25 de maig 2024

UNA APROXIMACIÓN A LA EVOLUCIÓN DEL VOTO EN CATALUÑA


 

El pasado 20 de marzo se cumplieron 44 años de las primeras elecciones al Parlament, con la democracia recuperada. Los sondeos de la época auguraban una cómoda victoria al PSC, encabezado por Joan Reventós. Un mes antes de los comicios, los socialistas doblaban en intención de voto a CiU. Sin embargo, a medida que se acercaba el 20 M, la ventaja del PSC se fue esfumando. Al final, de forma muy ajustada, ganó Jordi Pujol. Hay quien dice que los socialistas tenían el cava preparado para celebrar la victoria, pero caducó en la nevera sin descorchar. Pujol fue hábil y, sin mayoría absoluta, pudo gobernar con apoyos tan heterogéneos como los que le prestaron UCD y la ERC de Heribert Barrera.

Para algunos aquella victoria fue un misterio. El PSC venía de ganar con holgura dos elecciones generales (en 1977 y 1979) y, también, las primeras municipales, en 1979. Aquella inesperada derrota y, poco después, el affaire Banca Catalana, marcaron el devenir del socialismo catalán durante mucho tiempo. Quizás, por eso, aquel patrón electoral, con pequeñas variantes, hasta la desaparición de CiU, se fue repitiendo en todos los comicios: en las autonómicas ganaban los nacionalistas sin piedad y en generales y municipales eran los socialistas los que imponían su ley.

En 1984, CiU alcanzaría la mayoría absoluta frente al PSC, que había sumado más de un millón y medio de votos en las generales de 1982 y había firmado una nueva victoria en las municipales de 1983, con 15 puntos de ventaja sobre la coalición nacionalista (el doble que en 1979). Sin duda, resulta difícil explicar de manera racional un escenario que permitía a un partido, CiU, ganar medio millón de votos entre las elecciones generales y las autonómicas y a otro, el PSC, perder setecientos mil en el mismo envite.

Miquel Roca, en 1980, hizo una aproximación bastante acertada cuando describió las elecciones autonómicas como un partido que CiU jugaba “en casa”. Y en ese escenario la federación nacionalista era capaz de movilizar hasta el último voto del centro catalanista: un abanico ideológico que abarcaba desde el centroizquierda más templado al conservadurismo más cerrado, bajo el común denominador de un nacionalismo de tonalidades diversas. Es decir, un catalanismo tímido que levantaba cabeza tras la larga noche de la dictadura y que abarcaba desde el independentismo silenciado al autonomismo más pragmático.

CiU supo aglutinar las clases medias, tanto urbanas como rurales. Era una idea bastante compartida que aquel tándem político era el que mejor representaba una identidad, comprendía unas inquietudes y tejía una esperanza de futuro. Además, Jordi Pujol emergió como un líder indiscutible, capaz de aglutinar una importante cantidad de adhesiones a su proyecto.

Por el contrario, a los socialistas no les quedaba más remedio que considerar aquellas derrotas autonómicas como un mal menor; aunque unos de los principales objetivos que se había marcado el PSC desde su fundación era gobernar la Generalitat de Cataluña. Los socialistas paliaban su desconsuelo con algún que otro ministerio en el Gobierno de España y los cargos en el sottogoverno. 

Este sistema, con pequeños altibajos funcionó prácticamente una veintena de años, en 1.999, el PSC encabezado por Pasqual Maragall quebró ese status quo. Los socialistas ganaron las elecciones al Parlament en votos, pero no en escaños y aunque CiU aguantó todavía una legislatura su decadencia se hizo inevitable. Tras las elecciones de 2003 se constituyó el primer tripartito presidio por Pasqual Maragall, mientras Pujol se retiraba y cedía la vara de mando a su delfín Artur Mas.

Los dos tripartititos (entre 2003-2010) supusieron un paréntesis en los gobiernos nacionalistas. Después del segundo presidido por José Montilla, Artur Mas, al frente de Convergencia, volvió a ganar las elecciones por un amplio margen, aunque sin mayoría absoluta y tuvo que pactar los presupuestos con el PP de Cataluña encabezado por Alicia Sánchez Camacho. Sin embargo, no supo o no pudo continuar el pujolismo sin Pujol y acuciado por la crisis económica, los recortes (su Govern fue el más implacable de toda Europa a la hora de meter la tijera en las políticas sociales) y la corrupción en su partido hicieron que disolviera Convergencia y se echase en brazos del independentismo.

Desde entonces hemos vivido una docena de años en el que el nacionalismo moderado, reciclado al independentismo ha vuelto a ser hegemónico y sus mayorías en el Parlament han sido incuestionables. No cabe duda qué ahí el señuelo de la independencia ha jugado un papel fundamental, sin pararse a pensar ¿y después qué? Los sentimientos han primado sobre la racionalidad política, las ideologías y el raciocinio. Como define perfectamente Raimon Obiols en su libro “El temps esquerp”, mucha gente pensó “i si ara sí? Y a nadie se le ocurrió pensar “i si ara no?

