva, hacen ostentación de un optimismo que raya en la imprudencia
o un desconocimiento de la situación económica del club muy preocupante.
El Barça, con la reconstrucción del
campo, se ha hipotecado, al menos, por 30 años en los que tendrá que devolver
unos 4.000 millones de euros. Las cuentas del ejercicio 2025-26, se cerraron con
un saldo neto negativo de 168 millones. El presupuesto para el año próximo está
previsto con solo un millón de beneficio, y se pedirán dos nuevos créditos, de
300 y 210 millones, para terminar el Espai Barça. Pero esta es la industria del
fútbol, y así funciona las cosas en ese universo paralelo.
Según se informó a los socios
compromisarios, la deuda total anda en unos 2.680 millones, de los que 1.800
están vinculados al estadio, mientras que 710 son de bonos y 170 otros
préstamos. Los mandamases del club han decidido jugar a todo o nada y para eso
confían que el Camp Nou sea una máquina de fabricar dinero ya que esperan unos
ingresos de 1.450 millones en 2031, de los que 450 saldrían del estadio.
El objetivo inmediato es terminar
esta temporada con un aforo de 72.000 espectadores, más el 75% de los palcos
VIP activados. Ahora bien, la siguiente temporada habrá que regresar a Montjuïc,
si todo va bien hasta enero. Para entonces, el estadio ya podrá albergar a más
de 90.000 espectadores, hasta llegar a los 104.000 al final de la temporada
2027-2028. En 2029 debería estar finalizado para albergar la final de la
Champions.
Según se explicó, antes de que se decidiera
renovar el estadio, la rentabilidad era de unos 200 millones por temporada. Se
espera que, una vez acabado la cifra ronde los 450, a la que habrá que
descontarle 150 entre intereses y amortización de la deuda.
Más allá del optimismo desbordado la
realidad es la que es y, en consecuencia, el Palau deberá esperar. Así lo
reconoció la directiva en la Asamblea. El Espai Barça se separa del Palau y la
junta busca un socio inversor que construya el pabellón a cambio de explotarlo durante
los próximos años.
Sé que el tema que estoy tratando no
entra en la lógica de la mayoría de mortales. El planeta fútbol se rige por
otros parámetros. No obstante, tengo la sensación que a Laporta y su equipo les
falta hacer una previsión real de la situación y la prudencia necesaria para
moverse en un ámbito tan proceloso como el que nos ocupa.
Es cierto que con Ansi Flick en el
banquillo los resultados del primer equipo invitan a ser optimistas. Pero los
responsables de una entidad que manejan dineros que no son suyos tienen una
responsabilidad añadida. No sería admisible que por dejadez negligencia o
cualquier otro nihilismo el club se encontrase, de nuevo, en una situación
similar a las que ya se han vivido. Quizás es que ya hemos olvidado la época de
Joan Gaspart o más recientemente la de Josep Maria Bartomeu. Por mucho que el
fútbol sea de otro planeta, allí dos y dos seguirán siendo cuatro. Supongo.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press
28/09/2026






