25 de maig 2024

UNA APROXIMACIÓN A LA EVOLUCIÓN DEL VOTO EN CATALUÑA


 

El pasado 20 de marzo se cumplieron 44 años de las primeras elecciones al Parlament, con la democracia recuperada. Los sondeos de la época auguraban una cómoda victoria al PSC, encabezado por Joan Reventós. Un mes antes de los comicios, los socialistas doblaban en intención de voto a CiU. Sin embargo, a medida que se acercaba el 20 M, la ventaja del PSC se fue esfumando. Al final, de forma muy ajustada, ganó Jordi Pujol. Hay quien dice que los socialistas tenían el cava preparado para celebrar la victoria, pero caducó en la nevera sin descorchar. Pujol fue hábil y, sin mayoría absoluta, pudo gobernar con apoyos tan heterogéneos como los que le prestaron UCD y la ERC de Heribert Barrera.

Para algunos aquella victoria fue un misterio. El PSC venía de ganar con holgura dos elecciones generales (en 1977 y 1979) y, también, las primeras municipales, en 1979. Aquella inesperada derrota y, poco después, el affaire Banca Catalana, marcaron el devenir del socialismo catalán durante mucho tiempo. Quizás, por eso, aquel patrón electoral, con pequeñas variantes, hasta la desaparición de CiU, se fue repitiendo en todos los comicios: en las autonómicas ganaban los nacionalistas sin piedad y en generales y municipales eran los socialistas los que imponían su ley.

En 1984, CiU alcanzaría la mayoría absoluta frente al PSC, que había sumado más de un millón y medio de votos en las generales de 1982 y había firmado una nueva victoria en las municipales de 1983, con 15 puntos de ventaja sobre la coalición nacionalista (el doble que en 1979). Sin duda, resulta difícil explicar de manera racional un escenario que permitía a un partido, CiU, ganar medio millón de votos entre las elecciones generales y las autonómicas y a otro, el PSC, perder setecientos mil en el mismo envite.

Miquel Roca, en 1980, hizo una aproximación bastante acertada cuando describió las elecciones autonómicas como un partido que CiU jugaba “en casa”. Y en ese escenario la federación nacionalista era capaz de movilizar hasta el último voto del centro catalanista: un abanico ideológico que abarcaba desde el centroizquierda más templado al conservadurismo más cerrado, bajo el común denominador de un nacionalismo de tonalidades diversas. Es decir, un catalanismo tímido que levantaba cabeza tras la larga noche de la dictadura y que abarcaba desde el independentismo silenciado al autonomismo más pragmático.

CiU supo aglutinar las clases medias, tanto urbanas como rurales. Era una idea bastante compartida que aquel tándem político era el que mejor representaba una identidad, comprendía unas inquietudes y tejía una esperanza de futuro. Además, Jordi Pujol emergió como un líder indiscutible, capaz de aglutinar una importante cantidad de adhesiones a su proyecto.

Por el contrario, a los socialistas no les quedaba más remedio que considerar aquellas derrotas autonómicas como un mal menor; aunque unos de los principales objetivos que se había marcado el PSC desde su fundación era gobernar la Generalitat de Cataluña. Los socialistas paliaban su desconsuelo con algún que otro ministerio en el Gobierno de España y los cargos en el sottogoverno. 

Este sistema, con pequeños altibajos funcionó prácticamente una veintena de años, en 1.999, el PSC encabezado por Pasqual Maragall quebró ese status quo. Los socialistas ganaron las elecciones al Parlament en votos, pero no en escaños y aunque CiU aguantó todavía una legislatura su decadencia se hizo inevitable. Tras las elecciones de 2003 se constituyó el primer tripartito presidio por Pasqual Maragall, mientras Pujol se retiraba y cedía la vara de mando a su delfín Artur Mas.

Los dos tripartititos (entre 2003-2010) supusieron un paréntesis en los gobiernos nacionalistas. Después del segundo presidido por José Montilla, Artur Mas, al frente de Convergencia, volvió a ganar las elecciones por un amplio margen, aunque sin mayoría absoluta y tuvo que pactar los presupuestos con el PP de Cataluña encabezado por Alicia Sánchez Camacho. Sin embargo, no supo o no pudo continuar el pujolismo sin Pujol y acuciado por la crisis económica, los recortes (su Govern fue el más implacable de toda Europa a la hora de meter la tijera en las políticas sociales) y la corrupción en su partido hicieron que disolviera Convergencia y se echase en brazos del independentismo.