Pero todo se acaba, y las elecciones del 12 M no solo las ha ganado el PSC con una claridad meridiana, sino que el independentismo no ha logrado la anhelada mayoría absoluta. Eso no significa que las personas que votaban nacional-independentismo se hayan evaporado, ni mucho menos. En esta ocasión, hastiados por las falsedades del procés y, ante la imposibilidad de lograr lo que parecía que tenían en la punta de los dedos, decidieron votar otras opciones o quedarse en casa, pero esos votos se pueden reactivar por infinidad de cuestiones en cualquier momento.

Por lo tanto, hemos de ser conscientes de que aquí todavía no se ha terminado nada. Estamos en un receso y en función de cómo se desarrollen los acontecimientos, en una dirección u otra, sucederán muchas cosas.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 25/05/2024

19 de maig 2024

SABER PERDER

Cuando estas líneas salgan a la luz, habrá pasado casi una semana desde las elecciones al Parlament. En esos días, los medios de comunicación ya habrán hecho infinidad de análisis, publicado editoriales, tribunas, artículos y llevado a cabo toda clase de tertulias sobre los comicios y sus resultados. Por lo tanto, procuraré no repetir lo que ya se ha dicho y escrito hasta la saciedad. Pero voy a intentar hacer un poco de futurología política a ver si logro despejar alguna de las incógnitas que ha planteado la ecuación resultante del 12 M.

Los resultados, del pasado 12 de mayo, son un aval para la agenda del “reencuentro” que puso en marcha Pedro Sánchez con la mesa de diálogo y los indultos. Ahora, hay que ver la reacción de los partidos independentistas y si saben estar a la altura de las circunstancias, sin mezclar churras con merinas, es decir, si no trasladan su frustración a Madrid y quieren cobrar en el Congreso de los diputados lo que han sido incapaces de ganar aquí. Siempre se había dicho que las cuestiones de la política catalana se resolvían en Cataluña. Sin embargo, desde hace un tiempo el independentismo tiende a querer resolver sus problemas cerca de Cibeles

Pero quiero poner el foco en la política catalana porque las elecciones al Parlament iban de eso: de Cataluña. 

Para empezar, debemos reconocer que la decisión de Pere Aragonés que, tras el descalabro de ERC —anunció que no recogerá su acta de diputado y deja la primera línea política—, es un gesto que le honra. Una iniciativa muy poco habitual por estos pagos. En cambio, Oriol Junqueras apela al apoyo de la militancia para quedarse y ser el próximo candidato de ERC a la presidencia de la Generalitat.

Carles Puigdemont ya anunció el domingo —y ratificado después—, su decisión de presentarse a la investidura. En su opinión, puede lograr una mayoría más sólida que la del PSC; aunque parece poco plausible que desde ERC estén dispuestos a darle su apoyo. Además, necesitaría la abstención de los socialistas para ser investido y desde la calle Pallars ya le han dicho que no cuente con eso.

Puigdemont, aunque diga que no es deseable una repetición electoral, en realidad cree que podría rentabilizar una nueva convocatoria, entre otras cosas, porque haría campaña desde Cataluña y de paso asfixiaría aún más a ERC que no quiere oír hablar de elecciones ni en broma. Con todo, el expresident haría bien cumpliendo su palabra y abandonar “la política activa” tal como anunció en campaña. Pero esa es una decisión muy dura y por ello prolongará su agonía tanto como sea posible, exprimiendo al máximo su imagen de líder mesiánico, aunque eso signifique el bloqueo de institucional.

En esta situación, sería muy conveniente que el líder de Junts recordase que, en política, como en casi todas las actividades de nuestra vida, suele ser, más importante que saber ganar, saber perder. En consecuencia, si asimila esa realidad, prestaría un último servicio al país y a su partido que, sin él, podría encarar el futuro con determinación y sin cargas inútiles en el equipaje.

En cualquier caso, le corresponde a Salvador Illa hacer los primeros movimientos y establecer contactos para intentar formar Govern. El socialista puede negociar tanto con las fuerzas de izquierda —con la fórmula del tripartito ya utilizada en 2003 por Pasqual Maragall y en 2006 por José Montilla; aunque dudo mucho que ERC esté dispuesta a entrar en un tripartito con el PSC. En estos momentos los republicanos son un partido desnortado y sumido en una profunda crisis de identidad. También puede intentarlo con la derecha nacionalista —la inédita sociovergencia—, fórmula muy improbable porque tanto desde el PSC como desde Junts ya la han desechado. Ante esta situación no se debería descartar un Ejecutivo en solitario con una geometría variable que posibilite apoyos parlamentarios a varias bandas.

Si Salvador Illa opta, finalmente, por el Govern monocolor podría ceder a los republicanos la presidencia del Parlament a cambio de, por ejemplo, los votos para la investidura y los primeros presupuestos.

Otra opción podría ser un Govern en coalición con Sumar, pero los de Jessica Albiach saben que el PSC tiene, en la carpeta de los asuntos urgentes, temas como la ampliación del aeropuerto de El Prat, el Hard Rock o la B 40, cuestiones tabús par los Comuns.

