03 de maig 2015

HACIENDA SOMOS TODOS

Proceso de regularización fiscal es el eufemismo utilizado por el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, para no pronunciar la expresión amnistía fiscal, aprobada por el gobierno de Mariano Rajoy en 2012.  A la misma, se acogieron unos 30.000 contribuyentes que tenían cuentas por saldar con el fisco. De ellos, 705 (750 según ha dicho recientemente el director de la Agencia Tributaria, Santiago Menéndez), son individuos de especial relevancia social, sobre todo políticos. Personajes como Rodrigo Rato, Francisco Granados, Luís Bárcenas o alguno de los Pujol, tienen el dudoso honor de formar parte de esa lista de ilustres.
El asunto es que, mientras esos “señores” vivían opíparamente a cuerpo de rey y tenían sus dineros a buen recaudo en Suiza, Andorra o cualquier otro paraíso fiscal, los ciudadanos honrados y decentes, que somos la mayoría de este país, teníamos que hacer toda clase de malabarismos para llegar a fin de mes, sacar la familia adelante y sostener el, cada vez más depauperado, Estado del bienestar.
De forma simultánea, se producían los mayores recortes de la democracia.  El presupuesto de la sanidad se reducía en 7.000 millones de euros, el de educación en 3.000, el presupuesto de cooperación exterior  caía un 70%. Asimismo, se recortaba en cultura, energías renovables, investigación y desarrollo o se desballestaba la ley de la dependencia,   y eso, tan sólo por citar algunos ejemplos.
Pero es que, además, existen sospechas fundadas  de que los capitales de esos sujetos podrían tener orígenes opacos, como el cohecho, el tráfico de influencias o la prevaricación. Es decir, no sólo olvidaron el viejo eslogan de la Agencia Tributaria: “Hacienda somos todos”, sino que presuntamente han cometido delitos que van mucho más allá del el fraude fiscal.
En este contexto, la actitud del ministro Montoro, con su doble vara de medir, resulta lamentable. Acudió raudo al Congreso de los Diputados a explicar con todo lujo de detalles el affaire Pujol, pero cuando ha saltado el “caso Rato”, pese a la alarma social generada, ha escurrido el bulto y ha mandado a su subordinado, Santiago Menéndez, a dar explicaciones al Congreso.
La ciudadanía está más formada, es más madura y tiene más memoria de lo que algunos políticos quisieran. Por eso, llegan las elecciones y pasa lo que pasa. Entonces algunos se lamentan.

