La ultraderecha está exultante: En
quince días han ganado dos elecciones regionales en Alemania, mientras que la
Democracia Cristiana (CDU) se ha desplomado y quedado fuera de un parlamento
regional. En Francia, todos los estudios demoscópicos dan a la Agrupación
Nacional de Marine Le Pen como favorito para ganar las próximas elecciones
presidenciales que se celebrarán en primavera; y en nuestro país los
nostálgicos del franquismo ya salivan imaginando el resultado de las legislativas
de 2027.
En América Latina, la extrema derecha
ha vencido en los últimos siete ciclos electorales y en Brasil el ultra
conservador, Flavio Bolsonaro, ha ganado en la primera vuelta de las
presidenciales al izquierdista Lula da Silva.
Sin embargo, a la vez que la tormenta
arrecia, en forma de buenas expectativas para la extrema derecha, se empiezan a
ver algunos tímidos brotes verdes que invitan a un optimismo contenido. Es el
caso de Suecia, donde la socialdemocracia ganó las elecciones hace unas semanas,
la derecha extrema bajó por lo que el centro izquierda puede volver a gobernar
si son capaces de armar una coalición que dé soporte al gobierno.
Algo similar ha sucedido en Berlín, allí,
el partido de Izquierdas, Die Linke, encabezado por Elif Eralp, una abogada
alemana de origen turco se impuso con un 24 a 25,8 % de los votos frente al 20
% de la Unión Cristianodemócrata (CDU) y un modestísimo 12% de los
socialdemócratas del SPD, en los comicios locales. Eralp hizo del sentido común,
preservar la convivencia y lograr vivienda asequible su divisa electoral
No se trata tan solo de un cambio
político o cultural. Estamos ante un cambio de paradigma. Se difunden de manera
incontrolada mensajes e ideologías que mistifican la realidad y manipulan a la
gente Poniendo en tela de juicio los valores que llamamos progresistas y que
son, en realidad, afirmación de libertad, igualdad y fraternidad y que en las
redes sociales tienen un magnífico caldo de cultivo. Ahora bien, esas redes no son
causa del éxito del mensaje, aunque amplifican su efecto considerablemente. La
eficiencia de cualquier mensaje depende de la receptividad y predisposición de
quienes lo reciben.
Vivimos una época de cambios
acelerados que están transformando nuestra cotidianeidad. Las desigualdades
aumentan y eso erosiona la confianza en las instituciones que, con demasiada
frecuencia, se ven sacudidas por la corrupción y la sospecha permanente, tanto
da que sea o no justificada. Además, a la ciudadanía le quedó marcado a fuego
el hecho de que en la crisis de 2008, desde las instituciones se priorizase la
atención a las empresas y la banca antes que a las personas a las que se les
impuso el austericismo.
En este contexto, aunque la economía
crezca, con la automatización y la incorporación de las nuevas tecnologías y
las empresas hayan aumentado su producción de forma exponencial, en los últimos
cincuenta o sesenta años los salarios han evolucionado a la baja en comparación
con el incremento del coste de la vida. O dicho de otro modo, a pesar de que la
riqueza nacional crece, el dinero se lo quedan los de siempre.
La cuota por ingresos del trabajo ha
pasado de representar aproximadamente dos tercios del PIB global a principios
de los años 80, a situarse cerca del 52% en la actualidad, es decir, poco más
de la mitad, la tasa más baja de la serie histórica de acuerdo según datos de la Organización Internacional del
Trabajo (OIT). Los expertos de ese organismo opinan que si hoy los trabajadores
recibieran la misma proporción en masa salarial que en el 2004, sus bolsillos
tendrían 2,4 billones de dólares más.
La derecha extrema, con la
complicidad de la derecha más convencional, nos quieren asustar al hablar de
una supuesta “invasión” de inmigrantes por la frontera sur (ahí está el affaire
Ceuta), pero lo cierto es que en España las entradas irregulares, que no
“ilegales” —porque no suponen ningún delito—, representan una ínfima parte de
la inmigración, que mayoritariamente accede al país por vías regulares. El 94%
de los inmigrantes –con permisos de residencia, en trámites de conseguirlos o
simpapeles– entraron en el país por aeropuertos con visados o sin ellos (para
la gran mayoría de países latinoamericanos no se exigen) pero, tras cumplir el
periodo máximo de estancia, se quedan en nuestro país.
Seamos claros, quien más sufre las
carencias del Estado del bienestar es la gente joven: falta de vivienda,
precariedad laboral y sueldos bajos. Por lo tanto, deberíamos iniciar un
proceso de acercamiento para dialogar, establecer puentes y ser autocríticos,
sin por ello renunciar a valores que son conquista histórica de la humanidad. Y
no estaría de más comenzar admitiendo que nuestro sistema institucional se ha
deteriorado, está desgastado y necesita una puesta a punto. O sea, un cuidadoso
proceso de rehabilitación que hemos de hacer entre todos.
No veo otra posibilidad.
Bernardo Fernández
Publicado en EL TRIANGLE 21/10/2026

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