12 de març 2026

LA NUEVA REALIDAD ECONÓMICA

Con la crisis financiera de 2008, la promesa “revolucionaria” del libre mercado iniciada por Margarte Thatcher y Ronald Reagan hace más de 40 años acabó por colapsar; sus impulsores sobreestimaron la capacidad de los mercados para regularse y ser eficientes y, de ese modo, reducir al mínimo del papel del Estado en la economía.

Dieciocho años después, los países occidentales no han acabado de recuperarse de aquella crisis, a la que se han ido sumando la crisis de la deuda soberana europea, una pandemia global, la vuelta a la guerra, un nuevo shock de precios de la energía, el retorno de la inflación, la subida de los tipos de interés y la emergencia climática.  Ante esta realidad resulta evidente que “los modelos existentes son inadecuados ante la amplitud y magnitud de los retos que afrontamos”, como no se cansa de repetir el prestigioso economista y periodista turco Dani Rodrik.

El propio FMI ha reconocido sus errores durante la crisis financiera y resulta fácil comprobar la enorme diferencia entre cómo abordó la Unión Europea la crisis desatada por la pandemia de la covid-19 y las recetas impuestas durante la crisis financiera. Sin duda alguna, es un reconocimiento implícito de lo equivocado que fue imponer austeridad fiscal en medio de una crisis. También los bancos centrales han desplegado en estos últimos años una política monetaria mucho más imaginativa de lo que recogían los libros de texto, con la que han cosechados éxitos, aunque no exentos de riesgos.

La cuestión es que, el paradigma neoliberal ha venido marcando la política económica desde los años setenta, bajo los principios de que la pérdida de ingresos derivada de la bajada de impuestos se compensaba con un aumento de la actividad, y así se podía reducir el papel del sector público, algo imprescindible para estimular el dinamismo de la economía. Un marco asumido por buena parte del espectro político, no solo por los sectores más conservadores; también buena parte de la socialdemocracia, a principios de este siglo, hizo suya aquella frase de “bajar impuestos es de izquierdas”.

Faltaríamos a la verdad si no admitiésemos que en los años del paradigma neoliberal se consiguieron importantes logros, desde la incorporación de muchos países emergentes a las cadenas globales de suministro, un aumento de sus niveles de renta y una reducción considerable de la pobreza. Pero, a la vez, hoy la desigualdad es mucho mayor que hace 40 años y la erosión de la clase media, advierten los expertos, se ha convertido en la amenaza más importante para nuestro escenario social y político.

La competencia comercial china, fomentada mediante subvenciones públicas y mano de obra barata, ha traído grandes beneficios para los consumidores occidentales, pero ha provocado una fuerte desindustrialización en algunas regiones, dejando a mucha gente atrás. Una competencia desigual, pues Pekín limita el margen de la inversión extranjera en su economía. “Quizás lo más significativo es que la política comercial se haya convertido en un instrumento de redistribución de renta”, apuntaba el economista exjefe del FMI, Pierre-Olivier Gourinchas, en una reciente conferencia dictada en el Peterson Institute.

Ante la situación de un nuevo orden mundial, la Unión Europea ha optado por evitar el enfrentamiento abierto con China, su segundo socio comercial, sobre todo ahora que las relaciones con EE UU están en sus niveles más bajos. Con buen criterio, desde la pandemia la UE ha apostado por repatriar parte de la producción y diversificar sus cadenas de suministro buscando una mayor seguridad de abastecimiento; además de las restricciones a productos como los coches eléctricos o los paneles solares por considerar que China hace competencia desleal. Sin embargo, como apuntaba el profesor de Harvard, Pol Antràs, “lo que están provocando estas medidas es una simple desviación de las rutas comerciales chinas”. De hecho, el gigante asiático basa parte de su estrategia en instalar fábricas de productos de alto valor añadido, como son los coches eléctricos, lejos de sus fronteras, con lo que dejan de ser vehículos made in China. Es lo que han hecho en México, donde ya se han instalado cinco de los mayores fabricantes chinos de automóviles y otros dos planean hacerlo en breve, lo que les abre la puerta al mercado estadounidense. Siempre que el sheriff Trump no diga otra cosa, claro está.

No obstante, los economistas advierten de que estas políticas tienen como resultado precios más caros por los mismos productos, que obligarán a los bancos centrales a lidiar con unos niveles de inflación más elevados por mucho más tiempo y con tipos de interés también más altos de los que nos tenían acostumbrados. Los tiempos de tipos cero parecen haber quedado definitivamente atrás. El proteccionismo impone un papel mucho más activo de los gobiernos en la economía. Lo tuvieron cuando estalló la crisis financiera y acudieron al rescate del sistema con inyecciones millonarias de dinero público para evitar la quiebra del sector bancario, y ahora como agentes decisivos del cambio en forma de política industrial, dirigiendo la inversión pública a impulsar la transición energética, la transformación tecnológica y, más recientemente, la apuesta por la seguridad y la defensa, un papel en línea con el Estado emprendedor como defiende Mariana Mazzucato, Catedrática de Economía de la Innovación y Valor Público en el University College de Londres

Después de los rescates financieros, la política industrial se ha convertido en la punta de lanza de la vuelta del Estado a la economía, pero ese es solo el principio. La transición energética y la mitigación climática son políticas tan urgentes e ineludibles como caras de financiar y que exigen un importante componente de inversión pública para que la descarbonización se produzca con éxito. Un buen ejemplo lo ofrecía la economista Keyu Jin en el Peterson Institute. “El uso generalizado de los coches eléctricos no despegará hasta que la infraestructura esté instalada y para eso se necesitan inversiones colosales, como las que ha llevado a cabo China en la última década: Estados Unidos tiene 160.000 estaciones de carga para los coches eléctricos y China, cuatro millones”.

 “Es verdad que la sucesión de crisis ha propiciado de manera natural una mayor presencia del sector público en la prestación de servicios. Pero hay un debate pendiente respecto a, por un lado, cómo se financia este incremento del gasto público global y, por otro, hasta dónde debe llegar la presencia del Estado en la economía, porque no es lo mismo subvencionar paneles solares o financiar un plan de reindustrialización que la participación del Estado en empresas privadas”, subraya Javier Pérez, director de Economía Internacional y Área del Euro del Banco de España. Es lo que ha sucedido con Telefónica donde años después de su total privatización, el Estado español se ha hecho con una participación del 10% del capital por la que ha desembolsado 2.280 millones de euros.

Poco a poco, todos estos movimientos empiezan a dibujar un nuevo modelo económico aunque aún esté por definir. Pero la ola resulta imparable. “El sistema no va a permanecer como está, algo está a punto de cambiar. Lo que no sabemos es qué hay al otro lado”, sentenciaba el ya mencionado Pierre-Olivier Gourinchas.

Todo eso, siempre y cuando a Donald Trump no le dé por hacer alguna barbaridad algo más bestia de las viene haciendo hasta ahora, porque puede ser que alguien pierda los estribos, apriete el botón que no se ha de apretar y se vaya todo al garete, y es que, tal y como se está poniendo el panorama internacional cualquier cosa es posible. 

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en CÒRTUM 11/03/2026

 

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