Cuando la zozobra y la desesperanza social alcanzan su punto álgido, como ahora, es cuando las políticas de proximidad tienen su máxima razón de ser. En esas circunstancias, los ayuntamientos, como institución más cercana al ciudadano, adquieren la máxima importancia para mantener la cohesión social. Después, los diversos estamentos del Estado ya intervendrán donde corresponda, pero si el consistorio falla, se pone en jaque todo el sistema.
Estos días se han cumplido dos años de la llegada de Xavier Trias a la Alcaldía de Barcelona. Más de tres décadas tuvieron que esperar los nacionalistas catalanes para lograr la joya de la corona. Después de tan larga vigilia era de suponer que los nuevos mandatarios municipales llegarían con las carteras repletas de proyectos y las agendas a rebosar de nuevas iniciativas. Craso error. Trias ha estado viviendo de la herencia de su antecesor, Jordi Hereu, y cuando, por fin, se ha decidido a mover ficha, lo ha hecho de forma torticera y sectaria.
Los barceloneses asistimos, entre estupefactos e indignados, al deplorable espectáculo de incompetencia que nos brinda el Gobierno de la ciudad. Para empezar, han sido incapaces de aprobar los presupuestos para este año y eso significa un severo encorsetamiento en el gasto que hace prácticamente imposible las políticas expansivas. Pero es que el esfuerzo del Gobierno municipal se concentra en realizar políticas de escaparate al servicio de los poderosos, como la Marina de Lujo del Port Vell, el cambio del Plan de Usos de Ciutat Vella o las subvenciones a la Fórmula 1. Quizás necesarias para promocionar la ciudad, pero a todas luces insuficientes. Mientras todo eso sucede, el paro y los desahucios aumentan, a las familias les cuesta llegar a fin de mes y las parejas jóvenes con niños tienen serios problemas para dejar a los críos e ir a trabajar. Pues bien, el Gobierno de la ciudad abandona a su suerte a los ciudadanos, desmantela las políticas de creación de empleo, es incapaz de pactar con las entidades financieras algún tipo de acuerdo para favorecer el alquiler social, sube las tarifas de transporte público de forma desmedida y privatiza la gestión de las guarderías, pero de ese forma se dispara el precio de las mismas.
Esa es la Barcelona de hoy. Si para hacer esto, han tardado más de treinta años en llegar, podrían haber tardado treinta más.
Bernardo Fernández
Publicado en ABC 28/05/13
12 de juny 2013
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