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 29/04/15

¿PLEBISCITARIAS? NO, GRACIAS

Artur Mas,  y sus colaboradores más entusiastas, no pierden ocasión para explicar, a quien les quiera escuchar, que las elecciones autonómicas convocadas para el próximo 27 de septiembre, son en realidad unas elecciones plebiscitarias porque el Tribunal Constitucional no permite celebrar un referéndum de autodeterminación.  Por eso, semanas atrás, el Ejecutivo catalán hizo llegar a las embajadas de la UE un informe del Consejo Asesor para la Transición Nacional, según el cual los comicios del 27S son la única salida legal ante las reiteradas negativas de las instituciones del Estado español a permitir una consulta.
Ciertamente, los argumentos de los soberanistas son reiterativos y monótonos, por lo que se convierten en cansinos. No obstante, analicemos en profundidad sus razonamientos para ver cuánto hay de verdad y cuánto de falso en los mismos.
Para empezar, es conveniente recordar que en países de larga tradición democrática, como pueden ser EEUU, Francia o Alemania, no se puede plantear la secesión de una parte del territorio ni siquiera mediante una reforma constitucional.
Más allá de este pequeño apunte inicial, conviene constatar que unas elecciones plebiscitarias son algo inexistente en países desarrollados. Es verdad que se han dado cambios de régimen ante resultados muy contundentes en unas elecciones. Así por ejemplo, se proclamó la República en España en 1931, tras una elecciones municipales o en Polonia, en 1989, se produjo un cambio de régimen cunado el Sindicato Solidaridad ganó por abrumadora mayoría. Pero eso no ha ocurrido nunca dentro de un sistema democrático ni se han convocado elecciones de carácter plebiscitario con el objetivo de generar una secesión territorial, dentro de un Estado de derecho. 
Las elecciones en el marco de las democracias representativas de los países desarrollados, tienen como objetivo que los ciudadanos elijan a sus representantes, los que, a su vez,  asumen la responsabilidad de asegurar el gobierno del Estado y el funcionamiento de las instituciones. Para que eso sea posible, el proceso de elección se ha de llevar a cabo respetando escrupulosamente derechos democráticos fundamentales como libertad de sufragio, de expresión, de asociación, etcétera, y bajo la tutela de un poder judicial independiente. Queda, en consecuencia, meridianamente claro cuál es el objetivo de unas elecciones y cambiarlo por otro puede constituir fraude de ley.
Pero es que además, la ley electoral vigente en Cataluña otorga mayor representatividad a las tres circunscripciones menos pobladas en detrimento de la de Barcelona. Es decir, en las elecciones de 2012 las organizaciones nítidamente independentistas (CiU, ERC y la CUP) obtuvieron el 49,14% de los votos y, sin embargo, se adjudicaron el 54,81% de los escaños.
De todos modos, si algún día se llegara a plantear un hipotético referéndum, parece lógico pensar que se deberían tener muy en cuenta los fundamentos jurídicos de la sentencia del Tribunal Supremo de Canadá sobre Quebec y la consecuente Ley de claridad. También se deberían recuperar los criterios utilizados por la propia UE en el referéndum de independencia de Montenegro.  Esos criterios básicos serían: una pregunta clara y una mayoría clara a favor de la secesión. Aquí no cabría la triquiñuela de “nuevo Estado de Europa” porque es evidente que en la hipótesis de que Cataluña logrará la independencia quedaría automáticamente fuera de la UE y, en consecuencia, tendría que iniciar un larguísimo proceso de adhesión como cualquier otro país.
En cualquier caso, quedarían por concretar cuestiones de suma importancia, como puede ser donde se pone el listón de la participación o cual debería ser el porcentaje de los votos válidos emitidos, favorables a la secesión, para legitimar el resultado. Conviene recordar que en el parlamento catalán hacen falta 2/3 de votos para modificar el Estatuto o la ley electoral. Por tanto, sería muy lógico que tuviera que ser una mayoría cualificada la que validase es hipotético referéndum.
En definitiva, después de este breve análisis,  parece bastante  impensable que la comunidad internacional en general y la UE en particular de por bueno el resultado de unas elecciones plebiscitarias y reconozca Cataluña como un Estado independiente. Ciertamente, soñar no cuesta dinero, pero con frecuencia se producen desengaños muy dolorosos. En consecuencia, sería deseable que el gobierno de la Generalitat se deje ya de mandangas y se dedique a cumplir con sus obligaciones, es decir, gobernar que buena falta nos hace.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 28/04/15

