
Hace un par de semanas el alcalde Jordi Hereu hizo pública la candidatura de Barcelona a los Juegos Olímpicos de Invierno de 2022. Las respuestas no se hicieron esperar. La mayoría de la ciudadanía y agentes sociales dieron soporte al proyecto. No cabe duda de que es una oportunidad y un reto. Y resulta evidente que la dimensión social de las políticas de proximidad y cohesión que se están llevando a cabo no tienen porque verse afectadas con esta propuesta.
A los que tenemos una edad nos han vuelto a la retina las imágenes de aquella ciudad entusiasmada con los Juegos del 92 que fueron un éxito incuestionable y pusieron Barcelona en el mapa. Las Olimpiadas hicieron posible la transformación de la ciudad en una urbe moderna y cosmopolita. Por los Juegos se hicieron las Rondas, nos abrimos al mar y se construyó el Palau Sant Jordi. Es muy posible que de no haber sido por los Juegos hoy la montaña de Montjuic sería un lugar decadente con un Estadio en ruinas.
Aquellos Juegos se empezaron a gestar a finales de los setenta. Entonces y, también, en los ochenta estábamos inmersos en una crisis económica fortísima, con una inflación galopante, un paro desbocado y muchas menos prestaciones sociales que ahora. Sin embargo, los juegos generaron además de ocupación una ilusión colectiva. ¿Por qué no se puede reeditar ahora aquella experiencia?
Ahora como entonces, no han faltado los agoreros y los profetas de la catástrofe criticando la iniciativa. A los del 92 el tiempo y los acontecimientos les dejaron sin argumentos. A los de ahora les sucederá lo mismo.
Tal vez, algunos de los que han cuestionado el proyecto tengan sus razones, Los impulsores de la candidatura Zaragoza Pirineos, por ejemplo. Olvidan, no obstante, que no sería la primera vez que hay que escoger entre candidaturas españolas a unos mismos juegos. Al final deberá ser el COE (Comité Olímpico Español) quien arbitre si llega la ocasión. Otros, en cambio, tachan el proyecto de electoralista. Para determinados personajes es electoralismo generar ilusión y querer la ciudad y el país en la cresta de la ola. Pasear por los barrios y autoproclamarse como el próximo alcalde de Barcelona no lo es. Como tampoco lo es andar siempre a la greña con el gobierno municipal, para ganar un puñado de votos. Y en este contexto, sería deseable que la opinión personal y la posición oficial de los próceres fueran idénticas, no antagónicas.
Con estos juegos, se van a poner al día determinadas infraestructuras, se va a reforzar la cohesión social porque el deporte aglutina a las personas y tanto antes, durante, como incluso después van a generar ocupación. No son, en consecuencia, un inconveniente, son una oportunidad. Se trata de diseñar hoy para realizar mañana. ¿Dónde está el problema?
Bernardo Fernández
Publicado en ABC el 27/01/10
A los que tenemos una edad nos han vuelto a la retina las imágenes de aquella ciudad entusiasmada con los Juegos del 92 que fueron un éxito incuestionable y pusieron Barcelona en el mapa. Las Olimpiadas hicieron posible la transformación de la ciudad en una urbe moderna y cosmopolita. Por los Juegos se hicieron las Rondas, nos abrimos al mar y se construyó el Palau Sant Jordi. Es muy posible que de no haber sido por los Juegos hoy la montaña de Montjuic sería un lugar decadente con un Estadio en ruinas.
Aquellos Juegos se empezaron a gestar a finales de los setenta. Entonces y, también, en los ochenta estábamos inmersos en una crisis económica fortísima, con una inflación galopante, un paro desbocado y muchas menos prestaciones sociales que ahora. Sin embargo, los juegos generaron además de ocupación una ilusión colectiva. ¿Por qué no se puede reeditar ahora aquella experiencia?
Ahora como entonces, no han faltado los agoreros y los profetas de la catástrofe criticando la iniciativa. A los del 92 el tiempo y los acontecimientos les dejaron sin argumentos. A los de ahora les sucederá lo mismo.
Tal vez, algunos de los que han cuestionado el proyecto tengan sus razones, Los impulsores de la candidatura Zaragoza Pirineos, por ejemplo. Olvidan, no obstante, que no sería la primera vez que hay que escoger entre candidaturas españolas a unos mismos juegos. Al final deberá ser el COE (Comité Olímpico Español) quien arbitre si llega la ocasión. Otros, en cambio, tachan el proyecto de electoralista. Para determinados personajes es electoralismo generar ilusión y querer la ciudad y el país en la cresta de la ola. Pasear por los barrios y autoproclamarse como el próximo alcalde de Barcelona no lo es. Como tampoco lo es andar siempre a la greña con el gobierno municipal, para ganar un puñado de votos. Y en este contexto, sería deseable que la opinión personal y la posición oficial de los próceres fueran idénticas, no antagónicas.
Con estos juegos, se van a poner al día determinadas infraestructuras, se va a reforzar la cohesión social porque el deporte aglutina a las personas y tanto antes, durante, como incluso después van a generar ocupación. No son, en consecuencia, un inconveniente, son una oportunidad. Se trata de diseñar hoy para realizar mañana. ¿Dónde está el problema?
Bernardo Fernández
Publicado en ABC el 27/01/10