A todo esto, no deberíamos obviar la posibilidad de que algunos, por intereses espurios, se enroquen para forzar una repetición electoral. Eso sería fatal, tanto para los partidos por el coste humano y material que supone una campaña, con la alta probabilidad de que los nuevos comicios den unos resultados muy similares a los actuales e incluso que el electorado castigue a aquellos que han forzado la repetición. Pero sobre todo, sería una situación de extrema gravedad para el país, entre otras cosas porque en 2024 estamos funcionando con los presupuestos de 2023 prorrogados y seguir unos meses sin Govern significaría no tener cuentas aprobadas, en el mejor de los casos, hasta mediados del año próximo. Una situación de interinidad que no nos podemos permitir.

Vamos a vivir días de tira y afloja. Habrá momentos que parecerá que todo se va a ir a Norris y otros que todo está hecho. No debemos perder la calma. Muy pronto comenzará la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo, del próximo 9 de junio, y eso va a suponer una relativa ralentización de la agenda política catalana, al menos de cara a la opinión pública, aunque en los cuarteles generales de los partidos se siga trabajando entre bambalinas. El día 10 del mismo mes finaliza el plazo para que se constituya la mesa del Parlament, entonces empezará otra vez el baile, ya definitivo, pero mientras, démonos un respiro, nos lo hemos ganado.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 18/05/2024

 

11 de maig 2024

AHORA TOCA PASAR PÁGINA


 

Desde octubre de 2022, Pere Aragonès ha venido gobernando con un apoyo parlamentario más bien raquítico de 33 diputados, de un total de 135. La abrupta salida de Junts del Govern dejó al Ejecutivo de ERC tocado, pero no hundido. Ante esa situación de evidente debilidad, lo más sensato hubiese sido explorar la vía para formar coalición con los dos partidos que el año pasado apoyaron los Presupuestos. En algún momento, pareció que había posibilidades reales para reeditar un tripartito. Daba esa sensación porque tanto a  los comunes, como a los republicanos y a los socialistas les interesaba el sí a tres bandas, es decir, aprobar los Presupuestos de Barcelona, de Cataluña y de España, unos gobernaban el Ayuntamiento de la capital, los otros la Generalitat y Pedro Sánchez podría seguir con la mayoría que le invistió. Sin embargo, los republicanos prefirieron llegar a acuerdos puntuales, antes que compartir poder

El panorama electoral se precipitó en Cataluña con la negativa de los comunes a permitir la tramitación de los presupuestos para este año, Esa situación cogió a Junts con el pie cambiado, obsesionados, como estaban, en capitalizar el éxito de la ley de amnistía y en los preámbulos de una dura negociación de los Presupuestos Generales del Estado para 2024. El adelanto electoral hizo modificar buena parte de los planteamientos políticos, tanto de los partidos catalanes como del propio Gobierno central que renunció a presentar las cuentas para este año y todos ellos se marcaron como objetivo prioritario el 12 M.

Ahora, estamos a pocas horas de ejercer nuestro derecho a votar. Decir que estamos ante las elecciones más importantes es un tópico que, de tanto usarlo, se ha desgastado. Sin embargo, en esta ocasión es una gran verdad.

Cuando este próximo domingo, los ciudadanos de Cataluña vayamos a las urnas, decidiremos entre seguir atascados, divididos y enfrentados, como lo hemos estado estos últimos diez años o, pasar página, mirar al futuro y encarar una etapa de progreso y concordia, donde la atención a las personas y al bienestar de los ciudadanos sean el eje vertebrador de todas las políticas.

En Cataluña soplan vientos de cambio. Por mucho que algunos se empeñen en aferrarse a viejas entelequias, eso ahora son pantallas superadas. Ha llegado el momento de revalidar los grandes triunfos que logró el PSC en las últimas elecciones municipales del 28 de mayo y en las generales de 23 de julio.

Nacionalistas e independentistas siempre han considerado a los socialistas como el enemigo a batir. Sin embargo, el socialismo catalán ha tratado, a menudo, con demasiada benevolencia al nacional-independentismo y a su entorno ideológico más cercano.   

Esa situación no surge por generación espontánea. En opinión de prestigiosos historiadores, el nacionalismo hunde sus raíces en el carlismo del siglo XIX que, aunque derrotado por los liberales de la época, arraigó con fuerza tanto en el País Vasco como en Cataluña, evolucionando hacia el nacionalismo.

Más tarde, ya con una democracia incipiente, el affaire Banca Catalana vino a trastocar lo que hubiera tenido que ser el normal desarrollo democrático y la recuperación de las instituciones catalanas que acabaron siendo monopolizadas por el pujolismo y estigmatizando al PSC.