13 d’abril 2015

BARCELONA, CIUDAD MESTIZA

Vista desde la lejanía Barcelona puede parecer la ciudad ideal. Un clima templado de inviernos suaves y cálidos veranos, ni grande ni pequeña, una gastronomía exquisita, una gran belleza urbana y una arquitectura modernista que es admirada en todo el mundo. Estos son los atributos que, entre otros, hacen de la ciudad uno de los principales polos de atracción mundial.
A día de hoy, Barcelona es una ciudad mestiza (sólo en el distrito de Ciutat Vella  hay más 50 nacionalidades distintas), de más de 1,5 millones de habitantes que vertebra un área metropolitana de 5, en una Cataluña de 7,5 millones de almas. Ciertamente, la relación entre Barcelona y Cataluña nunca fue fácil, las desconfianzas y recelos mutuos han existido desde siempre. También justo es reconocer aquí el empeño que puso en ello Jordi Pujol en agrandar esa herida porque facilitaba sus intereses. A modo de ejemplo baste con recordar la supresión de la entonces embrionaria Área Metropolitana de Barcelona por presuponer que sería un posible contrapoder.
Para comprender Barcelona, hay que conocer algo de su historia, al menos de los últimos 100 años. La ciudad incendiaria de 1909 y los motivos que llevaron a la Semana Trágica. La Barcelona frívola y canallesca de la primera Guerra Mundial. La ciudad ácrata. Después la Barcelona famélica y una de las cunas del estraperlo de los años cuarenta. La ciudad sucia y gris del alcalde  Porcioles. Más tarde, en los años setenta, la urbe repleta de pintores, literatos y  músicos, hasta llegar a la Barcelona que en 1992 se convierte en la gran ciudad olímpica que se proyecta al mundo.
Desde entonces, la urbe ha experimentado grandes transformaciones: se abrió al mar, ha puesto en valor buena parte de sus fachadas, ha llenado las calles de turistas, de motos y después de bicicletas. Dice proteger el comercio tradicional, pero las políticas municipales no dejan de machacar al tendero de siempre. Simultáneamente,  está viviendo una gran metamorfosis, las desigualdades han crecido de forma exponencial y lo peor: no se ve que esa tendencia vaya a amainar, todo lo contrario. El alcalde de los últimos cuatro años o está desaparecido o cuando aparece  se pone al servicio de los grandes y poderosos, como es el caso de la reforma de la Diagonal o la Marina del Port Vell, y mientras, según informes del propio ayuntamiento, las desigualdades siguen creciendo en la ciudad. Así por ejemplo: las personas que viven en el distrito más rico (Sarrià-Sant Gervasi)  disponen de una renta más de tres veces superior a la que disponen los que viven en Nou Barris, el distrito más pobre. Es decir, si la base es 100, la disponibilidad en Sarrià es de 185,5, mientras que en Nou Barris la renta disponible está en el 65,24. Por su parte, las estadísticas del departamento de salud nos dicen que aquellos que viven en las zonas más pobres tienen una esperanza de vida inferior en 8-10 años a los que viven en zonas acaudaladas.
La Barcelona de éxito, de los grandes eventos como las carreras de  Fórmula uno o el congreso de telefonía móvil, coexiste con la Barcelona marginal, paupérrima y desarraigada que la oficialidad silencia.  
Ante esta situación, la pregunta es obvia: ¿qué hace el ayuntamiento de la ciudad para mitigar esta situación de desigualdad? La respuesta, lamentablemente, también lo es: nada.
Es verdad que ese estado de cosas no es una consecuencia exclusiva  de las políticas del consistorio. Ahí juegan diversos factores. Algunos de los cambios legislativos introducidos con la crisis como excusa,  han contribuido a acentuar esos desequilibrios.   La reforma laboral, sin ir más lejos, no sólo no ha reducido la dualidad del mercado laboral, sino que ha aumentado la precariedad y la temporalidad, y esa situación se ensaña de manera especial en las zonas más deprimidas.
También la oferta turística de la ciudad que, convenientemente tratada, puede resultar algo muy positivo para cualquier lugar, aquí se ha convertido en un monocultivo que ofrece ocupación temporal a sueldos bajos y lo peor: es una burbuja que en cualquier momento puede estallar, como sucedió con otras de infausto recuerdo.
Por otra parte, se han dejado de visualizar los potentísimos lazos que ligaban a la ciudad con la cultura en castellano, la cultura española y la latinoamericana en general. La Barcelona institucional se empeña en ocultar una realidad que nos debería enorgullecer y  se debería potenciar, pero, a día de hoy, todo lo que no sea de la “ceba” parece que no existe.
Con este panorama de fondo, dentro de pocas semanas seremos llamados a las urnas, entonces podremos decidir quién va regir el  futuro de la ciudad en los próximos cuatro años.  Tendremos, básicamente, tres opciones: votar a aquellos que están llevando el carro por el pedregal. Arriesgarnos a aventuras con gente que quizás tenga buenas intenciones, pero que carecen de las mínimas credenciales y experiencia exigibles para gestionar algo tan complejo como el Ayuntamiento de Barcelona. O, por el contrario,  apostar por aquellos que desde la socialdemocracia, y pensando en una ciudad inclusiva, han hecho, de la justicia social, la igualdad de oportunidades y el Estado del bienestar, el eje vertebrador de sus políticas. No hay mucho más donde escoger.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 12/04/15