Desde entonces hemos vivido una docena de años en el que el nacionalismo moderado, reciclado al independentismo ha vuelto a ser hegemónico y sus mayorías en el Parlament han sido incuestionables. No cabe duda qué ahí el señuelo de la independencia ha jugado un papel fundamental, sin pararse a pensar ¿y después qué? Los sentimientos han primado sobre la racionalidad política, las ideologías y el raciocinio. Como define perfectamente Raimon Obiols en su libro “El temps esquerp”, mucha gente pensó “i si ara sí? Y a nadie se le ocurrió pensar “i si ara no?

Pero todo se acaba, y las elecciones del 12 M no solo las ha ganado el PSC con una claridad meridiana, sino que el independentismo no ha logrado la anhelada mayoría absoluta. Eso no significa que las personas que votaban nacional-independentismo se hayan evaporado, ni mucho menos. En esta ocasión, hastiados por las falsedades del procés y, ante la imposibilidad de lograr lo que parecía que tenían en la punta de los dedos, decidieron votar otras opciones o quedarse en casa, pero esos votos se pueden reactivar por infinidad de cuestiones en cualquier momento.

Por lo tanto, hemos de ser conscientes de que aquí todavía no se ha terminado nada. Estamos en un receso y en función de cómo se desarrollen los acontecimientos, en una dirección u otra, sucederán muchas cosas.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 25/05/2024

19 de maig 2024

SABER PERDER

Cuando estas líneas salgan a la luz, habrá pasado casi una semana desde las elecciones al Parlament. En esos días, los medios de comunicación ya habrán hecho infinidad de análisis, publicado editoriales, tribunas, artículos y llevado a cabo toda clase de tertulias sobre los comicios y sus resultados. Por lo tanto, procuraré no repetir lo que ya se ha dicho y escrito hasta la saciedad. Pero voy a intentar hacer un poco de futurología política a ver si logro despejar alguna de las incógnitas que ha planteado la ecuación resultante del 12 M.

Los resultados, del pasado 12 de mayo, son un aval para la agenda del “reencuentro” que puso en marcha Pedro Sánchez con la mesa de diálogo y los indultos. Ahora, hay que ver la reacción de los partidos independentistas y si saben estar a la altura de las circunstancias, sin mezclar churras con merinas, es decir, si no trasladan su frustración a Madrid y quieren cobrar en el Congreso de los diputados lo que han sido incapaces de ganar aquí. Siempre se había dicho que las cuestiones de la política catalana se resolvían en Cataluña. Sin embargo, desde hace un tiempo el independentismo tiende a querer resolver sus problemas cerca de Cibeles

Pero quiero poner el foco en la política catalana porque las elecciones al Parlament iban de eso: de Cataluña. 

Para empezar, debemos reconocer que la decisión de Pere Aragonés que, tras el descalabro de ERC —anunció que no recogerá su acta de diputado y deja la primera línea política—, es un gesto que le honra. Una iniciativa muy poco habitual por estos pagos. En cambio, Oriol Junqueras apela al apoyo de la militancia para quedarse y ser el próximo candidato de ERC a la presidencia de la Generalitat.

Carles Puigdemont ya anunció el domingo —y ratificado después—, su decisión de presentarse a la investidura. En su opinión, puede lograr una mayoría más sólida que la del PSC; aunque parece poco plausible que desde ERC estén dispuestos a darle su apoyo. Además, necesitaría la abstención de los socialistas para ser investido y desde la calle Pallars ya le han dicho que no cuente con eso.

Puigdemont, aunque diga que no es deseable una repetición electoral, en realidad cree que podría rentabilizar una nueva convocatoria, entre otras cosas, porque haría campaña desde Cataluña y de paso asfixiaría aún más a ERC que no quiere oír hablar de elecciones ni en broma. Con todo, el expresident haría bien cumpliendo su palabra y abandonar “la política activa” tal como anunció en campaña. Pero esa es una decisión muy dura y por ello prolongará su agonía tanto como sea posible, exprimiendo al máximo su imagen de líder mesiánico, aunque eso signifique el bloqueo de institucional.

En esta situación, sería muy conveniente que el líder de Junts recordase que, en política, como en casi todas las actividades de nuestra vida, suele ser, más importante que saber ganar, saber perder. En consecuencia, si asimila esa realidad, prestaría un último servicio al país y a su partido que, sin él, podría encarar el futuro con determinación y sin cargas inútiles en el equipaje.