No es casual que, durante décadas, incluso a día de hoy, en la Cataluña interior los socialistas sean considerados botiflers y ñordos. Ser socialista allí puede llegar a ser una conducta de riesgo en determinados momentos y lugares. Con los tripartitos de Maragall y Montilla parecía que la situación podía normalizarse, pero el exceso de ruido mediático, algunas acciones gubernamentales poco afortunadas y la crisis económica pusieron fin a aquella etapa de normalización y entramos en otra que, por el bien de todos, hemos de cancelar.

Y en esas estamos. Ahora nos toca pasar página. Estas elecciones al Parlament son muy determinantes. Hemos de decidir si se produce un cambio sustancial en el equilibrio político o continuamos atascados en lo que se ha dado en llamar la década perdida. Es decir, continuar con la agonía procesista que nos ha llevado a un callejón sin salida o ponemos el contador a cero e iniciamos una nueva etapa.

En este contexto, es crucial que los partidos independentistas no sumen 68 escaños que dan la mayoría absoluta en el Parlament. Eso significaría que la probable victoria del PSC podría ser válida para gobernar y hacer factibles fórmulas de gobierno y/o colaboración que nos liberen de esa tela de araña en la que estamos atrapados y se pongan en práctica políticas de reencuentro, normalización institucional y recuperación económica.

Hemos de ser conscientes de que en esta ocasión tenemos la oportunidad de clausurar uno de los periodos más grises de nuestra historia democrática, recobrar la cohesión social e iniciar una etapa de bienestar y progreso que nos vuelva a situar como ciudadanos y como país entre los lugares con mejor calidad de vida y más desarrollados de Europa; lograrlo de nosotros depende.

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 11/05/2024

ENCUESTAS, VETOS Y EL EFECTO SÁNCHEZ


 

Se supone que, en las sociedades democráticamente consolidadas, los votantes se movilizan y deciden su voto en función de las propuestas que hacen los partidos y sus candidatos. Vimos como en la campaña electoral vasca, los políticos se centraron en hablar de los problemas cotidianos. Cuestiones como la supuesta degradación de los servicios públicos, el precio de la vivienda o propuestas para mejorar el Estado del bienestar llenaron de contenido las intervenciones de los aspirantes a lendakari que prácticamente aparcaron los temas identitarios, tan solo al final, y por un desliz del candidato de EH Billdu, los peores fantasmas del pasado se colaron en los debates, pero el tema se obvio muy pronto.

En cambio, aquí, estamos en plena campaña electoral de las elecciones al Parlament y el mantra de la autodeterminación, la unilateralidad y la supuesta represión están siendo el hilo conductor en los discursos de Junts y ERC y hablan poco de las cosas de comer, como la sequía, la educación o la sanidad. En cambio, ha entrado con cierta fuerza, impulsado por la patronal, que hacer para volver a ser la locomotora económica que Cataluña fue en tiempos pasados. Y, eso sí, en una cosa están de acuerdo los tres candidatos con opciones a la presidencia de la Generalitat: la necesidad de una mejor financiación, pero difieren del método a seguir para lograr ese objetivo.

Como es lógico, cada partido ha diseñado la campaña electoral como mejor ha considerado para sus intereses. En Junts le han hecho una campaña ha medida de Carles Puigdemont, y recordando aquello de si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña, los postconvergentes han decidido hacer cada día un mitin en Árgelès-sur-Mer y fletar a diario unos cuantos autocares para que los ciudadanos que lo deseen se trasladen a la localidad francesa (parece que a Puigdemont y los suyos eso de la huella de carbono, les importa entre poco y nada). Hacen los actos en un polideportivo con una capacidad para unas 300 personas, o sea que no tienen que esforzarse demasiado para llenar. Allí, Puigdemont se recrea explicando a sus fieles como de buenos son los de Junts y él, en especial, plantando cara al Gobierno central y obligándole a negociar, poniendo como ejemplo  la ley de amnistía y amenazado, de forma velada algunas ocasiones  y claramente en otras, que si no se pliegan a sus intereses dejará de dar soporte al Ejecutivo. Tampoco desaprovecha para lanzar dardos a ERC por, en su opinión, tibieza negociadora.

En cambio, desde Esquerra se han volcado en revindicar su obra de Govern, omitiendo temas espinosos como la falta de la previsión para paliar la sequía, el informe Pisa, la tibia respuesta que se está dando a las inacabables listas de espera en la sanidad pública o la incapacidad para llevar a cabo la transición ecológica. Parece que Aragonès está más preocupado por contraprogramar a Puigdemont y contestar a Illa que en presentar un proyecto de futuro viable y creíble.

Salvador Illa se sabe favorito en las encuestas y ejerce, pero sin perder los papeles. El socialista no desaprovecha las ocasiones para recordar que ha tendido la mano durante este último mandato al Govern de Aragonés. Su objetivo es que la atención a las personas y al bienestar de los ciudadanos sea el eje vertebrador de las políticas. Otra de sus prioridades será un pacto sobre el modelo de financiación. “Ya basta de frustraciones y de fijar horizontes que no son viables”, ha dicho en alusión al plan de Aragonès de recaudar todos los tributos al estilo del País Vasco. En cambio, propone: mejorar la gestión, desplegar el Consorcio Tributario conjunto entre la hacienda española y la catalana, previsto ya en el Estatut, para recaudar los impuestos, sin esquivar la posibilidad de poder ir más allá.