08 d’abril 2015

PENSIONES, VIENTOS Y TEMPESTADES

Admito que, como futuro pensionista, estoy seriamente preocupado por lo que pueda suceder el día que me corresponda cobrar la pensión de jubilación por la que he cotizado durante toda mi vida laboral.
Cuando el gobierno Zapatero hizo su reforma del sistema público de             pensiones, fruncí el ceño, aquella reforma iba en contra de mis intereses, pero entendí que, como un mal menor, era necesaria para garantizar la sostenibilidad del sistema.
Después, cuando Mariano Rajoy dijo hasta la saciedad que lo último que tocaría serían las pensiones, respiré tranquilo, al fin hay un político que se preocupa de la gente, pensé. ¡Santa inocencia! A Rajoy le faltó tiempo para incumplir su promesa -también ésta, como muchas otras-,  y meter la tijera en el ya castigado sistema público de pensiones.
El sentido común dice que las reformas, para ser legítimas, han de estar basadas en la justicia. En el caso de las pensiones lo lógico sería repartir las cargas de forma equitativa entre jóvenes y mayores. Sin embargo, la reforma llevada a cabo por el gobierno de Rajoy no tuvo en cuenta ni éste ni otros principios y, en cambio, si tuvo un eje vertebrador claro: debilitar el carácter público del sistema y reducir la cuantía de las pensiones contributivas para favorecer el campo de acción de los fondos privados de pensiones.
A finales de 2011 el fondo de reserva de la Seguridad Social estaba por encima de los 66.000 mil millones de euros. Ahora, según el  informe anual que entregó, en el mes de marzo, al Congreso la ministra de Empleo Fátima Báñez,  ese fondo no llega a los  42.000 millones. O sea que en tres años se ha volatilizado el 37 %. Si bien es cierto que ese fondo se creó para utilizarlo cuando hubiera déficit estructural, también es verdad que se marcó un tope de 3.000 millones al año como máximo que el ejecutivo ha incumplido sistemáticamente.
Con este panorama, es evidente que, si esto no cambia pronto, vamos a ser muchos los que no nos podamos jubilar y deberemos seguir en el tajo mientras el cuerpo aguante.
Por tanto, con situaciones como la descrita no son de extrañar varapalos como el de Andalucía y otros que están por llegar. Todos recordamos aquel adagio que dice: quien siembra vientos recoge tempestades. Luego que no se extrañen.