En cualquier caso, le corresponde a Salvador Illa hacer los primeros movimientos y establecer contactos para intentar formar Govern. El socialista puede negociar tanto con las fuerzas de izquierda —con la fórmula del tripartito ya utilizada en 2003 por Pasqual Maragall y en 2006 por José Montilla; aunque dudo mucho que ERC esté dispuesta a entrar en un tripartito con el PSC. En estos momentos los republicanos son un partido desnortado y sumido en una profunda crisis de identidad. También puede intentarlo con la derecha nacionalista —la inédita sociovergencia—, fórmula muy improbable porque tanto desde el PSC como desde Junts ya la han desechado. Ante esta situación no se debería descartar un Ejecutivo en solitario con una geometría variable que posibilite apoyos parlamentarios a varias bandas.

Si Salvador Illa opta, finalmente, por el Govern monocolor podría ceder a los republicanos la presidencia del Parlament a cambio de, por ejemplo, los votos para la investidura y los primeros presupuestos.

Otra opción podría ser un Govern en coalición con Sumar, pero los de Jessica Albiach saben que el PSC tiene, en la carpeta de los asuntos urgentes, temas como la ampliación del aeropuerto de El Prat, el Hard Rock o la B 40, cuestiones tabús par los Comuns.

A todo esto, no deberíamos obviar la posibilidad de que algunos, por intereses espurios, se enroquen para forzar una repetición electoral. Eso sería fatal, tanto para los partidos por el coste humano y material que supone una campaña, con la alta probabilidad de que los nuevos comicios den unos resultados muy similares a los actuales e incluso que el electorado castigue a aquellos que han forzado la repetición. Pero sobre todo, sería una situación de extrema gravedad para el país, entre otras cosas porque en 2024 estamos funcionando con los presupuestos de 2023 prorrogados y seguir unos meses sin Govern significaría no tener cuentas aprobadas, en el mejor de los casos, hasta mediados del año próximo. Una situación de interinidad que no nos podemos permitir.

Vamos a vivir días de tira y afloja. Habrá momentos que parecerá que todo se va a ir a Norris y otros que todo está hecho. No debemos perder la calma. Muy pronto comenzará la campaña de las elecciones al Parlamento Europeo, del próximo 9 de junio, y eso va a suponer una relativa ralentización de la agenda política catalana, al menos de cara a la opinión pública, aunque en los cuarteles generales de los partidos se siga trabajando entre bambalinas. El día 10 del mismo mes finaliza el plazo para que se constituya la mesa del Parlament, entonces empezará otra vez el baile, ya definitivo, pero mientras, démonos un respiro, nos lo hemos ganado.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 18/05/2024

 

11 de maig 2024

AHORA TOCA PASAR PÁGINA


 

Desde octubre de 2022, Pere Aragonès ha venido gobernando con un apoyo parlamentario más bien raquítico de 33 diputados, de un total de 135. La abrupta salida de Junts del Govern dejó al Ejecutivo de ERC tocado, pero no hundido. Ante esa situación de evidente debilidad, lo más sensato hubiese sido explorar la vía para formar coalición con los dos partidos que el año pasado apoyaron los Presupuestos. En algún momento, pareció que había posibilidades reales para reeditar un tripartito. Daba esa sensación porque tanto a  los comunes, como a los republicanos y a los socialistas les interesaba el sí a tres bandas, es decir, aprobar los Presupuestos de Barcelona, de Cataluña y de España, unos gobernaban el Ayuntamiento de la capital, los otros la Generalitat y Pedro Sánchez podría seguir con la mayoría que le invistió. Sin embargo, los republicanos prefirieron llegar a acuerdos puntuales, antes que compartir poder

El panorama electoral se precipitó en Cataluña con la negativa de los comunes a permitir la tramitación de los presupuestos para este año, Esa situación cogió a Junts con el pie cambiado, obsesionados, como estaban, en capitalizar el éxito de la ley de amnistía y en los preámbulos de una dura negociación de los Presupuestos Generales del Estado para 2024. El adelanto electoral hizo modificar buena parte de los planteamientos políticos, tanto de los partidos catalanes como del propio Gobierno central que renunció a presentar las cuentas para este año y todos ellos se marcaron como objetivo prioritario el 12 M.

Ahora, estamos a pocas horas de ejercer nuestro derecho a votar. Decir que estamos ante las elecciones más importantes es un tópico que, de tanto usarlo, se ha desgastado. Sin embargo, en esta ocasión es una gran verdad.

