“Dadme un punto de apoyo y moveré el
mundo”, dicen que dijo el matemático y físico Arquímedes de Siracusa. Si el
gran sabio griego viviera hoy, quizá cambiaría la palanca por un barril de
petróleo y la frase diría algo así como: “Dadme petróleo y controlaré el
planeta”.
Aunque buena parte de países están
haciendo esfuerzos para acelerar el proceso de transición energética y
electrificación, la realidad es que, todavía, estamos muy lejos de emanciparnos
del petróleo. El 30% de nuestra demanda de energía depende del crudo, frente al
casi 50% que aportaba en los setenta, en la época del gran embargo árabe por la
guerra de Yom Kipur o la revolución iraní. Sin embargo, el consumo total se ha
duplicado respecto a entonces a por el crecimiento económico y demográfico, lo
que mantiene nuestra dependencia del oro negro y hace que la autonomía verde
sea una quimera.
Por otra parte, se han cumplido seis
meses desde el ataque indiscriminado de Israel y EE. UU. a Irán, por motivos
todavía no explicados y el conflicto bélico está enquistado. Una de las
consecuencias más plausibles de aquel dislate es que se cerró el estrecho de
Ormuz. Ese cierre, unido a los ataques de ambos bandos a instalaciones
energéticas, son la causa del fuerte aumento del precio del petróleo y el
gas natural.
Esa guerra ha puesto de manifestó la
alta dependencia global del crudo y del gas, lo que beneficia a sectores
liderados por Estados Unidos y que son clave también en la estrategia de Trump
sobre Venezuela y Cuba. Hace unos días, Donald Trump anunció, por sorpresa, que
había llegado a un acuerdo con la presidenta interina venezolana, Delcy
Rodríguez, y mediante una alianza con el sector privado, para que Estados
Unidos obtenga el control mayoritario de más de 65.000 millones de barriles de
petróleo venezolano. Curiosamente, ese anuncio se hace dos meses antes de las
elecciones de medio mandato, cuando las encuestas muestran que solo 31% de los
estadounidenses apoya la acción militar de Estados Unidos contra Irán y los
estadounidenses ven que el combustible cada día es más caro.
La carestía del crudo está haciendo
jaque a las economías, principalmente a las más desarrolladas, además de agitar
el tablero político. Cuando parecía que la batalla por la hegemonía mundial se
libraba en el terreno de los microchips y la IA, desde Ormuz nos han recordado
que el oro negro nos sigue marcando el paso.
En el régimen iraní son muy conscientes
de que por sus costas pasa el 20% del crudo que se consume en el mundo y, por
lo tanto, limitar esa circulación es un arma de incalculable valor. Ante los
reiterados fracasos con la Administración Trump para lograr un alto el fuego
estable, en más de una ocasión, desde Teherán han amenazado con forzar la
situación para hacer que el precio del barril alcance los 200 dólares, si eso
llega a suceder, las dimensiones que alcanzaría la crisis económica
internacional serían impredecibles.
Esta situación, sumada al riesgo de
colapso, derivado de la falta de preparación de Donald Trump y su equipo —que,
según parece, actúan más impulsados por arrebatos de testosterona que por
decisiones razonadas por expertos en política internacional—, llevó al
secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, a presentar una nueva fase de
la campaña económica de Washington contra Irán. Esta vez, la ofensiva se dirige
contra las redes internacionales que Teherán ha utilizado para mantener el
flujo de dinero y mercancías. El 24 de agosto de 2026, Bessent afirmó que
Estados Unidos pondría en el punto de mira las cinco “arterias vitales” de la
economía iraní: activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte
marítimo. Además, advirtió de que cualquier entidad que facilitara el blanqueo
de capitales para Irán sería excluida del sistema financiero basado en el dólar
estadounidense. No obstante, resulta llamativo que de este bloqueo se ha
excluido a los bancos chinos.
De todas formas, la realidad, una vez
más es poliédrica, porque mientras una gran mayoría estamos siendo perjudicados
por esta situación, Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor y
exportador de gas y petróleo del mundo gracias a la revolución
del fracking, una técnica de extracción de hidrocarburos cuyo uso se
expandió desde 2010 y que resulta muy controvertida por su impacto
medioambiental. El año pasado las exportaciones de crudo se situaron en cuatro
millones de barriles diarios, un 3% menos que en 2024, pero 85 veces más que en
2011. Las ventas de gas al extranjero alcanzaron el récord de 111 millones de
toneladas métricas de gas natural licuado, el máximo conseguido jamás por un
solo país en un año.
Europa compra a Estados Unidos una
quinta parte de sus importaciones de gas natural tras haber cortado el cordón
con Rusia a consecuencia de la guerra de Ucrania. Por eso, la dependencia de
las energías importadas genera vulnerabilidad. La garantía del suministro
escapa al control de la UE. En consecuencia, parece lógico pensar que la Unión
debería esforzarse para superar la dependencia de las energías fósiles. El
consumo de petróleo ronda el 39% del total de nuestro dispendio energético. A todas
luces demasiado si queremos encarar el futuro con cierta tranquilidad.
Bernardo Fernández
Publicado en Catalunya Press 31/08/2026

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