También pone el énfasis en defender el principio de ordinalidad, esto es, mantener una equivalencia en la relación de comunidades autónomas entre lo que se aporta a la caja común y lo que se recibe.

Vamos a entrar en la semana decisiva de la campaña de estas elecciones y cualquier error, cualquier despiste, puede ser fatal. Pero, de momento, todos los sondeos de opinión dan ganador al PSC y a su candidato, Salvador Illa, como el presidenciable preferido por la mayoría de los electores. No obstante, hay que ser muy prudentes porque los imprevistos o los factores emocionales pueden hacer descarrilar a las encuestas. También está por ver como incide en el electorado la reacción de Pedro Sánchez de no dimitir y seguir al frente del Gobierno, a pesar de la campaña de calumnias y desprestigio que la extrema derecha Manos Limpias ha orquestado contra su esposa y a la que la derecha ha dado pábulo

Ya veremos si la aritmética parlamentaria dé para gobernar a los socialistas. También si los vetos que se anuncian desde las fuerzas independentistas, para evitar que Illa llegue al Palau de la Generalitat se cumplen o no.

De todos modos, soy de la opinión de no obsesionarse con las encuestas, ni con las que auguran buenos resultados a nuestras opciones ni con las que pronostican la hecatombe para una opción política concreta. La única encuesta válida será el escrutinio de las urnas el próximo 12 de mayo.

Estamos viviendo una de las campañas más polarizadas de los últimos tiempos en unas elecciones al Parlament. Habrá que ver si, en esta ocasión, los sondeos y encuestas se acercan a la realidad, si los vetos, llegado el caso, se hacen efectivos y hasta donde repercute, en el electorado, el efecto Sánchez. Pero lo realmente importante es que, una vez superado este proceso electoral, recuperemos la cohesión social, el orgullo como país y la voluntad de seguir juntos, dando por clausurada más de una década de enfrentamientos, división y decadencia, porque, al fin y al cabo, son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan. Si es así, habrá valido la pena.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 04/05/2024

28 d’abril 2024

LAS ELECCIONES VASCAS COMO REFERENCIA

El pasado domingo por la noche en el palacio de la Moncloa respiraron aliviados. Después del fiasco en las elecciones autonómicas gallegas, el resultado obtenido por el PSE tuvo efectos balsámicos. Pero es que también Sumar consiguió un balance positivo, al lograr un escaño en la Cámara vasca, aunque no con su cabeza de cartel, si no con el representante de Izquierda Unida Ese balance debería generar una cierta tranquilidad en el seno del Gobierno que, últimamente, parece un poco atribulado. Además, va a permitir tanto al PSOE como a Sumar encarar las elecciones catalanas y las europeas con relativo optimismo.

Por el contrario, se ha confirmado un poco más el hundimiento de Podemos que ha perdido los seis diputados que tenía y se queda fuera del Parlamento vasco. Lo cual nos viene a confirmar aquella máxima de que la izquierda cuando se divide, pierde. También el PP sumó un escaño más, pero ni será relevante ni han logrado unificar al centroderecha, que eran sus objetivos.

La victoria del PNV, aunque muy ajustada, ha supuesto un respiro, porque de haber ganado EH Bildu, los socialistas, como depositarios de la llave de la gobernabilidad, se habrían tenido que decantar por unos o por otros y eso, hubiera podido significar un serio inconveniente para la estabilidad del Gobierno central. Sin embargo, con estos resultados sobre la mesa se podrá reeditar la colaboración entre PNV y PSE, vigente desde 2016 que hasta el momento ha funcionado razonablemente bien.

Ahora, con la campaña de las elecciones al Parlament ya en marcha, no estaría de más que los partidos catalanes, especialmente los independentistas, peor no solo ellos, echaran un vistazo a como se ha desarrollado el proceso electoral en Euskadi. Han sido las elecciones autonómicas más inciertas en los últimos años porque estaba en juego la hegemonía en el mundo nacionalista que se disputaban PNV y EH Bildu que, por primera vez, podía dar el sorpasso y a punto estuvo de conseguirlo.

Fue muy positivo constatar que a lo largo de la campaña en ningún momento se intentó mezclar la política nacional con la autonómica. Es más, a diferencia de lo que ocurre en la política nacional, los políticos se han centrado en hablar de los problemas cotidianos. Cuestiones como la supuesta degradación de los servicios públicos, el precio de la vivienda o propuestas para mejorar el Estado del bienestar han llenado de contenido las intervenciones de los aspirantes a lendakari que han orillado los temas identitarios. Es decir, sus propuestas han ido en la línea de mejorar la gestión del autogobierno que quieren ampliar y consolidar: Y es que todo indica que sacaron conclusiones del plan Ibarretxe y el desenlace del procés les ha servido para escarmentar en cabeza ajena.