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 08/04/15

28 de març 2015

BIPARTIDISMO MA NON TROPPO

Con la celebración de las elecciones autonómicas andaluzas del pasado 22 de marzo, se dio el pistoletazo de salida a un larguísimo ciclo electoral que deberá concluir a finales de año con unas elecciones generales. Hasta entonces, tendremos autonómicas en 13 CCAA, municipales en todos los ayuntamientos y seudo plebiscitarias en Cataluña.
Quizás el microclima político andaluz no es el banco de pruebas más apropiado para hacer una traslación mimética de los resultados electorales al conjunto del Estado. Andalucía es la única comunidad en la que no ha habido alternancia en el gobierno autónomo desde la restauración de la democracia. No obstante, puede servir como indicativo del estado electoral de la nación.
El PSOE ha aguantado perfectamente el tipo, los socialistas tenían 47 diputados  y Susana Díaz con una campaña muy personalizada y en clave nacionalista ha renovado los 47 escaños.
En cambio, el PP se ha derrumbado y pierde 17 diputados en el envite de los 50 que tenía, y lo peor: el augurio de naufragio en los próximos comicios. Y, aunque, no le falta razón a Mariano Rajoy cuando dice que estos resultados no son exportables a otras elecciones, los populares no pueden ocultar que éste es su peor resultado en Andalucía de los últimos 15 años. Algún mensaje habrá en ello y algo tendrán que ver con las políticas que está llevando a cabo el  PP. No hay que olvidar que de las 13 autonomías en la que el próximo 24 de mayo se celebraran elecciones 11 están gobernadas por los populares y tras el descalabro andaluz pintan bastos.
También IU ha sufrido un serio descalabro que la condena a ser fuerza irrelevante. Los antiguos comunistas reconvertidos en eco socialistas han perdido 7 de los 12 escaños que tenían hasta ahora y pagan así su entrada en el gobierno de coalición. Además Podemos ha venido a ocupar  buena parte de su espacio político.
Por su parte, Podemos entra con fuerza, aunque quedan lejos de lograr su objetivo que era conseguir un mínimo de 18 escaños. Queda claro que los populismos, aunque tengan pedigrí universitario tiene éxito limitado entre el paisanaje.  
Tal vez el caso más llamativo sea el de Ciutadan’s. Presumibles candidatos del IBEX 35,  desconocidos hace cuatro días,  han hecho un buen papel, pero hay que ver cuantos Albert Rivera consiguen clonar.
El gran batacazo junto con populares e IU se lo lleva UPyD que se ha  quedado fuera, en buena medida por la intransigencia y falta de cintura política de su líder Rosa Diez para pactar con Albert Rivera y los suyos. Eso ha hecho que se abriera la caja de los truenos dentro del partido, se hayan producido dimisiones y a partir de ahí cualquier cosa puede suceder.
De todas formas, estas elecciones dejan, sobre la mesa una serie de preguntas que sólo el tiempo nos dará las respuestas: ¿Podrá Susana Díaz tirar adelante con un gobierno monocolor? ¿Será suficiente con la geometría variable? ¿Influirán estas elecciones en las siguientes? ¿Y las siguientes en las otras? ¿Será en las generales cuando, de verdad, se castigue el “Régimen del 78”?
Son muchos los interrogantes que quedan abiertos y deberemos esperar para ir viendo como juega cada cual sus cartas. Lo que es poco discutible es que una nueva generación de políticos está llegando a la sala de máquinas del poder (todos los cabezas de lista que se han presentado en Andalucía, lo hacían por primera vez). A la vez, hay una presión creciente por parte de la ciudadanía para que se cambie la manera de representar y la manera de hacer de los gobiernos. Se piden nuevas soluciones a los viejos problemas, sin cuestionar para nada el sistema democrático.
Asimismo, en contra de los vaticinios de no pocos profetas de regate corto la hegemonía de los dos partidos de siempre sigue siendo muy considerable, pese al descalabro del PP. O, si lo prefieren, utilizando una conocida acotación musical complementaria, nuestro bipartidismo es ma non troppo.