Cuando este próximo domingo, los ciudadanos de Cataluña vayamos a las urnas, decidiremos entre seguir atascados, divididos y enfrentados, como lo hemos estado estos últimos diez años o, pasar página, mirar al futuro y encarar una etapa de progreso y concordia, donde la atención a las personas y al bienestar de los ciudadanos sean el eje vertebrador de todas las políticas.

En Cataluña soplan vientos de cambio. Por mucho que algunos se empeñen en aferrarse a viejas entelequias, eso ahora son pantallas superadas. Ha llegado el momento de revalidar los grandes triunfos que logró el PSC en las últimas elecciones municipales del 28 de mayo y en las generales de 23 de julio.

Nacionalistas e independentistas siempre han considerado a los socialistas como el enemigo a batir. Sin embargo, el socialismo catalán ha tratado, a menudo, con demasiada benevolencia al nacional-independentismo y a su entorno ideológico más cercano.   

Esa situación no surge por generación espontánea. En opinión de prestigiosos historiadores, el nacionalismo hunde sus raíces en el carlismo del siglo XIX que, aunque derrotado por los liberales de la época, arraigó con fuerza tanto en el País Vasco como en Cataluña, evolucionando hacia el nacionalismo.

Más tarde, ya con una democracia incipiente, el affaire Banca Catalana vino a trastocar lo que hubiera tenido que ser el normal desarrollo democrático y la recuperación de las instituciones catalanas que acabaron siendo monopolizadas por el pujolismo y estigmatizando al PSC.

No es casual que, durante décadas, incluso a día de hoy, en la Cataluña interior los socialistas sean considerados botiflers y ñordos. Ser socialista allí puede llegar a ser una conducta de riesgo en determinados momentos y lugares. Con los tripartitos de Maragall y Montilla parecía que la situación podía normalizarse, pero el exceso de ruido mediático, algunas acciones gubernamentales poco afortunadas y la crisis económica pusieron fin a aquella etapa de normalización y entramos en otra que, por el bien de todos, hemos de cancelar.

Y en esas estamos. Ahora nos toca pasar página. Estas elecciones al Parlament son muy determinantes. Hemos de decidir si se produce un cambio sustancial en el equilibrio político o continuamos atascados en lo que se ha dado en llamar la década perdida. Es decir, continuar con la agonía procesista que nos ha llevado a un callejón sin salida o ponemos el contador a cero e iniciamos una nueva etapa.

En este contexto, es crucial que los partidos independentistas no sumen 68 escaños que dan la mayoría absoluta en el Parlament. Eso significaría que la probable victoria del PSC podría ser válida para gobernar y hacer factibles fórmulas de gobierno y/o colaboración que nos liberen de esa tela de araña en la que estamos atrapados y se pongan en práctica políticas de reencuentro, normalización institucional y recuperación económica.

Hemos de ser conscientes de que en esta ocasión tenemos la oportunidad de clausurar uno de los periodos más grises de nuestra historia democrática, recobrar la cohesión social e iniciar una etapa de bienestar y progreso que nos vuelva a situar como ciudadanos y como país entre los lugares con mejor calidad de vida y más desarrollados de Europa; lograrlo de nosotros depende.

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 11/05/2024

ENCUESTAS, VETOS Y EL EFECTO SÁNCHEZ


 

Se supone que, en las sociedades democráticamente consolidadas, los votantes se movilizan y deciden su voto en función de las propuestas que hacen los partidos y sus candidatos. Vimos como en la campaña electoral vasca, los políticos se centraron en hablar de los problemas cotidianos. Cuestiones como la supuesta degradación de los servicios públicos, el precio de la vivienda o propuestas para mejorar el Estado del bienestar llenaron de contenido las intervenciones de los aspirantes a lendakari que prácticamente aparcaron los temas identitarios, tan solo al final, y por un desliz del candidato de EH Billdu, los peores fantasmas del pasado se colaron en los debates, pero el tema se obvio muy pronto.

En cambio, aquí, estamos en plena campaña electoral de las elecciones al Parlament y el mantra de la autodeterminación, la unilateralidad y la supuesta represión están siendo el hilo conductor en los discursos de Junts y ERC y hablan poco de las cosas de comer, como la sequía, la educación o la sanidad. En cambio, ha entrado con cierta fuerza, impulsado por la patronal, que hacer para volver a ser la locomotora económica que Cataluña fue en tiempos pasados. Y, eso sí, en una cosa están de acuerdo los tres candidatos con opciones a la presidencia de la Generalitat: la necesidad de una mejor financiación, pero difieren del método a seguir para lograr ese objetivo.