Los peneuvistas no acostumbran a dar puntada sin hilo. Por eso, supieron jugar sus cartas y, a cambio del apoyo a la investidura de Pedro Sánchez, obtuvieron el compromiso de que en dos años se traspasarían las competencias del Estatuto de Guernica aún pendientes.

Sería muy interesante que algunos de nuestros políticos tuvieran como referencia la manera de barrer para casa del PNV. El Estatuto de Guernica es de 1979, el único que aún no se modificado. De hecho, en la legislatura que acabó el 21 de abril, Íñigo Urkullu intentó un proceso de reforma, pero muy pronto se vio que aquello difícilmente saldría adelante de forma consensuada. La posible inclusión del “derecho a decidir” embarrancó los trabajos e hizo descarrilar la comisión que se había creado. Por eso ahora el PNV pretende llevar a cabo un nuevo Estatuto más posibilista a la espera de que EH Bildu y el PSE formen parte del acuerdo. Además, es muy probable que los nacionalistas pretendan que EH Bildu baje a la arena de la política y se tengan que retratar con la realidad de la situación y así se vean forzados a aparcar parte de sus entelequias   

Parece que peneuvistas y responsables de la izquierda abertzale ya habían mantenido contactos en el mandato anterior para llevar a cabo la tarea. No obstante, todos saben que para reformar el Estatuto con éxito hay lograr el mayor consenso posible porque deberá pasar el cedazo del Congreso de los diputados y para eso es indispensable contar con el concurso de los socialistas. Además para EH Bildu es imprescindible que Sánchez siga en la Moncloa, al menos hasta que culmine el proceso de acercamiento de presos ETA a las cárceles vascas. Por consiguiente, es razonable pensar que la legislatura se apuntala un poco más. Al menos por lo que respecta a los partidos vascos.  

Mientras aquí, unos piden una financiación singular y al día siguiente un referéndum, y a mí me asalta una duda: ¿para qué querrán una financiación singular si a lo que aspiran es marchar de España? Otros, en cambio, se aferran a bagatelas pasadas, dicen no renunciar a la unilateralidad y amenazan con vetos y retirar su apoyo al Gobierno central si los socialistas catalanes no ceden a sus pretensiones. Y eso que siempre hemos alardeado de que la política catalana no dependía de lo que sucediera en Madrid.

En cambio, el candidato del PSC, Salvador Illa, propone establecer una negociación con el Gobierno para cerrar 50 traspasos pendientes y lograr un pacto de financiación que dote a Cataluña de los recursos que necesita, pero sin dar la espalda ni mirar por encima del hombro a nadie.

A la espera de la decisión que la decisión que anuncie el próximo lunes, Pedro Sánchez, respecto a si dimite o no como presidente del Gobierno, va a condicionar todo lo que se ha escrito aquí en clave de futuro, Y es evidente que, suceda lo que suceda, habrá un antes y un después del 29 A.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en e Notícies 27/04/2024

 

25 d’abril 2024

DEL SOCIALISMO A LA SOCIALDEMOCRACIA

En el siglo XIX, la socialdemocracia fue una tendencia revolucionaria difícil de diferenciar del comunismo. Pretendía acabar con la división de la sociedad en clases, terminar con la propiedad privada de los medios de producción y, en definitiva, destruir al capitalismo. La democracia y la vía parlamentaria para conseguirlo eran “trampas de la burguesía”. Sin embargo, en la actualidad no se parece en nada a aquello: la socialdemocracia ha devenido en sinónimo de socialismo democrático.

El concepto de “socialismo” se ha vistió a menudo contaminado por su asociación con las distintas dictaduras del siglo XX (nacionalsocialismo, socialismo real,…). De hecho, la idea ha evolucionado y ya es habitual hablar de socialdemocracia. Esta representa un compromiso de aceptación de un capitalismo de rostro humano y de la democracia parlamentaria como marcos en los que se van a atender los intereses de amplios sectores de la población.

La edad de oro de la socialdemocracia coincidió con la edad dorada del capitalismo,  (desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la primera crisis del petróleo): fue cuando más creció la economía, hubo pleno empleo y disminuyeron las desigualdades. Fueron los años en que la socialdemocracia se convirtió en fuerza hegemónica.

En el año 1959, el todopoderoso Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) abandonó el marxismo para convertirse en una formación partidaria de la economía social de mercado, identificando directamente al socialismo con la democracia. El SPD propuso crear un nuevo orden económico y social conforme a los “valores fundamentales del pensamiento socialista, la libertad, la justicia y la mutua obligación derivada de la común solidaridad”. La consigna sería: “competencia donde sea posible, planificación donde sea necesaria”.

