Una corriente de malestar, desconfianza e indignación está sacudiendo a Europa. El detonante fueron unas protestas estudiantiles en Francia que muy pronto se mezclaron con otras cuestiones que atenazan a la sociedad. La mecha prendió con especial virulencia en el departamento de Seine-Saint Denis, la provincia más pobre del país, la que tiene más inmigrantes y más jóvenes con la sensación de haber perdido el tren del futuro.
Media Europa ha salido a la calle en las últimas semanas. Desde Grecia hasta Bélgica, pasando por Albania, Francia, Portugal y España. Como sostiene Joaquín Estefanía, “casi siempre se empieza por un minúsculo conflicto que se extiende como la pólvora”.
Las reivindicaciones varían de un país a otro, pero existe un hilo conductor: vivienda, educación y el coste de la vida. Francia ha sido el centro de las concentraciones por la educación y el coste de la vida. En España, el foco es la vivienda; la primera gran manifestación del otoño se celebró el 26 de septiembre, tras el desahucio de Maricarmen y reunión a, al menos, 25.000 personas en Madrid, según la Delegación del Gobierno (el Sindicato de Inquilinas contabilizó 300.000). Hasta esa fecha, ha sido la mayor protesta en una ciudad de este ciclo, y ha inspirado a manifestantes de Portugal e Italia. Mientras que en el este del continente, los motivos son otros: la corrupción es el problema principal en Albania y Serbia. En Alemania, las concentraciones son, de momento, más pequeñas, aunque van in crescendo.
Los estudiantes han protagonizado buena parte de las protestas, pero se han ido sumando sindicatos, docentes y otros colectivos. Coinciden en el tiempo y comparten reclamaciones, pero responden a conflictos nacionales distintos y no forman un movimiento coordinado. Que las movilizaciones sean en otoño tiene una explicación: “Los estudiantes vuelven a los centros, las redes organizativas se activan y los cambios en las tasas, las ayudas y las condiciones de estudio se vuelven inmediatamente tangibles”, apuntan desde la Unión Europea de Estudiantes.
Es cierto que existe una brecha generacional, pero es, también, una lucha de clases. Muchos de los jóvenes que han salido a las calles de París, Madrid, Milán, Lisboa… (Provienen en parte de las clases medias) opinan que bastantes de los antiguos obreros se han aburguesado, tienen cosas (casas) que perder, y, por lo tanto, no pueden formar parte de la vanguardia política. No se esconden: Lo expresan delante de las televisiones y en las redes sociales. La juventud interclasista, contradictoria, transversal ha debido tirar del carro en más de una ocasión (vivienda, chalecos amarillos, educación, sanidad, etcétera), arrastrando a los sindicatos tradicionales para que se movilicen. Aunque hay jóvenes de formación marxista entre los indignados, la mayoría retoma los valores fundamentales de la Revolución Francesa (libertad, igualdad, solidaridad).
Una vez más, en las legítimas protestas estudiantiles, se han infiltrado agentes provocadores para generar violencia. El Gobierno francés señaló grupos coordinados, encapuchados y vestidos de negro, transformando las protestas estudiantes del 17 de octubre en disturbios, incendios y saqueos. Las redes prorrusas no han parado de difundir los acontecimientos añadiendo relatos falsos, pero no fueron el origen de la manifestación. Fue una movilización genuina de personas enfadadas con las instituciones del Estado por motivos legítimos, utilizadas por diferentes actores para instalar su versión alternativa de la realidad.
Aquí los instigadores fueron un grupo desconocido denominado “Blocus”, que convocó por las redes para vandalizar y robar comercios en Barcelona (días después en Bilbao) y provocar incendios en diversos establecimientos, pero no lo hicieron ni por la educación, la sanidad o la vivienda... Según los Mossos, convocaron a través de Tik Tok y distribuyeron instrucciones precisas de cómo vestir, cómo actuar, y los objetivos a saquear por canales de WhatsApp y Telegram. La táctica fue muy similar a la utilizada para la campaña que logró que unas 80.000 personas cruzaran de Marruecos a Ceuta. Hoy, en día, todo eso es posible con un grupo de personas entrenadas en IA y un ordenador.
El contrato social que se puso en marcha tras la Segunda Guerra Mundial está obsoleto. Hace falta un nuevo pacto que amplíe el Estado del bienestar a aspectos tan centrales como el ecologismo, el feminismo o derechos como el de la vivienda, no solo como principios rectores. Sus partidarios están en contra de una interpretación de la sociedad en términos economicistas y en contra de la identificación de la democracia (y la libertad) con el mercado; consideran que la solidaridad implementa la eficacia, y entienden que el ciudadano es mucho más que un número. Si queremos revertir la situación debemos dialogar, establecer puentes y ser autocríticos, sin por ello renunciar a valores que son conquista histórica de la humanidad. La mayoría de los jóvenes condenan el genocidio en Gaza. Y se sienten preocupados por la crisis ecológica global. Pero debemos constatar que nuestras instituciones gastadas han perdido su legitimidad en la mente de nuestros jóvenes. Y, por consiguiente, proceda su reconstrucción.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 02/11/2026