Como es lógico, cada partido ha diseñado la campaña electoral como mejor ha considerado para sus intereses. En Junts le han hecho una campaña ha medida de Carles Puigdemont, y recordando aquello de si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña, los postconvergentes han decidido hacer cada día un mitin en Árgelès-sur-Mer y fletar a diario unos cuantos autocares para que los ciudadanos que lo deseen se trasladen a la localidad francesa (parece que a Puigdemont y los suyos eso de la huella de carbono, les importa entre poco y nada). Hacen los actos en un polideportivo con una capacidad para unas 300 personas, o sea que no tienen que esforzarse demasiado para llenar. Allí, Puigdemont se recrea explicando a sus fieles como de buenos son los de Junts y él, en especial, plantando cara al Gobierno central y obligándole a negociar, poniendo como ejemplo  la ley de amnistía y amenazado, de forma velada algunas ocasiones  y claramente en otras, que si no se pliegan a sus intereses dejará de dar soporte al Ejecutivo. Tampoco desaprovecha para lanzar dardos a ERC por, en su opinión, tibieza negociadora.

En cambio, desde Esquerra se han volcado en revindicar su obra de Govern, omitiendo temas espinosos como la falta de la previsión para paliar la sequía, el informe Pisa, la tibia respuesta que se está dando a las inacabables listas de espera en la sanidad pública o la incapacidad para llevar a cabo la transición ecológica. Parece que Aragonès está más preocupado por contraprogramar a Puigdemont y contestar a Illa que en presentar un proyecto de futuro viable y creíble.

Salvador Illa se sabe favorito en las encuestas y ejerce, pero sin perder los papeles. El socialista no desaprovecha las ocasiones para recordar que ha tendido la mano durante este último mandato al Govern de Aragonés. Su objetivo es que la atención a las personas y al bienestar de los ciudadanos sea el eje vertebrador de las políticas. Otra de sus prioridades será un pacto sobre el modelo de financiación. “Ya basta de frustraciones y de fijar horizontes que no son viables”, ha dicho en alusión al plan de Aragonès de recaudar todos los tributos al estilo del País Vasco. En cambio, propone: mejorar la gestión, desplegar el Consorcio Tributario conjunto entre la hacienda española y la catalana, previsto ya en el Estatut, para recaudar los impuestos, sin esquivar la posibilidad de poder ir más allá.

También pone el énfasis en defender el principio de ordinalidad, esto es, mantener una equivalencia en la relación de comunidades autónomas entre lo que se aporta a la caja común y lo que se recibe.

Vamos a entrar en la semana decisiva de la campaña de estas elecciones y cualquier error, cualquier despiste, puede ser fatal. Pero, de momento, todos los sondeos de opinión dan ganador al PSC y a su candidato, Salvador Illa, como el presidenciable preferido por la mayoría de los electores. No obstante, hay que ser muy prudentes porque los imprevistos o los factores emocionales pueden hacer descarrilar a las encuestas. También está por ver como incide en el electorado la reacción de Pedro Sánchez de no dimitir y seguir al frente del Gobierno, a pesar de la campaña de calumnias y desprestigio que la extrema derecha Manos Limpias ha orquestado contra su esposa y a la que la derecha ha dado pábulo

Ya veremos si la aritmética parlamentaria dé para gobernar a los socialistas. También si los vetos que se anuncian desde las fuerzas independentistas, para evitar que Illa llegue al Palau de la Generalitat se cumplen o no.

De todos modos, soy de la opinión de no obsesionarse con las encuestas, ni con las que auguran buenos resultados a nuestras opciones ni con las que pronostican la hecatombe para una opción política concreta. La única encuesta válida será el escrutinio de las urnas el próximo 12 de mayo.

Estamos viviendo una de las campañas más polarizadas de los últimos tiempos en unas elecciones al Parlament. Habrá que ver si, en esta ocasión, los sondeos y encuestas se acercan a la realidad, si los vetos, llegado el caso, se hacen efectivos y hasta donde repercute, en el electorado, el efecto Sánchez. Pero lo realmente importante es que, una vez superado este proceso electoral, recuperemos la cohesión social, el orgullo como país y la voluntad de seguir juntos, dando por clausurada más de una década de enfrentamientos, división y decadencia, porque, al fin y al cabo, son muchas más las cosas que nos unen que las que nos separan. Si es así, habrá valido la pena.

 

 

Bernardo Fernández

Publicado en E notícies 04/05/2024

GENOCIDIO EN GAZA

Como ciudadanos libres y responsables que somos, en una sociedad desarrollada y compleja como la nuestra, no podemos permitir por más tiempo...