La socialdemocracia se articula sobre los principios de la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad y se añade la responsabilidad. Los grandes objetivos socialdemócratas son la universalización: de las pensiones, la educación y la sanidad. Sus principios inmutables son el compromiso con la democracia, las medidas de redistribución de la renta y la riqueza, la regulación de la economía, y la extensión del Estado de bienestar “desde la cuna hasta la tumba”. Para lograrlo es necesario un Estado democrático fuerte para moverse dentro de la economía de mercado, incluso para garantizarla. Hay dos creencias consustanciales en la naturaleza de la socialdemocracia. Una es el reconocimiento de que el capitalismo es un sistema inestable en su funcionamiento. Otra que es muy poco equitativo al distribuir sus beneficios entre los ciudadanos. Por eso, esas desviaciones deben corregirse mediante una adecuada intervención del Estado. Esa intervención la han de decidir los políticos, no los economistas. Contra lo que a veces se cree, las nacionalizaciones no son una de las señas de identidad de la socialdemocracia, aunque fueron aplicadas en algunos países como en el Reino Unido de Clement Attle o la Francia de Mitterrand.

A partir de los años setenta del siglo pasado, la socialdemocracia fue declinando electoralmente. En primer lugar, por su ineficacia en la lucha contra la inflación motivada por las dos crisis del petróleo: los que habían domado el paro fueron incapaces de hacerlo con los precios. También influyeron una serie de cambios sociológicos profundos que modificaron las circunstancias vitales como por ejemplo,  un progresivo decaimiento de la clase obrera tradicional y la aparición de una emergente clase media; como consecuencia de ello y de la revolución tecnológica se produjo el declive de la afiliación sindical; la transición demográfica (de una sociedad de jóvenes a una sociedad de mayores), que ponía en peligro la viabilidad del Estado del bienestar; la ruptura del equilibrio entre el capital y el trabajo que se había establecido en los años anteriores, etcétera.

La revolución conservadora de los años ochenta y la Gran Recesión del año 2008, fueron sendos torpedos en la línea de flotación socialdemócrata. Ante la fortaleza de los postulados ideológicos de Thatcher y Reagan, una parte de la socialdemocracia puso en marcha la llamada “tercera vía”. Sus principales protagonistas el americano Bill Clinton, el británico Blair y el alemán Schröder. Intentaron, básicamente, armonizar la política económica de la derecha conservadora con la política social de la izquierda, para ocupar el centro, que es donde, se supone, se ganan las elecciones. Sin embrago, fue el liberalismo el que ganó la partida. Solo se percibieron algunas pulsiones de socialismo reformador en medio de un movimiento desregulador, con rebajas de impuestos y una participación menor del Estado en la economía social de mercado. En el mejor de los casos, se hablaba de centro-izquierda. Cuando le preguntaban a Thatcher cuál es su herencia intelectual, respondía: “Mi mejor legado es Tony Blair”.

Con la Gran Recesión que comenzó en 2008, se hizo evidente que la economía mundial había entrado en una crisis general muy profunda; fueron muchos los analistas que creyeron que había llegado incluso la hora final del capitalismo. Sin embargo, lo que se estaba anunciando, era otra crisis de la socialdemocracia, con fenómenos desconcertantes como trabajadores de baja cualificación que, al sentirse desamparados se fueron a refugiar en la extrema derecha, o profesionales de alta cualificación buscando soluciones a la izquierda del socialismo.

De hecho, la socialdemocracia ha pasado de querer acabar con el capitalismo a tratar de gestionarlo para hacerlo más justo. Ahora, los valores clásicos socialdemócratas son defendidos también por los partidos a la izquierda de la izquierda. El comunismo es algo residual en el mundo. Si examinamos detenidamente los programas de esas fuerzas políticas que se autodenominan de “izquierda consecuente” sus propuestas son, por lo general, un regreso a la edad dorada de la socialdemocracia (keynesianismo, impuestos progresivos, regulación, servicios públicos, universalidad de las pensiones, la educación y la sanidad, etcétera), con las implementaciones del feminismo y el ecologismo.

Con la pandemia global de la Covid y la guerra en Ucrania han cambiado las condiciones. Ahora la socialdemocracia tiene otra oportunidad. Esperemos que los partidos socialdemócratas hayan aprendido la lección del 2008. Hay que ensayar nuevos escudos sociales para completar el Estado de bienestar y practicar un intervencionismo selectivo. La cuestión principal es si podemos permitirnos sanidad, pensiones públicas, universales, seguro de desempleo, una educación que no sea prohibitiva, etcétera, o todos estos beneficios y servicios son demasiado caros. ¿Es un sistema de protecciones y garantías “de la cuna a la tumba” más útil que una sociedad impulsada por el mercado en la que el papel del Estado se mantiene al mínimo?

En definitiva, ¿tiene futuro la socialdemocracia? Esa es la cuestión.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en e Notícies 20/04/2024

 

15 d’abril 2024

LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE

Estos días se cumplen 93 años de la proclamación de la Segunda República española. Aquel hecho histórico fue posible porque se dieron una serie de circunstancias especialísimas: una grave crisis política, serios problemas de desigualdad y subdesarrollo, agravados por la depresión mundial y un renacimiento intelectual muy vigoroso y positivista. A todo eso, hay que añadir que en la España de los años treinta la Monarquía se había convertido en una institución obsoleta, la economía estaba gripada, los desequilibrios, entre la España rural y la urbana eran muy acusados y la crispación entre las corrientes políticas e intelectuales antagónicas estaba a flor de piel.