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica 26/03/15

18 de març 2015

UN COMISARIO COMO SÍNTOMA

En este país la mayoría  de ciudadanos debemos hacer malabarismos y martingalas invertidas para llegar a fin de mes y sacar la familia adelante. Por si eso fuera poco, día sí, día también nos desayunamos con corruptelas, capitalismo de amiguetes y otras bagatelas varias. Un día es la trama Gürtel, otro los ERE de Andalucía, o los cursos de formación, el caso Palau, el caso Pujol, el caso Nos, el caso Palma Arena o las tarjetas black, y si no un apartamento de casi 300 metros cuadrados que un político compró a precio de saldo no sé dónde.  La cuestión es que la corrupción en España se ha convertido en sistémica, está en todos los ámbitos del poder  y afecta a todas las instituciones.
Además de todo eso, con la excusa de la crisis, la ciudadanía ha de soportar recortes en sanidad, educación, servicios sociales, dependencia y en todo aquello que caracteriza el Estado del bienestar. Simultáneamente, nos suben los servicios básicos como la electricidad, el agua o el gas porque, según dicen,   hay que enjugar los déficits que tienen las grandes empresas que nos proveen de esos servicios, como si los hubiéramos ocasionado nosotros con una gestión deficiente.
En este contexto, el penúltimo affaire que ha saltado a la palestra es el caso de un individuo llamado Villarejo, comisario de policía para más señas. Resulta que el personaje en cuestión compagina, con el beneplácito de sus superiores, su tarea de policía con la gestión empresarial. Es administrador único o presidente en 12 sociedades que acumulan un capital social superior a los 16 millones de euros, según consta en el registro Mercantil. Incluso llegó a tener una sociedad en un paraíso fiscal durante una docena de años.
Villarejo se autocalifica como “agente encubierto”. Según parece  es aficionado a estar en todas las salsas. Implicado en la elaboración de un informe contra el juez Baltasar Garzón. Condecorado en 2014 con la medalla al mérito policial, y, como no, relacionado con el pequeño Nicolás.
De hecho, este comisario no es más que un síntoma, pero proyecta una idea bastante ajustada del estado catatónico en el que está nuestra sociedad. En estas circunstancias,  o se le da la vuelta a la situación como a un calcetín o esto se nos va de las manos y nadie lo va a poder arreglar. Después nos lamentaremos. 

Bernardo Fernández

Publicado en ABC 18/03/15

17 de març 2015

PUJOL NO ES MAS


Deberán pasar unos cuantos años para que la historia, con la perspectiva que da el tiempo, nos proyecte una imagen ajustada de quien fue y que representó Jordi Pujol.
A día de hoy, tengo -creo que como muchos conciudadanos-, una imagen dual del personaje. Por una parte, la del defraudador confeso que, ya en le vejez, después de hacer mil trapacerías al fisco, confiesa sus maldades, probablemente para liberar su mala conciencia y proteger a los suyos. Y por otra, la del ser humano que de muy joven se sintió predestinado a llevar a cabo una misión concreta y a ello consagró su vida. O eso hizo creer a propios y extraños.
De hecho, Jordi Pujol fue en la España negra de Franco uno de aquellos burgueses demócratas con los que se debía y podía contar para conducir el futuro.  De todos modos, siempre fue un personaje controvertido. Así por ejemplo, la época que, él mismo, en sus memorias califica como de hacer país, estuvo salpicada de conflictos. Pujol está detrás de los despidos en la empresa editora de la Gran Enciclopedia Catalana, la censura de la revista Oriflama y también es el responsable del despido del periodista Néstor Luján cuando compra el semanario Destino.
Su liderazgo durante un largo período de tiempo es incuestionable. No cabe duda de que ha dejado una huella profunda. Como sostiene Lluís Bassets “Cataluña es el nombre de la voluntad de poder que Jordi Pujol descubrió entre los veinte y treinta años, probablemente después de 1953, tras salir de una profunda crisis religiosa”
El tema tabú del pujolismo ha sido el caso Banca Catalana. Un asunto por el que siempre pasó de puntillas, cuando no, envuelto en la bandera. Antoni Gutiérrez Díaz líder del PSUC y conocedor de Pujol desde la infancia le espetó en sede parlamentaria: “Usted señor Pujol, no es que cometa errores, es que usted es un error histórico, no sé de qué dimensión pero un error”.  Es evidente que   Pujol es de aquella clase de políticos que decanta a la gente, a favor o en contra, pero nunca deja a nadie indiferente.
Sea como fuere, el sobreseimiento del caso Banco Catalana sirvió, no sólo para que Pujol eludiera responsabilidades como banquero, sino que sirvió para sentar las bases de la Cataluña corrupta que durante casi 25 años ha permanecido silenciada desde el poder y  sus aledaños, y ahora se está empezando a conocer.
Justo es decir, sin embargo, que Pujol es un político con una muy buena formación y gran experiencia. Con gran sentido de la realidad y con las ideas muy claras de lo que es la táctica y lo que es la estrategia, así como la terapia a aplicar en cada momento. Populista y demagogo. Hombre lúcido, hizo del nacionalismo el eje vertebrador de su credo y de su acción política. Desdeñó siempre los conceptos derecha-izquierda, aunque aplicó sistemáticamente políticas de derechas. Adversario acérrimo primero del PSOE y después  del PP, pactó con unos y otros sin ningún rubor cuando lo consideró oportuno para sus intereses. Recordemos si no, a modo de ejemplo, el pacto del Majéstic. Sin duda, todo un personaje. 
Por el contrario, Artur Mas es la antítesis de Jordi Pujol. Su historia es que no tiene historia. No se le conocen inquietudes políticas ni en la época estudiantil ni en los primeros años de la incorporación al mundo del trabajo.  Chico de casa bien, nacionalista de fin de semana. Empezó a trabajar muy joven en la Generalitat, convirtiéndose, de esa forma, en un trabajador monótono y aparentemente aburrido.
Según el periodista Marc Álvaro “Mas es un héroe por accidente (…) hermético, desconfiado y difícil a la hora de trabajar en equipo. Muy pocos saben realmente que piensa y que hará”. Todo indica que Pujol había reservado para Mas el papel de puente entre él y su hijo Oriol para establecer en CDC y, por extensión, en Cataluña, una suerte de monarquía civil, pero la trama de las ITV y otros asuntos no menores han acabado dando al traste con los planes del patriarca.

