Estamos
a las puertas de un nuevo ciclo electoral. El próximo mes de mayo habrá
elecciones municipales en toda España, autonómicas en varias regiones y las
generales, tal y como están las cosas, pueden ser convocadas en cualquier
momento.
Como
no puede ser de otra manera habrá que recargar las pilas y dar la batalla. Pero
no podemos pecar de incautos y hemo de admitir que la situación que se está
viviendo desde la izquierda no es la mejor para afrontar un proceso electoral
como el que nos espera.
No
se trata, tan solo, de los casos de corrupción, compadreos diversos e
investigaciones judiciales que en los últimos tiempos están poniendo en jaque
al Gobierno que, con ser graves, no son lo peor. Estoy pensando en algo mucho
más estructural y profundo: el progresismo en conjunto padece una crisis de
identidad que está arrastrando a la izquierda en general y a la
socialdemocracia en particular a la marginalidad. Las izquierdas están
desnortadas, y así es materialmente imposible hilvanar un proyecto político que
ilusione y pueda ser el embrión de un programa que reconecte a la ciudadanía
con la política.
En
cambio, la derecha, en especial la extrema, ha construido un relato en el que
hace responsable de todos los males que nos aquejan a la élite política, al
feminismo y a los inmigrantes. Esos son, a su modo de ver, los causantes de
todas nuestras desgracias.
Y
les funciona. Lo hemos podido comprobar en el miniciclo de elecciones
autonómicas que se inició el pasado mes de diciembre en Extremadura y acabó el
17 de mayo con los comicios en Andalucía, después de haber ido a las urnas en
Castilla León y Aragón. En todos esos lugares, los resultados para las fuerzas
progresistas han sido malos y la derecha ha crecido. Y por si no hubiera
bastante con esa muestra, todas las encuestas sin, prácticamente, ninguna
excepción dicen lo mismo: la derecha extrema crece.
Vox
se creó en 2013, pero durante los peores años de la crisis y los recortes,
no despertó ningún entusiasmo en la ciudadanía. Sin embargo, el partido de
Santiago Abascal ha mutado, y ya no es aquella organización que creció a rebufo
del independentismo catalán. Para entender su desarrollo es necesario tener en
cuenta la lenta gestación de un clima cultural y político que ha facilitado la
popularidad de un partido de extrema derecha en España. Entre los fundadores de
Vox se encuentran el propio Abascal y Alejo Vidal-Quadras, ambos procedentes
del Partido Popular. El motivo que los llevó a abandonar el PP fueron las
“concesiones” de los populares a los nacionalismos: Tanto Abascal como
Vidal-Quadras comparten la visión de una España uniformista, sin matices,
defensores del nacionalismo español más rancio, conservador, y tradicionalista.
Aquel del “Santiago y cierra España”.
Nunca
lo sabremos y jugar a especular suele ser sinónimo de perder el tiempo, pero es
más que probable que sin el procés secesionista en Cataluña Vox no estaría hoy
dónde está. A muchos ciudadanos aquellos sucesos les supuso abrir los ojos ante
la cuestión nacional y muy pronto llegaron a la conclusión que la extrema
derecha era quién mejor podía preservar la unidad de la patria.
Pero
quedarnos ahí sería muy superficial. Desde aquel momento la derecha extrema ha
ido ganando adeptos y en la actualidad el voto de Vox es tan transversal como el del resto de
partidos; igual que lo es el voto por opciones análogas en otros países; como
lo fue la mayoría que escogió a Trump. Sus votantes son personas en situación
laboral precaria, pero también tiene profesionales, directivos o titulados
superiores y, asómbrense, también se nutren con los votos de ciudadanos
procedentes de la inmigración e incluso los votan los hijos de esos
inmigrantes.
En un porcentaje muy importante, el votante de Vox es
una persona que desea resolver los problemas sociales —inseguridad, vivienda,
calidad de los servicios públicos—; algo compartido por la inmensa mayoría. La
diferencia fundamental entre unos y otros estriba en que para unos todo eso se
ha de generar dentro de unas normas establecidas de libertad y pluralismo,
mientras que para los otros la autoridad debe ejercer el poder sin demasiados
miramientos.
A
todo esto, deberíamos añadir el desencanto de importantes segmentos de la clase
trabajadora que han visto como sus referentes políticos pasaron de querer
acabar con el capitalismo a hacerlo más justo (¿recuerdan? Bajar impuestos era
de izquierdas).
Para
que se entienda bien y no nos perdamos en disquisiciones metafísicas: los
gobiernos del PP encabezados por José María Aznar fueron los que crearon la
burbuja inmobiliaria. Cierto. Ahora bien, los que vinieron después no se
preocuparon de pincharla hasta que les estalló en la cara. A cada cual lo suyo.
De
todos modos, no quisiera acabar este breve análisis sin dejar una reflexión
sobre la mesa: desde 2018, en nuestro país hay un gobierno de coalición y
progreso. Todos conocemos los sucesos que en estos años se han tenido que
afrontar, empezando por la pandemia de la Covid 19, hasta el cierre del
estrecho de Ormuz, con un largo etcétera de por medio y todos vemos, también,
como está el país. Llegados aquí me pregunto, ¿cómo estaríamos ahora, si en ese
tiempo hubiese gobernado la derecha?
Bernardo
Fernández
Publicado
en Catalunya Press 22/06/2026