En este contexto, el Gobierno del almirante Aznar, conocido como dictablanda en contraposición al de la dictadura de Primo de Ribera, alteró el orden electoral que correspondía y convocó elecciones municipales para el 12 de abril de 1931. La idea era que al tener los comicios un sesgo administrativo sirviesen para atemperar posiciones y calmar los ánimos contra el régimen que estaban muy alterados.

Sin embrago, ni los partidos de izquierdas, ni los republicanos mordieron el anzuelo y plantearon la campaña como si de elecciones a Cortes se tratase. De hecho, aquellos comicios fueron planteados como un plebiscito a la Monarquía de Alfonso XIII. La victoria social-republicana fue arrolladora. La conjunción republicano-socialista ganó en la práctica totalidad de capitales de provincia, pero es que también lo hizo en lugares  como VallecasBaracaldo o Vigo y también en  SabadellTarrasaHospitalet de Llobregat y   Linares, la CarolinaAlgecirasTomellosoMieresLangreoGijón o Mahón. ​

El conde de Romanones, ministro de Estado, relató: «Al volver a Madrid (pasada la tarde en el campo) me di inmediata cuenta de que la batalla estaba perdida. Me bastó saber que en el centro del barrio de Salamanca, donde solo hay clase media y donde habita la aristocracia de la sangre y del dinero, el escrutinio resultaba adverso para los monárquicos».

Como no podía ser de otra forma, tras la euforia de unos por la victoria electoral y la decepción de los otros por el fracaso de sus opciones, el lunes 13 de abril nadie sabía que iba a pasar en España.

El Gobierno estaba desconcertado, los monárquicos descolocados y en la oposición temían que se pusiera en marcha una ola represiva. En ese contexto, quizás fueron los asesores más cercanos a Alfonso XIII los que supieron hacer una lectura correcta de la situación y tras no pocas tensiones, propuestas y contrapropuestas que no cristalizaron, para evitar un baño de sangre, optaron por proponer al rey que se expatriase “temporalmente”.     

Una vez proclamada la Segunda República, el 14 de abril de 1931, está adoptó la forma de república unitaria, si bien permitía la formación de regiones autónomas (a lo que se acogieron Cataluña y País Vasco). La República pronto tuvo que enfrentarse a la polarización política propia de la época y a importantísimos poderes fácticos encabezados por el sector financiero, la Iglesia y el ejército. Pronto quedó claro que aquello sería una obra de titanes. De forma simultánea, en Europa se vivía el ascenso al poder de dictaduras totalitarias. El primer presidente de la República fue Niceto Alcalá Zamora, de la Derecha Liberal Republicana; en tanto que Manuel Azaña, de Acción Republicana (más tarde Izquierda Republicana (IR)) en coalición con el PSOE, fue el presidente del Gobierno tras la victoria izquierdista en las elecciones del 28 de junio. Este gobierno trató de realizar numerosas reformas, como la Ley de Reforma Agraria, por lo que su gobierno es conocido como el Bienio Reformista. Fue en 1931 cuando se extendió también, por primera vez en España, el sufragio universal a las mujeres.

Ya en 1932 tuvo lugar un fallido golpe de estado protagonizado por el general Sanjurjo, muestra de la inestabilidad política del momento. En las elecciones de 1933, ganó la Confederación Española de Derechas Autónomas de José María Gil-Robles, seguida del Partido Republicano Radical de Lerroux. La CEDA, que unía a diversos partidos conservadores y presentaba ciertos rasgos de carácter fascistoide, fue rechazada por Alcalá Zamora para presidir el gobierno, otorgándoselo a Lerroux, si bien éste integró en su gobierno a varios ministros de la CEDA. La integración de la CEDA en el Gobierno fue una de las razones que motivó la Revolución de 1934, en la que sectores del PSOE, Unión General de Trabajadores (UGT), Confederación Nacional del Trabajo (CNT) y Partido Comunista de España (PCE) protagonizaron una huelga general en el marco de la cual se intentó el derribo del gobierno, al tiempo que Lluís Companys (ERC)), president de la Generalidad de Cataluña, proclamaba el Estado Catalán dentro de la República Federal Española. La violenta represión de la Revolución, en especial en Asturias, donde tomó especial fuerza, la supresión de la autonomía catalana y la detención de numerosas personalidades políticas de importancia (incluidas algunas que no estuvieron detrás de los hechos acaecidos, como Azaña), motivaron la formación del Frente Popular por PSOE, UGT, PCE, Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), IR, Unión Republicana (UR) y ERC, entre otros. El Frente Popular venció en las elecciones de 1936, volviendo a asumir el gobierno Manuel Azaña, quien pronto fue elegido presidente de la República tras la destitución de Alcalá Zamora.

Pero ese es otro capítulo de la historia que podremos tratar en otra entrega. Hoy quedémonos con lo que puedo haber sido y no fue.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E Notícies 13/04/2024

 

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