Por su parte, Artur Mas ha demostrado ser un político voluble y de criterios poco sólidos. Así por ejemplo, firmó ante notario que no pactaría con el PP, después cambió de opinión y aprobó diversas leyes con los populares e incluso un presupuesto. Más tarde, se fue a Madrid a pedir el pacto fiscal para Cataluña, cuando Rajoy le dijo no, desistió y no volvió a insistir. Entonces abrazó el derecho a decidir y convocó elecciones para lograr una “mayoría excepcional” según sus propias palabras, pero perdió 12 diputados en el envite. Entonces se empecinó en la mascarada del 9N. Después quiso convocar una elecciones plebiscitarias con una candidatura única de todas las fuerzas soberanistas, cuando los supuestos socios le dieron calabazas convocó elecciones a 9 meses vista -algo insólito en cualquier democracia-, y, ahora, el Pacto por el derecho a decidir le acaba de dar una colleja al decirle que de plebiscitarias nada de nada.      
Además de todo esto, resulta inaudito que, en su reciente comparecencia en la comisión parlamentaria que investiga la presunta trama corrupta  de la familia Pujol-Ferrusola, dijera que él no sabía nada del dinero que su padre tenía en Liechtenstein, ni de los trapicheos del que fuera su mentor Luís Prenafeta,  ni de los negocios de su amigo del alma Jordi Pujol, alias “Junior”. También dijo no saber nada del señor Millet y sus tejemanejes en el Palau de la Música  a pesar de haber coincidido en más de una ocasión veraneando en Menorca. Demasiado desconocimiento para una persona que ocupa la más alta jerarquía del país.
Ciertamente, con las andanzas de estos dos personajes se podría escribir un libro de un grosor más que considerable, pero quedémonos, de momento, con la idea de Pujol no es más, pero tampoco menos que un villano que se creyó rey y marcó con su impronta más de una generación. En cambio, Artur Mas, no deja de ser un mesías de vocación tardía que está fraccionando a la sociedad catalana y está poniendo su país a los pies de los caballos. 

Bernardo Fernández

Publicado en Crónica Global 14/03/2015

DECLIVE DEL NACIOANLISMO BURGUÉS CATALÁN

Cuando, en 2016, Artur Mas dio un paso al lado, para que Carles Puigdemont fuese president de la Generalitat, se rompió un matrimonio de con...