31 d’agost 2026

EL PODER DEL ORO NEGRO

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dicen que dijo el matemático y físico Arquímedes de Siracusa. Si el gran sabio griego viviera hoy, quizá cambiaría la palanca por un barril de petróleo y la frase diría algo así como: “Dadme petróleo y controlaré el planeta”.

Aunque buena parte de países están haciendo esfuerzos para acelerar el proceso de transición energética y electrificación, la realidad es que, todavía, estamos muy lejos de emanciparnos del petróleo. El 30% de nuestra demanda de energía depende del crudo, frente al casi 50% que aportaba en los setenta, en la época del gran embargo árabe por la guerra de Yom Kipur o la revolución iraní. Sin embargo, el consumo total se ha duplicado respecto a entonces a por el crecimiento económico y demográfico, lo que mantiene nuestra dependencia del oro negro y hace que la autonomía verde sea una quimera.

Por otra parte, se han cumplido seis meses desde el ataque indiscriminado de Israel y EE. UU. a Irán, por motivos todavía no explicados y el conflicto bélico está enquistado. Una de las consecuencias más plausibles de aquel dislate es que se cerró el estrecho de Ormuz. Ese cierre, unido a los ataques de ambos bandos a instalaciones energéticas, son la causa del fuerte aumento del precio del petróleo y el gas natural.

Esa guerra ha puesto de manifestó la alta dependencia global del crudo y del gas, lo que beneficia a sectores liderados por Estados Unidos y que son clave también en la estrategia de Trump sobre Venezuela y Cuba. Hace unos días, Donald Trump anunció, por sorpresa, que había llegado a un acuerdo con la presidenta interina venezolana, Delcy Rodríguez, y mediante una alianza con el sector privado, para que Estados Unidos obtenga el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de petróleo venezolano. Curiosamente, ese anuncio se hace dos meses antes de las elecciones de medio mandato, cuando las encuestas muestran que solo 31% de los estadounidenses apoya la acción militar de Estados Unidos contra Irán y los estadounidenses ven que el combustible cada día es más caro.

La carestía del crudo está haciendo jaque a las economías, principalmente a las más desarrolladas, además de agitar el tablero político. Cuando parecía que la batalla por la hegemonía mundial se libraba en el terreno de los microchips y la IA, desde Ormuz nos han recordado que el oro negro nos sigue marcando el paso.

En el régimen iraní son muy conscientes de que por sus costas pasa el 20% del crudo que se consume en el mundo y, por lo tanto, limitar esa circulación es un arma de incalculable valor. Ante los reiterados fracasos con la Administración Trump para lograr un alto el fuego estable, en más de una ocasión, desde Teherán han amenazado con forzar la situación para hacer que el precio del barril alcance los 200 dólares, si eso llega a suceder, las dimensiones que alcanzaría la crisis económica internacional serían impredecibles.

Esta situación, sumada al riesgo de colapso, derivado de la falta de preparación de Donald Trump y su equipo —que, según parece, actúan más impulsados por arrebatos de testosterona que por decisiones razonadas por expertos en política internacional—, llevó al secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, a presentar una nueva fase de la campaña económica de Washington contra Irán. Esta vez, la ofensiva se dirige contra las redes internacionales que Teherán ha utilizado para mantener el flujo de dinero y mercancías. El 24 de agosto de 2026, Bessent afirmó que Estados Unidos pondría en el punto de mira las cinco “arterias vitales” de la economía iraní: activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo. Además, advirtió de que cualquier entidad que facilitara el blanqueo de capitales para Irán sería excluida del sistema financiero basado en el dólar estadounidense. No obstante, resulta llamativo que de este bloqueo se ha excluido a los bancos chinos.

De todas formas, la realidad, una vez más es poliédrica, porque mientras una gran mayoría estamos siendo perjudicados por esta situación, Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor y exportador de gas y petróleo del mundo gracias a la revolución del fracking, una técnica de extracción de hidrocarburos cuyo uso se expandió desde 2010 y que resulta muy controvertida por su impacto medioambiental. El año pasado las exportaciones de crudo se situaron en cuatro millones de barriles diarios, un 3% menos que en 2024, pero 85 veces más que en 2011. Las ventas de gas al extranjero alcanzaron el récord de 111 millones de toneladas métricas de gas natural licuado, el máximo conseguido jamás por un solo país en un año.

Europa compra a Estados Unidos una quinta parte de sus importaciones de gas natural tras haber cortado el cordón con Rusia a consecuencia de la guerra de Ucrania. Por eso, la dependencia de las energías importadas genera vulnerabilidad. La garantía del suministro escapa al control de la UE. En consecuencia, parece lógico pensar que la Unión debería esforzarse para superar la dependencia de las energías fósiles. El consumo de petróleo ronda el 39% del total de nuestro dispendio energético. A todas luces demasiado si queremos encarar el futuro con cierta tranquilidad.

 

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en Catalunya Press 31/08/2026

 

EL PODER DEL ORO NEGRO

“Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”, dicen que dijo el matemático y físico Arquímedes de Siracusa. Si el gran sabio griego viviera h...